¿Cómo medimos el tiempo?

Es difícil pensar en cosas eternas. El tiempo es una sustancia que nunca podremos asir en nuestras manos. Quizá por eso los relojes son de arena. Quizá por eso tampoco percibimos de manera precisa que todo está cambiando constantemente. O fingimos demencia, sobre todo en el espejo, al eludir esas arrugas en la cara y esas canas en el cabello. Cuesta trabajo entender que todo y todos somos apenas polvo en el viento, como decía la canción.

Sé que lo que están leyendo suena a un tema que ya conocen, pero nunca sobra confirmar esa sabiduría ancestral fijada en las palabras de Heráclito: Nadie se baña dos veces en el mismo río. George Spencer era quizá un poco más claro: “Toda la vida es un cambio”. No hay nada que se mantenga igual en el caótico concierto del universo.

Dado que somos los humanos, quienes le ponemos nombre a las cosas, y lupa a la mirada (como bien se intitula esta columna: Atril de lupas), no podemos negar la frase de Henry D. Thoreau: “Las cosas no cambian; cambiamos nosotros”. Somos nosotros quienes pasamos por el mundo, por el corazón de una persona, por la cama de un hospital, por una bella infancia o una terrible guerra. Por eso lo griegos pensaban en dos tipos de tiempo: el cronos, cuyo palpitar corresponde al tic tac de los relojes o a la vuelta del sol o a las estaciones del año; y el kairos, cuya correspondencia temporal no tiene referencia, es decir: el tiempo del amor, donde “el tiempo se me pasa volando” o el de sufrimiento (guerra-enfermedad) y la abulia: “las horas se me hicieron eternas”.

El tiempo, me parece, se mide por huellas o heridas: una sonrisa, un lágrima, un dolor, un duelo un éxtasis eufórico (el grito de un gol, la fantasía espiritual de una narración ―sea novela, serie, canción o poesía―). Esas huellas pueden llamarse recuerdos o triunfos o derrotas. ¿Acaso no somos lo que se queda en nuestra memoria? 

Provocar un cambio en nosotros o en nuestro contexto, es una de esas conquistas. A pesar de todo, nos queda siempre una cosquilla emocional, un vértigo indescriptible, tenue pero firme, como bien lo dice Anatole France: “Todos los cambios, aún los más ansiados, llevan consigo cierta melancolía”.  

 

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