Cultura Opinión

Reseña del libro: Esfinges de hojarasca

Por Andrea Barreto

2015 11 28 Esfinges de hojarascaAlguna vez Albert Camus escribió que todo lo que el hombre puede ganar en el juego entre la enfermedad y la vida es el conocimiento y el recuerdo. Quizá sea pertinente agregar como nota a pie de página que las palabras dichas con el llanto atravesando la tráquea son tan valiosas como el recuerdo mismo sobre lo perdido. Por tal razón, en Esfinges de hojarasca se reconstruye el dolor y la insignificancia humana frente a la muerte, a través de juegos de lenguaje perceptibles sólo si se atribuyen a la armonía sonora de la lectura en voz alta.

Leer Esfinges de hojarasca no es un asunto de vida o muerte, pues sólo compete a esta última. En este poemario, la muerte es mirada a través del cristal de nuestro siglo, que nos obliga a aceptar que nuestro progreso tecnológico sólo alcanza para prolongar cualquier enfermedad mortal.

La vida privada de Heber Quijano, el autor, poca importancia tiene al hablar sobre este poemario y aún así es imposible pasar por alto las señales que deja su educación literaria como cimiento de su poética. Este tercer libro de Heber delata una voz poética madura –que no debe confundirse con la solemnidad que acompaña a la enfermedad y la muerte- que ha dejado atrás la temática erótica, al menos provisionalmente, para continuar fluctuando entre los problemas humanos trascendentales.

Esfinges de hojarasca no trata de imponer nuevos paradigmas sino de hablar desde los zapatos de la orfandad anunciada, y justo eso hace excepcional a este poemario. La crudeza que ha dejado el dolor es el lugar desde el cual se comienza, para derivar posteriormente en el uso de términos médicos sin perder el ritmo que permea los poemas. La noción de la muerte como parte del gran ciclo de la vida nos hace pensar que, en realidad, la enfermedad es aquello que, a diferencia de las guerras, nos hace humanos; y que Parkinson, Alzheimer, Lupus cáncer e infarto, quizá sólo sean maneras elaboradas de nombrar nuestra propia finitud.

Quizá quepa preguntarse, como Chuck Palahniuk, si la verdadera enfermedad no es permanecer atados a la realidad.