Cultura

El hombre del agujero en el estómago o la extraña vida de St. Martin

Por Cheque Santana

El Dr. William Beaumont, perfectamente elegante
El Dr. William Beaumont, perfectamente elegante

11 de Abril de 2015. El 6 de Junio de 1822, Alexis St. Martin recibió un disparo de escopeta a quemarropa en el abdomen. Las 8 esferas de plomo de 8.38 mm, impulsadas por la fuerza explosiva de la pólvora, destrozaron músculos, costillas y órganos internos. El joven de 20 años, antes musculado y vivaz, se desplomó.

Violenta como es la vida del ser humano, este hecho no tendría mayor importancia histórica sino fuera por la actuación -quizás inmoral, quizás científica- del cirujano William Beaumont.

El hecho ocurrió en la isla de Mackinac, destino turístico de gran belleza que reposa en el centro del Lago Hurón en el estado de Michigan, EEUU. En un restaurant cercano al incidente, Beaumont disfrutaba de un sándwich de jamón cuando escuchó el disparo.

-¡Lo han matado! gritó una rubia enardecida.

Al llegar al lugar del incidente, el cirujano comenzó a tratar al joven St. Martin. En medio de la sangre y la carne, no pudo evitar notar que en el interior de su estómago aún se podían observar los restos de su desayuno: huevos con tocino y café. El proceso de la digestión aún no había terminado.

Beaumont no tenía muchas esperanzas de que St. Martin viviera, pero aún así lo tomó como paciente. Durante 17 días todo el alimento que recibió emergió nuevamente por el agujero en su abdomen.

-Es un desperdicio de comida, se escuchó decir a una enfermera amargada de cachetes colorados.

A pesar las objeciones del personal, en el día 18 la comida comenzó a ocupar su justo lugar en el estómago de St. Martin y la labor de los intestinos se normalizó. A raiz del tratamiento, el hoyo en su estómago se fundió con el hoyo en su abdomen formando una fístula. El estómago de St. Martín quedó expuesto al Mundo y el Mundo lo aprovechó.

Alexis St. Martin en los últimos años de su vida
Alexis St. Martin en los últimos años de su vida

En esos lejanos años de levitas y sombreros de tres picos, lo que ocurría en el estómago era un misterio. Se pensaba en la existencia de fuerzas místicas que convertían la comida en parte de nuestro cuerpo o bien que todo se trataba de un proceso mecánico, similar al de un molino. Quien descubriera la verdad, sería poseedor de fama y riqueza.

En efecto, durante el tiempo que duró el tratamiento, el activo cerebro de Beaumont no dejó de trabajar. Una mezcla de curiosidad científica y ansias de grandeza le llevaron a idear una estratagema de dudosa moralidad. Se aseguró de que St. Martín no fuera capaz de recuperar su empleo en la American Fur Company, comentándole a su capataz que era físicamente incapaz de retomarlo.

-Ya se lo digo yo, con gran tristeza, señor capataz, la fuerza física de St. Martín nunca será la que era. Para su desgracia, nunca volverá a trabajar con ustedes.

St. Martín, enfermo y pobre, no tuvo más remedio que aceptar un empleo como criado del cirujano, después de firmar el pertinente contrato. En este, también se incluía la obligación de St. Martín de actuar como experimento viviente.

Durante once años, Beaumont introdujo alimentos en el estómago de St. Martín para observar lo que sucedía. Tomaba un poco de pan con mermelada, lo ataba a un hilo, lo introducía en el agujero y esperaba. 10 minutos, media hora, 2 horas. Retiraba después el producto y observaba su estado para hacer diligentes anotaciones.

-Yema de huevo, 30 minutos. Interesante. ¿No lo crees, muchacho?

Una vez que estuvo seguro de que el proceso digestivo poco tenía de mágico, comenzó a retirar la sustancia que el estómago de St. Martín producía y la colocó en un recipiente. Dentro arrojó alimentos: pan, tocino, salchichas. Para su sorpresa, los alimentos se digerían aún fuera del estómago. ¡Había logrado entrar en el salón de la fama!

Equipado con un frasco de jugos gástricos y un criado con un hueco en el estómago, Beaumont comenzó su viaje triunfal por las academias médicas de Estados Unidos. Ahí dónde había un salón de conferencias, él estaba.

-Excelente trabajo, colega. Es usted una eminencia médica, le dijo uno de sus viejos profesores y Beaumont sonrió complacido.

Encargado también de cortar leña, hacer la limpieza y conducir el carruaje, la atribulada vida de St. Martín no era tan maravillosa como la de su patrón. Dotado de una salud singular, hacía los trabajos tan bien como el caballo de Orwell y con tan pocas quejas. Sin embargo, las pesadillas de comida entrando y saliendo por su estómago e hilos afilados como navajas deslizándose en su abdomen poco a poco lo atormentaban. En sus sueños, veía las sonrisas maliciosas de médicos de caras deformadas, mientras hacían comentarios incomprensibles e intercambiaban notas que el era incapaz de leer.

Después de que en 1938 Beaumont publicara su trabajo Experiments and Observations on the Gastric Juice, and the Physiology of Digestion, el contrato finalizó y St. Martín regresó a su casa en Canadá donde se casó con una chica de su aldea con quien tuvo un par de chiquillos, tan saludables como su padre. 16 años de servir como conejillo de Indias habían terminado.

Beaumont se mudó a la ciudad de San Louis, a continuar su labor como médico del ejército y durante los siguientes 20 años no dejó de enviar peticiones a St. Martin para que regresara. A pesar de los ofrecimientos de riqueza del Dr. Beaumont, St. Martín nunca aceptó el empleo.

En 1853 St. Martin dejó de recibir las cartas: El Dr. Beaumont había muerto, después de resbalarse en una escalera cubierta de hielo. Personas maliciosas comentaron durante el funeral que sus últimas palabras habían sido: Y sin embargo, digiere. La veracidad nunca pudo ser comprobada.

St. Martin moriría 27 años después, agujero en el estómago y todo. Sus familiares, hartos de la intromisión de médicos sin escrúpulos, dejaron su cuerpo pudrir a la interperie durante 3 días antes de enterrarlo, para prevenir cualquier tipo de autopsia. El caso del hombre con el agujero en el estómago había terminado.