Cultura

San Franco de Sena (Agustín Moreto, fragmento)

Un 28 de Octubre como lo es hoy pero del año 1669 murió el dramaturgo español del siglo de Oro Agustín Moreto. Escribió más de 40 dramas y comedias por cuenta propia, además de más de 20 en colaboración con otros gigantes de las letras españolas como Lope de Vega y Calderón de la Barca. Hoy les presentamos la escena III de la primera Jornada de San Franco de Sena. En ella se verá que Franco es un jugador, pendenciero y mujeriego que poco caso hace de los consejos de su padre.

San Franco de Sena

De Agustín Moreto

Jornada 1.

Escena III
MANSTO. FRANCO.
MANSTO. Franco, tente.
FRANCO ¿Quién llama?
MANSTO Hijo, ¿dónde vas?
FRANCO Luego vuelvo.
MANSTO ¿Dónde o cuándo?
FRANCO Por vida…
MANSTO Ten, no he de oírte.
FRANCO Déjame, padre.
MANSTO (Sujetándole arrodillado.)
No has de irte,
o has de llevarme arrastrando.
FRANCO
¿Qué hacéis, padre? Alzad del suelo.
¿Vos os hacéis este ultraje?
(Aparte.
¡Qué así mi cólera ataje!
¿Qué quiere de mí hoy el ciclo?)
MANSTO
No mi prudente consejo,
hijo, el respeto te deba,
ni el ser tu padre te mueva,
sino este llanto en un viejo.
Toda Sena alborotada
tienen hoy tus desvaríos,
todos son oprobios míos,
y aunque está escandalizada,
nadie se atreve, ni el juez,
a reportarte siquiera.
FRANCO
Pues si alguno se atreviera,
¿volviera segunda vez?
MANSTO
¿Qué ocasión hubo, hijo mío,
para tan grande rumor?
¿Qué ha sido?
FRANCO
Nada, Señor.
MANSTO
¿Dónde ibas?
FRANCO
¡Qué desvarío!
MANSTO
Dímelo, así Dios te guarde.
FRANCO
Iba (ya que me amohínas)
a matar cuatro gallinas;
mas por ti lo haré a la tarde.
MANSTO
¡Ay, hijo! No te aconsejo
que hagas tal; que mi regalo
sólo es que tú no seas malo.
FRANCO
(Aparte.
¡Qué bien que lo entiende el viejo!)
Iba, porque de ese modo
en entenderlo no tardes,
a matar cuatro cobardes.
MANSTO
¡Válgame Dios!
FRANCO
Y a mí, y todo.
MANSTO
Pues ¿qué ha sido la ocasión?
FRANCO
No es para decirla a ti.
MANSTO
No me la niegues, así
te alcance mi bendición.
FRANCO
(Aparte.)
De respeto y de temor
que le tengo, si a decir
lo llego, por no mentir,
he de contarle mi amor.
MANSTO
Ya mi atención se apercibe.
FRANCO
Yo vi en el Prado una dama
que ni sé cómo se llama,
ni quién es ni dónde vive.
Parecióme muy airosa;
mírela, y acá en secreto,
yo me enamoré, en efecto,
que voto a Dios, que es hermosa.
No osé decirla, ignorante,
esto de ansias y memorias;
que yo no sé más historias
que hablar claro y adelante.
Fuese, y mi pena sintió,
ya que hiriéndome se fuera,
no haberla dicho siquiera:
«Reina mía», o qué sé yo.
Hoy al salir de la misa
la vi, seguíla al instante,
perdió en el camino un guante,
fui a cogerle; y tan aprisa
como yo, un mozo pulido,
medias de pelo al desgaire,
destos de puntas al aire
en la espada y el vestido,
que siempre a atención provoca
antes que los labios abra,
retruécano en la palabra
y fruncimiento en la boca,
alargó con bizarrías
la mano a tomarme el guante,
a lo de «suelte el bergante».
Pero yo, puestas las mías
en su pecho y en mi espada,
en la pared con él dí,
que a dar de cabeza allí,
quedara como pellada.
La espada con arrogancia
sacó entre otros camafeos,
con muchísimos meneos
y poquísima sustancia.
Yo pensé, al verme en un tris,
por uno y por otro lado
de tanto mono cercado,
que era danza de país.
La dama huyó, y yo, que estaba
mirándola que se fuese,
dije a Dato la siguiese,
mientras que yo los mataba.
Fuese, y a tan buena luz
quedó la obra comenzada,
que a la primer santiguada
se me pusieron en cruz.
Los que delante tenía,
los pies me fueron glosando,
porque ellos iban sacando
tantos como yo metía.
Huyeron con Barrabás,
y uno que a mis pies hallé,
se libró por no se qué,
fuese con Dios, y no hay más.
MANSTO
Franco, hijo mío, ¿a qué fiera
no moviera dolor tanto?
¿Qué piedra tu pecho altera?
Que aun una piedra no hiciera
tal resistencia a mi llanto.
¿Qué privilegio asegura
tu libertad y furor?
La justicia, tu locura
disimulando, madura
el castigo de tu error.
De su república en Sena
soy un pobre ciudadano,
que al trabajo se condena,
y si come, acaso cena
de la labor de su mano.
Mi pobre hacienda he vendido
para darte estimación;
con ella al estudio has ido,
mas tú solo has aprendido
a no tener corazón.
Aprendiste a ser cruel,
vengativo y jugador,
sin ley y sin Dios, infiel;
mas si lo eres con él,
¿de qué se ofende mi amor?
Tan malo debes de ser,
porque has perdido, en efeto,
cuanto bien puedes tener,
que el que a Dios pierde el respeto
no tiene ya qué perder
¿qué santo en el cielo habrá
no de tu lengua ofendido?
Hónralos siquiera acá,
porque de su injuria allá
ninguno se ha defendido.
Todos te temen; y a ser
llegan ya por varios modos
enemigos, que a mi ver,
aquel a quien temen todos,
a todos debe temer.
Sólo oigo quejas y enojos,
y mi llanto es tu disculpa,
porque viendo estos despojos,
ven que yo lavo tu culpa
con el agua de mis ojos.
Toda mi hacienda has jugado,
sólo este pobre vestido
que me cubre me has dejado,
que a ser de ti reservado,
el no valer le ha valido.
Blanco el cabello me hallo;
que tu tiranía ingrata
pudo a pesares Madiola,
si no es que para gaguillo
me lo hayas vuelto de plata;
y sin duda que a jugar
mis canas vas en rigor,
porque después de llorar,
hay veces que de dolor
me las haces arrancar.
Vuelve a enmendar tu torpeza,
Franco, por tu mismo honor;
que en el que ciego tropieza,
cuando el caer es flaqueza,
el levantarse es valor.
FRANCO
Haz más corta la oración,
padre, para corregirme;
que, por Dios, que en mi atención
iba tan largo el sermón,
que he estado para dormirme.
MANSTO
Mi razón ¿no te ha movido?
FRANCO
¿Qué razón?
MANSTO
¿No la conoces?
FRANCO
¿A quién?
ANSTO
Pues ¿no me has oído?
FRANCO
Sí, pero yo no he entendido
más, que has dado muchas voces.

Y aquí un fragmento de El lindo Don Diego, comedia sobre la vanidad masculina.

A %d blogueros les gusta esto: