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Hay mil millones de desnutridos y se tiran mil 300 toneladas de alimentos

Minimizar el consumo de recursos y la generación de desperdicios son parte de los retos actuales, pues nuestra forma de vida genera desechos sólidos, líquidos y gaseosos que afectan el agua, el suelo y la atmósfera.
Minimizar el consumo de recursos y la generación de desperdicios son parte de los retos actuales, pues nuestra forma de vida genera desechos sólidos, líquidos y gaseosos que afectan el agua, el suelo y la atmósfera.

La población necesita hallar un balance entre la explotación que los humanos hacemos de los recursos y el mantenimiento de ciclos naturales vitales que nos proveen de agua, suelos fértiles y alimentos, y permiten la conservación de diversos ecosistemas, afirmó Marisa Mazari Hiriart, investigadora del Instituto de Ecología (IE) de la UNAM.

La producción de alimentos es un ejemplo del consumo no sostenible, pues mientras cada año se desperdician en el mundo 1.3 mil millones de toneladas, mil millones de personas viven con desnutrición, reveló el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA).

Recordó que en el planeta siete mil millones de habitantes compartimos agua, suelo, aire y energía, entre otros, y somos dependientes de los mismos recursos, por lo que urge ser eficientes en la producción de bienes, así como en la generación y manejo de los desechos.

Consumo consciente y moderado

Marisa Mazari Hiriart, investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM
Marisa Mazari Hiriart, investigadora del Instituto de Ecología de la UNAM

Este 2015 el lema de la efeméride es: “Siete mil millones de sueños. Un solo planeta. Consume con moderación”, y se refiere al uso eficaz de nuestros medios de subsistencia, así como a la producción de bienes y servicios (con la subsecuente generación de residuos sólidos), en el contexto de la capacidad regeneradora de nuestro mundo.

El Día Mundial del Medio Ambiente intenta que seamos más conscientes como usuarios de que los recursos naturales, de los que dependemos, son limitados; se mantienen o disminuyen mientras la población crece, resumió la doctora en ciencias ambientales e ingeniería.

Minimizar el consumo de aquéllos y la generación de desperdicios forman parte de los retos actuales, pues nuestra forma de vida genera desechos sólidos, líquidos y gaseosos que afectan el agua, el suelo y la atmósfera. “Debemos tener en cuenta que parte de éstos son reutilizables, pero requieren de un manejo y un costo”.

En los últimos 300 años, desde la Revolución Industrial, el uso intensivo de recursos naturales no ha permitido un balance; por el contrario, el desequilibrio ha sido más drástico en el reciente medio siglo, al incrementar la producción de bienes y la esperanza de vida, a la par de la deforestación, la defaunación y la pérdida de hábitats.

“Tenemos una mayor demanda con una población en aumento, y una eficiencia creciente en el uso de los recursos, pero no al mismo ritmo que generamos desechos. Creemos que la tecnología lo resolverá todo, pero no es así, aunque es de gran ayuda. Los ciclos de la naturaleza son mucho más eficaces que los que podemos hacer de manera artificial”, advirtió Mazari, quien dijo que la explotación del petróleo y de las aguas subterráneas es ejemplo de ello.

Fármacos y plaguicidas, armas de dos filos

Los residuos y subproductos derivados de la elaboración de fármacos, plaguicidas y alimentos, que derivan en contaminación ambiental, así como los desechos electrónicos, son desafíos del siglo XXI.

“Los antibióticos nos ayudan a mejorar las condiciones de salud, pero crean resistencia en las bacterias. Con los residuos líquidos que salen de nuestros inodoros difundimos esos compuestos, que logran tal capacidad en microorganismos que habitan en los sistemas acuáticos. Desarrollamos un arma de dos filos, porque en el mediano y largo plazos no podremos curar con los mismos antibióticos que tenemos en la actualidad”, destacó.

Los detergentes, plaguicidas, disolventes y combustibles también generan residuos dañinos para el ambiente, como el exceso de nutrientes, compuestos orgánicos, metales pesados e hidrocarburos, entre otros.

“Sustancias que son tóxicas en concentraciones muy bajas (de partes por millón o menores) las hemos encontrado en cuerpos de agua, pero a mediano plazo tienen efectos irreversibles en hígado, riñón y sistema nervioso central. Ello significa que alteramos la calidad del agua, además de liberar al ambiente compuestos tóxicos que nos afectarán a nosotros; además, sus residuos impactarán a las próximas generaciones”, alertó Mazari.

Para modificar este escenario, los ciudadanos debemos informarnos y ser conscientes de lo que consumimos, de cómo se producen alimentos, medicamentos, plaguicidas y equipo electrónico, entre otros artículos, así como del manejo que se hace de los desechos, concluyó la científica universitaria.