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El Súper Domingo

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Por Heber Quijano

En nuestro santoral particular hay fechas festivas, canónicas, días de asueto que se convierten en el emoliente espiritual en el que confluyen esas pequeñas cosas que nos forjan el alma. Están, claro, en primer lugar las fechas civiles que la Historia nos ha otorgado en la memoria colectiva para construir nuestra identidad, incluso y a pesar de los discursos oficiales que siempre la tamizan. Me refiero a las fechas patrias, esas que son días de descanso obligatorio, amen. Algunas familias disfrutan de ir en familia al desfile militar del 16 de septiembre. Por mi parte, no puedo negar el rito familiar: la retahíla de insultos al presidente en turno a cada campana y cada grito del 15 de septiembre, tal como mi abuelo.
En segundo lugar le siguen, dado mi perfil jacobino, los días de fervor “religioso”, si es que nuestro catolicismo, me refiero al mexicano, nos permite conciliarlos con los comportamientos cotidianos. Día de la Candelaria, Día de la Virgen y Navidad son y han sido las festividades de reunión familiar más emotivos. Navidad, por obvias razones; el 2 de febrero y el 12 de diciembre por la glorificación matriarcal de mis abuelas. Seguramente, muchos lectores dirán: “¡claro, en Semana Santa siempre nos vamos a _______!”, o “el Sábado de Gloria nos combatíamos a cubetazos”… ¡Ah, el idilio de la infancia!
Paréntesis: este ámbito también aplica para el Día de Muertos.
En el plano íntimo, ya me estoy poniendo sentimental y lloroso, el Desfile de las Rosas con los respectivos Tazones de la NCAA eran el pretexto perfecto para convivir con mi padre, sin la batuta del regaño. El Súper Tazón era exactamente igual. Al paso de los años, el Súper Domingo se convirtió también en un pretexto para convertir en mi familia a aquellos que no comparten mis apellidos. La mayoría de las veces, los equipos y su confrontación eran y son lo de menos.

@heberquijano

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