Cultura Opinión

Inyecciones de parafina azul

El aroma de las cosas WordPress 470x150

Por Cheque Santana.

-Y el muy cobarde se escondió detrás de la cortina. Qué idiota. De poco le sirvió. Di la vuelta, tranquilo como un gato y le clavé el cuchillo en la frente. ¡Pum! Directo al cerebro… Lo único malo es que se me quedó atorado y la policía jamás me lo devolvió. Pandilla de ladrones.

Dijo el Sr. D., soltando una risotada que sólo interrumpió para tomar otro trago de güisqui.

-¿Y tú esposa? ¿Se quedó así, sin hacer nada?

-¡Oh, sí! Lloraba como una tonta. Decía “No lo hagas” -y esto lo dijo imitando una voz chillona- o alguna tontería como esa. Pfff. ¿A quién le importa? Vieja idiota, muerta de hambre.

Y volvió a reír, dando un ruidoso golpe a la mesa. La pequeña S. que estaba muy calladita sentada al lado de su padre sintió miedo al escuchar el manotazo y apretó una manzana entre sus manos.

En estos recuerdos ocupaba su mente la Condesa de R., mientras se miraba en el espejo del salón, perdiéndose en detalles cada vez más confusos.

Hoy se notaba menos hermosa, le parecía que las bolsas de sus ojos iban creciendo y encontraba pequeñas arrugas junto a sus labios. La concurrencia no estaba muy de acuerdo y sus profundos ojos azules no recibieron menos de una docena de halagos en esa velada, que poco significaron para ella.

-¿Ha visto la nariz de la señorita M., Condesa? Una verdadera maravilla. La definición misma de un perfil griego. Dijo Mr. J.

-Sí, muy hermosa, en efecto. Contestó la Condesa, con un dejo de dolor en el entrecejo que no pasó desapercibido para el joven Dr. M que interrumpió la conversación.

-No es nada imposible de lograr. El siglo XIX ya ha terminado y en esta época de la razón la Ciencia lo puede todo.

-¿A qué se refiere Dr.?

-Ah, Condesa. Qué bueno que pregunta. Ha de saber que he desarrollado un novedoso método de inyección de parafina que ha probado tener los mejores resultados… En manos expertas, claro está.

-¿Quiere decir… inyectar parafina en la nariz?

-No se preocupe, no es parafina ordinaria sino especialmente designada para estos procedimientos. ¿Ha notado un cierto incremento en los escotes de Ms. A.? -Dijo el Dr. Con una sonrisa pícara a lo que la Condesa respondió con una mirada de sorpresa.- Ahí lo tiene, todo un éxito.

En la noche previa a la operación, la Condesa tuvo pesadillas. Sentada a la elegante mesa del Palacio, su nariz comenzaba a moverse por sí misma. Primero un leve cosquilleo, después una sensación granulosa. Los comensales la miraban atentos y poco a poco se acercaban a ella, levantándose de sus asientos. Finalmente, sus rostros casi podían tocarla y su nariz comenzaba a moverse por sí misma, expandiéndose por todo su rostro, deformándolo hasta convertirlo en una masa de carne parafinómica. Los visitantes se reían a carcajadas, manchando su rostro de saliva y lágrimas de gozo.

Se despertó bañada en sudor y se preparó para visitar al Dr. M., acallando los latidos de su corazón.

La noche que se presentó ante sociedad luciendo su nueva nariz se sintió especialmente satisfecha. Tenía ganas de abrazar a todo el Mundo e incluso inició conversación con la vieja bruja de la Duquesa. Los hombres, por su parte, se acercaban a ella bajo cualquier pretexto, con tal de perderse en sus ojos: “¿Cómo está Condesa? Que hermosa se le ve hoy” dijo el Kaiser, mientras una celosa mirada de su mujer confirmaba lo sincero de sus palabras.

¡Qué gala tan divertida fue esa! Pasó la noche bailando al ritmo de Scott Joplin y bebiendo Manhattans color granate, prendida del musculoso brazo del Capitán L. Sonreía y agitaba sus piernas al ritmo del tap, su rubio cabello agitándose por el salón.

Fue durante el baile de The Entertainer que súbitamente se detuvo ante la sorpresa de su pareja.

-¿Qué sucede, amor?

-Oh, nada, nada. Un pequeño calambre. Debe ser tanto bailar. Dijo la Condesa y se retiró al tocador.

Pasando su índice por el dorso de su nariz la Condesa alcanzó a percibir una ligera protuberancia. Quizás el movimiento que sintió durante el baile no había sido cosa de su imaginación. Sintió un vacío en el estómago y su corazón se oprimió contra su pecho. Respiró profundamente, se arregló la falda y regreso al salón con paso titubeante.