El mundo dividido

La forma más elemental de terminar con la solidaridad y la empatía es dividir a la gente. Poner a las personas, orillarlas, a elegir entre dos bandos es una disyuntiva que sólo conduce a la confrontación.

Quizá porque mi memoria es muy corta o muy elemental, tengo la impresión de que este siglo XXI ha iniciado con una polarización casi tan peligrosa como las que precedieron los momentos más álgidos del siglo pasado. Y eso es preocupante porque ya es muy evidente en nuestro país. Me refiero a la polarización en torno a las opciones políticas que el endeble edificio de la democracia moderna ha sufrido: el Brexit, el ascenso de la derecha xenófoba en Europa (la familia Le Pen y sus seguidores en Francia, la Liga Norte de Italia, y los casos de Suecia, Hungría y Austria) y en América (Macri en Argentina y Bolsonaro en Brasil) y la corona: el caso Trump.

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En México, la polarización se ha convertido en un estruendoso vociferar de condenas y reproches en las redes sociales (siempre tan poco transigentes a la empatía y el argumento, siempre tan proclives al linchamiento público sin la menor presunción de inocencia). Algo similar habías percibido en las carreras electorales durante el año de las dos pasadas elecciones presidenciales. Pero ahora la polarización persiste y no se vislumbra ningún panorama, por lo pronto, en el que la confrontación se reduzca o se libera un poco de presión de esta olla exprés. Ojalá toda esa tribuna se quede solo en las redes y solamente ahí.

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¿Cómo hacer para llevar a buen cauce un debate que, sin duda, nos pertenece a los ciudadanos? Esa será una de las primeras cuestiones a resolver en nuestra situación política sin precedentes en nuestro país.

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