Cultura

La calle desapareció como lugar de juego para los niños: Maïa Gülgönen

  • La calle ha desaparecido como espacio lúdico de infantes y adolescentes
  • Treinta por ciento de la población del país son niños y niñas

2015 07 10 UNAM Niños no jueganEn las urbes existen segmentos de la población que son excluidos por las políticas públicas. Entre otros sectores marginados, destaca el caso de la niñez.

En el caso de la ciudad de México, no hay estrategias diseñadas específicamente para ese grupo. Aunque los gobiernos dicen que los contemplan, no los consideran como sujetos de derecho, dijo Tuline Maïa Gülgönen, del programa de becas posdoctorales en la UNAM, en el Instituto de Investigaciones Sociales.

“Quizá son actores marginales, sin embargo, casi 30 por ciento de los mexicanos son niños y niñas. De éstos, alrededor de 80 por ciento son urbanos”, agregó.

De acuerdo con la universitaria, hay dos razones por las que esta metrópoli no los considera. “La primera está relacionada con la definición de ciudadanía, que excluye de manera explícita a los menores de 18 años de edad, que no tienen lugar en espacios participativos a pesar de algunos simulacros, como el Consejo Promotor del DF, que los deja hablar pero no toma en cuenta sus opiniones”.

La otra tiene que ver con las políticas públicas hacia la infancia en el país. “No pueden expresarse, pero tampoco hay alguien que los represente. La única instancia gubernamental que incluye a cierta franja de ellos es el DIF, pero está dirigido a la población vulnerable”.

En una investigación, Tuline Gülgönen consideró la definición de infancia de la Convención sobre los Derechos de los Niños, que es de cero a 18 años. “Obviamente, los recién nacidos no tienen la misma relación con el espacio público que alguien de 17 años”.

Se observan dos tendencias en relación con ese segmento y la ciudad. Por una parte, hay una voluntad de protección porque se piensa que es muy peligrosa para ellos debido a la violencia, el tráfico vehicular y la contaminación, por lo que es necesario aislarlos. “Pero esto no sólo es característico de urbes con altos índices de violencia, sino también de aquellas en las que son bajos”, refirió.

De igual manera, hay una propensión a excluir del espacio público a los niños de medios sociales bajos, lo que constituye una forma de criminalización de la pobreza. “Muchas personas, si ven a un grupo de jóvenes en la calle, inmediatamente sospechan que pueden ser delincuentes”.

Esto ocurre en México y en otros países con la misma consecuencia: el espacio público urbano no está hecho para los pequeños. “De aquí surgen discusiones sobre la desaparición de la calle como lugar de juego”.

A nivel nacional, los accidentes de tránsito constituyen la primera causa de muerte entre la población de cinco a 14 años, y la segunda para la de 15 a 29. Además, es muy elevada la tasa de mortalidad por enfermedad respiratoria, vinculada con la mala calidad del aire, debido en gran parte a la contaminación vehicular, abundó.

El desinterés para facilitar su presencia en el espacio público se puede observar en las áreas recientemente creadas para ellos, remarcó.

La visión de los niños sobre su ciudad

“Frente a este panorama, me pregunté cuál es la percepción de los pequeños sobre la ciudad de México”. Como es una metrópoli muy fragmentada, social y espacialmente, no es posible hablar de la infancia como categoría homogénea.

“El entorno urbano tiene características muy distintas en las diferentes zonas; empecé por trabajar en una donde sí hay espacios públicos: el centro histórico de Coyoacán, en dos escuelas primarias, una privada y otra pública. Sin embargo, la primera no era la más cara y la segunda no era la más marginada. En general, la diferencia socioeconómica no era muy grande”.

Como la investigación fue con escolares, no se contempló a los pequeños que viven o trabajan en la calle o que están en esa condición porque acompañan a sus padres que laboran ahí. “Ellos establecen relaciones muy particulares con el entorno urbano”.

En las maquetas de la metrópoli que desearían tener, hay muchos elementos naturales como árboles, flores y agua (ríos, fuentes, incluso el mar). Hay pocos edificios y algunas calles. Destaca la presencia de símbolos urbanos como semáforos, postes de luz o botes de basura. “En este contexto la ciudad que representan es una anticiudad”, finalizó.

En el estudio, 79 alumnos de segundo y tercer grados, con una proporción similar entre niños y niñas, participaron en cinco talleres, cada uno con un tema. Entre otros ejercicios que se desarrollaron, se les pidió hacer dibujos sobre el barrio donde viven y se les estimuló a participar en discusiones a partir de fotografías de parques, jardines y de sus entornos.

Los resultados muestran que tienen poco conocimiento de los espacios públicos fuera de los muros de su casa. “Su percepción es muy fragmentada, en general de lugares comerciales, sobre todo tiendas y supermercados”, explicó.
Si hablamos de su movilidad independiente, hay una cierta diferencia entre los alumnos de las dos escuelas. Varios de la pública pueden ir a lugares cercanos, como tiendas, para hacer un mandado.

En cambio, muchos de la privada revelaron que el único sitio al que pueden ir sin compañía es al estacionamiento, al jardín, al patio de su casa o a su cuarto (afirmó uno).

El miedo a la calle

A la pregunta de qué es la calle, para qué sirve, quién la usa, sus respuestas fueron: “es para que no te atropellen, para que los carros no pasen por las banquetas; son para vehículos como autos, bicicletas y patinetas; no es para caminar, es para que los autos no nos atropellen y puedan avanzar; quienes pasan por ahí pueden morir”.

El miedo a ser robados es un discurso recurrente, así como el temor a perderse. Hablan de borrachos, vagos, drogadictos o sólo de gente. “Expresan que les da miedo la calle porque hay individuos que no conocen”.

El lugar que más les gusta de la ciudad son los parques porque tienen juegos. Les agrada salir a divertirse en ellos –pero no con extraños, sino con sus primos, hermanos y amigos–, andar en bicicleta, patinar o sacar a pasear al perro, indicó la investigadora. Pero para muchos no es frecuente ir al parque, en todo caso, es una actividad familiar, no para convivir con pequeños que no conocen.

En las maquetas de la metrópoli que desearían tener, hay muchos elementos naturales como árboles, flores y agua (ríos, fuentes, incluso el mar). Hay pocos edificios y algunas calles. Destaca la presencia de símbolos urbanos como semáforos, postes de luz o botes de basura. “En este contexto la ciudad que representan es una anticiudad”, finalizó.

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