Cultura

Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España (Fragmento)

Hoy que se conmemora el día de la raza, reproducimos en Lector 24 dos capítulos de la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. Se narra como los españoles fueron ayudados por otros pueblos para evitar caer en una trampa puesta por los aztecas y después su entrada en la gran ciudad de México-Tenochtitlan.

Por Bernal Díaz del Castillo

Cómo comenzamos a caminar para la ciudad de Méjico.

2015 10 12 Bernal Díaz del CastilloAsí como salimos de Cholula con gran concierto, como lo teníamos de costumbre, llegamos aquel día a unos ranchos que están en una como serrezuela, que es población de Huexocingo, que me parece que se dicen los ranchos de Iscalpan, cuatro leguas de Cholula.

Allí vinieron luego los caciques y papas de los pueblos de Huexocingo, que estaba cerca, y eran amigos confederados de los Tlascaltecas, y también vinieron otros poblezuelos que están poblados en las faldas del volcán, que confinan con ellos.

Le aconsejaron que no fuese a Méjico, que era una ciudad muy fuerte y de muchos guerreros, y que correríamos muchos peligro. Que mirase que, ya que íbamos, que subido aquel puerto, había dos caminos muy anchos, y que uno iba aun pueblo que se dice Chalco, y el otro a Tamanalco, que era otro pueblo, entrambos sujetos a Méjico. Que un camino estaba muy barrido y limpio para que vayamos por él y el otro camino le teníamos ciego, y cortados muchos árboles muy gruesos y grandes pinos porque no pueden ir a caballos ni pudiésemos pasar adelante, y que abajado un poco de la sierra, por el camino que tenían limpio, creyendo que habíamos de ir por él, tenían cortado un pedazo de la sierra, y había allí mamparos y albarradas, y que han estado en el paso ciertos escuadrones de mejicanos para matarnos.

Cortés les recibió el presente con mucho amor, y les dijo que les agradecía el aviso que le daban, y con la ayuda de Dios, que no dejará de seguir su camino, y que irá por donde le aconsejaban.

Luego otro día bien de mañana comenzamos a caminar, y ya era cerca de mediodía cuando llegamos a lo alto de la sierra, donde hallamos los caminos ni más ni menos que los de Huexocingo dijeron.

Cortés mandó llamar a los embajadores del gran Montezuma que iban a nuestra compañía y les preguntó que cómo estaban aquellos doscaminos de aquella manera, el uno muy limpio y barrido y el otro lleno de árboles cortados nuevamente. Respondieron que porque vayamos por el limpio, que sale a una ciudad que se dice Chalco, donde nos harán buen recibimiento, que es de su señor Montezuma, y que el otro camino, que le pudieron aquellos árboles y lo cegaron porque no fuésemos por él, que hay malos pasos y se rodea algo para ir a México, que sale a otro pueblo que no es tan grande como Chalco.

Como aquello oyeron todos aquellos pueblos que dicho tengo, secretamente, que no lo sintieron los embajadores mejicanos, dan tantas quejas de Montezuma y de sus recaudadores, que les robaban cuanto tenían, y su mujeres e hijas, si eran hermosas, las forzaban delante de ellos y de sus maridos y se las tomaban, y que les hacían trabajar como si fueran esclavos.

Cortés les consoló con palabras amorosas, que se las sabía muy bien decir con doña Marina, y que ahora al presente o puede entender en hacerles justicia,y que se sufriesen, que él les quitaría aquel dominio.

Entonces dijo Cortés que quería ir por el que estaba embarazado. Como supieron otros pueblos de nuestra llegada, luego vinieron los de Chalco y se juntaron con los de Tamanalco, Chimaloacán, Mecameda y Acacingo, donde están las canoas, que es puerto de ellos, y otros poblezuelos que ya no se me acuerda el nombre de ellos. Todos juntos trajeron un presente de oro y dos cargas de mantas y ocho indias, que valdría el oro sobre ciento cincuenta pesos, y dijeron:

-Malinche, recibe estos presentes que te damos y tennos de aquí adelante por tus amigos.

Cortés lo recibió con gran amor, y se les ofreció que en todo lo que hubiesen menester les ayudaría. Desde que los vio juntos dijo al padre de la Merced que les amonestase las cosas tocantes a nuestra santa fe y dejasen sus ídolos, y a todo respondieron que bien dicho estaba, y que lo verían adelante. También se les dio a entender el gran poder del emperador nuestro señor, y que veníamos a deshacer agravios y robos, que para ello nos envió a estas partes.

Como aquello oyeron todos aquellos pueblos que dicho tengo, secretamente, que no lo sintieron los embajadores mejicanos, dan tantas quejas de Montezuma y de sus recaudadores, que les robaban cuanto tenían, y su mujeres e hijas, si eran hermosas, las forzaban delante de ellos y de sus maridos y se las tomaban, y que les hacían trabajar como si fueran esclavos.

Cortés les consoló con palabras amorosas, que se las sabía muy bien decir con doña Marina, y que ahora al presente o puede entender en hacerles justicia,y que se sufriesen, que él les quitaría aquel dominio.

Cómo el gran Montezuma nos envió otros embajadores con un presente de oro y mantas.

Ya que estábamos de partida para ir nuestro camino a Méjico, vinieron ante Cortés cuatro principales mejicanos que envió Montezuma y trajeron un presente de oro y mantas, y después de hecho su acato, como lo tenían de costumbre, dijeron:

-Malinche, este presente te envía nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le pesa mucho por el trabajo que habéis pasado en venir
de tan lejanas tierras a verle, y que yate ha enviado a decir otra vez que te dará mucho oro y plata y chalchihuís en tributo para vuestro emperador y para vos y los demás teúles que traéis, y que no vengas a Méjico, y ahora nuevamente te pide por merced que no pases de aquí adelante, sino que te vuelvas por donde viniste, que él te promete enviarte al puerto mucha cantidad de oro y plata y ricas piedras para ese vuestro rey, y para ti te dará cuatro cargas de oro, y para cada uno de tus hermanos una carga, porque ir a Méjico, es excusada tu
entrada dentro, que todos sus vasallos están puestos en armas para no dejaros entrar.

Cortés, con mucho amor, abrazó a los mensajeros, aunque le pesó de la embajada, recibió el presente, y les respondió que se maravillaba del señor Montezuma, habiéndose dado por nuestro amigo y siendo tan gran señor, tener tantas mudanzas, que unas veces dice uno y otras envía a mandar al contrario, y que en cuanto a lo que dice que dará el oro para nuestro señor el emperador y para nosotros, que se lo tiene en merced, y por aquello que ahora le envía, que en buenas obras se lo pagará el tiempo andando. Que si le parecerá bien que, estando tan cerca de su ciudad, será bueno volvernos del camino sin hacer aquello que nuestro señor nos manda. Que si el señor Montezuma hubiese
enviado sus mensajeros y embajadores a algún gran señor como él es, ya que llegasen cerca de su casa aquellos mensajeros que enviaba se volviesen sin hablarle y decirle a lo que iban, desde que volviesen ante su presencia con aquel recaudo, qué mercedes les haría, no tenerles por cobardes y de poca calidad.

Que así haría nuestro señor el emperador con nosotros, y que de una manera o de otra habíamos de entrar en su ciudad, y desde allí adelante que no le envíe más excusas sobre aquel caso, porque le ha de ver y hablar y dar razón de todo el recaudo a que hemos venido, y ha de ser a su sola persona; y desde que lo haya entendido, si no les estuviese bien nuestra estada en su ciudad, que nos volveremos por donde venimos.

El gran Montezuma, como llegaron sus mensajeros y oyó la respuesta que Cortés le envió, luego acordó enviar a un sobrino suyo, que se decía Cacamatzin, señor de Tezcuco, con muy gran fausto, a dar el bienvenido a Cortés y a todos nosotros. Vino uno de nuestros corredores a avisar  que venían por el camino muy gran copia de mejicanos de paz, y que al parecer venían de ricas mantas vestidos. Cuando esto pasó era muy de mañana, y queríamos caminar, y Cortés nos dijo que rep arásemos en nuestras posadas hasta ver qué cosa era.

En aquel instante vinieron cuatro principales, y hacen a Cortés gran reverencia, y le dicen que allí cerca viene Cacamatzin, gran señor de Tezcuco, sobrino del gran Montezuma, y que nos pide por merced que aguardemos hasta que venga.

No tardó mucho, porque luego llegó con el mayor fausto y grandeza que ningún señor de los mejicanos habíamos visto traer.
Ya que llegaron cerca del aposento donde estaba Cortés, le ayudaron a salir de las andas, y le barrieron el suelo, y le quitaban las pajas por donde había de pasar, y cuando llegaron ante nuestro capitán le hicieron grande acato, y el Cacamatzin le dijo:

– Malinche, aquí venimos yo y estos señores a servirte y hacerte dar todo lo que hubieres menester para ti y tus compañeros, y meteros en
vuestras casas,que es nuestra ciudad, porque así nos es mandado por nuestro señor el gran Montezuma, y dice que le perdones porque él mismo no viene a lo que nosotros venimos, y porque está mal dispuesto lo deja, y no por falta de muy buena voluntad que os tiene.

Como Cacamatzin hubo dicho su razonamiento, Cortés le abrazó y le hizo muchas caricias a él y  a todos los más principales, y le dio tres piedras que se llaman margaritas, que tienen dentro de sí muchas pinturas de diversos colores, y a los demás principales se les dio diamanteas azules, y les dijo que se lo tenía en merced y que cuándo pagaría al señor Montezuma las mercedes que cada día nos hace.

Otro día por la mañana llegamos a la calzada ancha y vamos camino de Estapalapa. Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua, y en tierra firme otras grandes poblaciones, y aquella calzada tan derecha y por nivel cómo iba a Méjico, nos quedamos admirados, y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro en el agua, y todos de calicanto.

Algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños, y no es de maravillar que yo escriba aquí de esta manera, porque hay mucho que ponderar en ello que no sé cómo lo cuente, ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aun soñadas, como veíamos. Pues desde que llegamos cerca de Estapalapa, ver la grandeza de otros caciques que nos salieron a recibir, que fue el señor de aquel pueblo, que se decía Coadlavaca, y el señor de Culuacán, que entrambos entre deudos muy cercanos de Montezuma.

Después de bien visto todo aquello, fuimos a la huerta y jardín, que fue cosa muy admirable verlo y pasearlo, que no me hartaba de mirar la diversidad de árboles y los olores que cada uno tenía, y andenes llenos de rosas y flores, y muchos frutales y rosales de la tierra, y un  estanque de agua dulce. Otra cosa de ver: que podían entrar en el vergel grandes canoas desde la laguna poruna abertura que tenían hecha, sin saltar en tierra.

(En el domino público)

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