Cultura

Cuando la vida empieza (Ivan Bunin, fragmento)

Fue un 22 de Octubre, como lo es hoy, pero de 1870 cuando nació Ivan Bunin en Vorónezh, Rusia. Ganador del premio nobel de Literatura en 1933, escribió novela, cuento y poesía y el premio le fue otorgado por la “destreza estricta conque continuó la clásica tradición literaria rusa”.

Les presentamos el capítulo I de su memoria Cuando la Vida Empieza, escrita originalmente en francés.

«Las cosas y las obras que no están escritas se hallan recubiertas de tinieblas y entregadas al sepulcro sin memoria; en cambio, aquellas que fueron escritas se hallan como vivificadas».

I

2015 10 22 Ivan Bunin soloMi nombre es Arséniev, Alexis Alexandrovitch Arséniev. Hace cosa de medio siglo nací en la Rusia central, en el campo, en la hacienda de mi padre.
No existe en nosotros el sentido de nuestro comienzo y de nuestro fin. Es una lástima que me dijeran en qué fecha precisamente vine al mundo. Si no me lo hubieran dicho, no tendría conciencia de mi edad —mucho más teniendo en cuenta que no me noto el peso de los años— y entonces hubiera podido evadirme a esa idea absurda de que es posible que muera dentro de diez o veinte años.
Si hubiese nacido y vivido en una isla desierta, ni siquiera hubiera sospechado la existencia de la muerte. «¡Qué felicidad!», quisiera añadir. Pero ¿quién sabe? Quizás hubiera sido una gran desgracia, y además, ¿será cierto que no lo hubiera adivinado nunca? ¿No nacemos acaso con el presentimiento de la muerte? Y en el caso de que no hubiera sospechado nada, ¿hubiese amado la vida tanto como la amo y la he amado? ¿Y le hubiese ofrecido esa entrega consciente de mí mismo, esa vivificación de mis cosas y mis obras, si esa inclinación no proviniese tal vez del miedo que se experimenta ante el olvido absoluto?
De la ascendencia de los Arséniev y de sus orígenes, no sé, naturalmente, nada enteramente cierto. ¿Qué es lo que sé, en resumidas cuentas? Únicamente tengo conocimiento de que en el Armorial nuestra estirpe está señalada como una de aquellas «cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos». Sé que nuestra raza es «insigne, aunque laboriosa», y sé también que toda mi vida he tenido conocimiento de esta elevada procedencia, sintiéndome orgulloso y feliz por no ser uno de esos que no tienen ascendencia ni linaje.
En la festividad de la Santísima Trinidad, rememorando que «toda alma está animada por el Espíritu Santo», la Iglesia invita, en su liturgia, «a evocar el recuerdo de todos cuantos han muerto desde el principio». En dicho día eleva una magnífica plegaria repleta de un profundo sentido:
«A todos tus servidores, Señor, acógelos en tus dominios y en el seno de Abraham; ¡a todos aquellos que, desde Adán, han sido puros ante Ti, nuestros padres y hermanos, amigos y parientes!».
¿Acaso se habla aquí de servicio por pura casualidad?, y ¿no es una alegría el notar el vínculo, la relación, con «nuestros padres y hermanos, amigos y parientes», quienes en otro tiempo realizaron esas obras de servidores? Nuestros más antiguos antepasados, profesaban también la doctrina «de una Vía pura, ininterrumpida, del Padre de toda esencia», pasando de un mortal parentesco a las mortales progenituras, por una vida inmortal, «ininterrumpida». Se mantenían en esa creencia de que el testamento humano es observar la pureza, la imanación de la sangre, de la raza, de forma que no sea nunca interrumpida u olvidada esa Vía, y que a cada nacimiento debe purificarse todavía más la sangre de aquellos que nacen, aumentando su elevación y su proximidad a Aquel que es el Padre único de toda esencia.
Entre mis antepasados probablemente hubo buen número de gente que dejaba mucho que desear. Pero, no obstante, de una generación a otra se transmitían la orden de recordar el honor de la sangre y de conservarlo, considerando como un deber sagrado el perpetuar lo siguiente: sé digno de tu nobleza. ¿Cómo expresar los sentimientos que yo mismo experimento a veces contemplando nuestro blasón? Está compuesto éste por la armadura de caballero, la coraza y el casco con plumas de avestruz. Y abajo, el escudo. Sobre campo azul, en el centro, un anillo, emblema de fidelidad y de eternidad, sobre el que convergen, en punta, tres espadas con las empuñaduras en forma de cruz.
En el país que ha suplido a mi patria, existen muchas poblaciones parecidas a aquella en que yo encontré asilo; antaño gloriosas, y ahora estancadas, pobres, en el curso diario de existencias mezquinas. Y, sin embargo, por encima de esta vida, no en vano se alza siempre alguna torre gris que data del tiempo de los Cruzados y una catedral maciza con su pórtico magnífico, sobre el cual vela desde hace siglos la guardia de las estatuas de los santos. También hay un gallo sobre la cruz, en las alturas del firmamento, heraldo del Señor, lanzando su llamada hacia la Ciudad celeste…

Fin del capítulo I