Opinión

¿Qué mente extraña concibió encarcelar hombres, pollos y tigres?

Por Cheque Santana

21 de Julio de 2015. La última vez que Stallone se escapó de prisión, asesinó un montón de guardias. Mientras él disparaba su pistola escuadra con una puntería que envidiarían los mejores atletas olímpicos, Schwarzenegger desmontó una ametralladora del helicóptero y cual ágil espadachín sosteniendo un florete segó la vida de múltiples villanos (también eran guardias). De entre la audiencia, nadie se sintió indignado de que tantos y tantos defensores de la ley jurados ante el Estado, fueran asesinados por prófugos.

Con excepción de Tom Hanks en Milagros Inesperados, los defensores de la justicia no son para el celuloide sujetos de aprecio. ¿Quién de entre los lectores adoró al director de la prisión en Sueños de Fuga y sintió odio jarocho por Morgan Freeman? ¿Quién lanzó vituperios contra Paul Newman, eterno rebelde y gran aficionado a los blanquillos en Cool Hand Luke y defendió las acciones del custodio de lentes de aviador?

Revisadas las películas de prisiones desde Stallone hasta Batman, desde Steve McQueen hasta Adam Sandler no he hallado ninguna donde los criminales sean los villanos. Siendo EEUU el país del mundo con más prisioneros (2 millones 217 mil) ¿por qué tanto amor? (se puede llegar al punto de pensar que los estadounidenses cometen crímenes con la idea de lanzar una carrera cinematográfica). En México no estamos rezagados y, vistos los hechos recientes, los prófugos también pueden ser paladines de la justicia, al menos en el imaginario colectivo.

¿Pero cómo y porqué comenzó el hombre a arrojar a sus semejantes a prisión? La respuesta se pierde en el inicio de los tiempos. Yo imagino una escena gris. Una fría estepa, con un aire de invierno cortando el cielo, dos hombres hartos de las diferencias pero recelosos de matar guardaron a uno más como se guardan las cosas. Quizás antes lo hicieron con otros animales. Cercanos parientes de las gallinas, aves de múltiples colores o ágiles felinos fueron, uno por uno, encerrados.

Para matar no se necesita cultura, ni siquiera pensamiento. Los virus matan tan bien como los hombres, incluso mejor. Pero para construir una prisión, para edificar el motivo -la razón incluso- que permita aprisionar a alguien o a algo se necesita de un animal muy particular.

La naturaleza da algunas pistas: un perro atrapado bajo un derrumbe, un mosquito inmovilizado en la red de una araña. Un accidente o una estrategia para alimentarse. Pero el hombre aprisiona por casi cualquier cosa. A los animales por hambre, diversión, bondad o por pura maldad. A los hombres por odio, justicia, perversión, mandato divino, pensar diferente o hasta por tener otro color de piel.

Contar a los animales nos lleva a ejercicios estadísticos complejos y no pocas discusiones sobre la naturaleza de la prisión. ¿Son los zoológicos prisiones en el mismo sentido en que lo es el Altiplano? ¿Qué tal las aves atrapadas en el patio de la abuela?  Sólo en EEUU, cada año 9 mil millones de pollos son usados como alimento, la mayoría de los cuales pasaron su vida entera en “prisión”. Esto es tema para largas discusiones, lo que aquí destaco es nuestra gran habilidad para mantener seres vivos tras las rejas y el hecho innegable de que antes del hombre los pollos (o sus ancestros) vivieron en libertad.

Draco, el primer legislador ateniense, consideró que si un deudor era de un nivel social más bajo que su acreedor debía convertirse en esclavo del último. Este Draco no era ningún admirador de las prisiones y, en un claro adelanto de la teoría de tolerancia cero, decretó la pena de muerte incluso para quien robara una manzana. Por eso no conocemos de fugas históricas en la Edad de Oro griega.

-¿Porqué establecer pena de muerte por robar una manzana y por asesinar a alguien? Son delitos bien distintos, preguntaron a Draco.

-La pena de muerte por robar una manzana es justa, por asesinar sin duda debería haber una pena peor, pero todavía no la encuentro, contestó el legislador.

¿Y cuántos presos tenemos?

Mientras usted lee esto, en el Mundo hay 10 millones 750 mil seres humanos en prisión. Eso es tres veces la población de Uruguay o toda la humanidad si estuviéramos en el 10 mil AC. Comparaciones aparte, son muchas personas.

Para hacer las cosas peores, los 10 millones de presos son, a los ojos de la sociedad, insuficientes. En México, por ejemplo, según datos del INEGI, el 92% de los crímenes no se reportan y de los reportados, sólo el 40% son castigados. A pesar de tales fallas hay 256 mil mexicanos tras las rejas. Esto representa el 8% de quienes delinquen. Si alguien tiene la capacidad de imaginar un sistema de detenciones perfecto,  tendríamos, de forma estimada (muy estimada) 3 millones 200 mil mexicanos en prisión: Una vez descartados los menores de edad, 1 de cada 29 mexicanos.

Siguiendo con la imginación, en un México de estos cuando pasas frente a una primaria promedio (de 2160 chamacos), de los niños que ves pasar tomados de la mano de sus padres o subir apresuradamente a una camioneta estacionada en doble fila, 73 deberían ser prisioneros en su vida futura.

En lo que a mí respecta, una sociedad que necesita tener en prisión a más de tres millones de sus habitantes tiene problemas: si lo merecen ¿cómo se llegó a que lo merecieran? y si son inocentes ¿porqué el encierro?

Especialmente si es una sociedad que quiere tener tanta gente en prisión y, al mismo tiempo, tiene poco aprecio por los custodios y mucho por los presos. Quizás Foucault tenía razón y en el momento en que el prisionero queda bajo control del Estado se vuelve víctima de lo mismo que se le acusa. ¿Pues qué es la prisión sino la privación de la libertad, el secuestro y la tortura a manos del Estado, justificada a no? Un gran aparato sobre un hombre pequeño raramente despierta simpatías. Por ahora, me despido y dejo al lector con este  famoso (y muy sádico) experimento de Phillip Zimbardo sobre las prisiones. Buen día.

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