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Los avaros: hasta que se rompa el saco

2015 09 10 Atril de lupas Logo

Por Heber Quijano

2015 10 22 Jheronimus_Bosch_Table_of_the_Mortal_Sins_(Avaricia)2“Avaro es el que no gasta en lo que debe, ni lo que debe, ni cuándo debe”. Esa frase atribuida a Aristóteles probablemente nos revela el espíritu del consumo de los avaros. En contraste, el estereotipo del avaro es siempre tan risible, que se ha convertido en un lugar común. Y ejemplos hay muchos, desde el juez que se deja sobornar en un fresco de Hieronumos Bosch hasta el empresario capitalista —decían los marxistas Ariel Dorfman y Armand Mattelart— Rico McPacto.
En la antigua Grecia, ya había burlas sobre los avaros. En la antología palatina de epigramas, hay un caso de un avaro enfermo y agónico que por no gastar su dinero en su propio funeral prefirió seguir agonizando. Plauto hizo de su personaje Euclio el primero de esos maniáticos que no desperdician ni una sola moneda en absolutamente nada. En la Edad Media, el imaginario le puso a los dragones un amor casi místico por el oro y Dante Alighieri tiene un círculo para los avaros con distintas gradaciones. En la Francia del Rey Sol, Moliere se basó en Plauto para hacer de su avaro Harpagón un apelativo común en la lengua gala. En la Inglaterra isabelina, Shakespeare se burló de la codicia del judío Shylock, otro de los prototipos de los prestamistas implacables cuyos intereses son como el yugo de la yunta. En el victoriano siglo XIX, Charles Dickens realizó la parábola más precisa sobre la incoherencia de la avaricia, en Cuento de Navidad. Ebenezar Scrooge, por dinero, ha perdido a sus amigos y familiares en el intento. Bien podríamos poner en esta lista a Golum y toda la parábola de Tolkien.
Ninguno estaba equivocado. La avaricia es uno de esos pecados que, en esta sociedad moderna, parece pasado de moda. Sobre todo en el contexto de la violencia simbólica de los mirrreyes y de los narcojuniors, cuya vigorosa petulancia es mucho menos superflua de lo que se cree. Lo compro, lo hago, lo despilfarro porque tengo, porque puedo y porque quiero.
La avaricia es nula y superficial, y tiene una melliza más siniestra y esplendorosa: la ambición. Ambas han movido al mundo como un huracán

@heberquijano

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