La estética de lo anormal

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El mundo griego nos heredó el estereotipo de la belleza perfecta, el estándar aceptado por el Occidente: simetría, dimensiones proporcionadas y un toque de finura en los rasgos muy occidental. Caucásico para no mentir. A cualquier lado que volteemos y a cada parpadeo, la publicidad nos llena la mente de prototipos físico y conductuales, que llenan nuestra mente ―como fosa común durante la guerra― de “la belleza”. Un vistazo al estudio de Umberto Eco en sus historias de la belleza y la fealdad nos dan una pauta para entender ese estereotipo.

El arte es un espejo; también muestra el otro lado, aquel que no corresponde con esa belleza “normal”. Las etiquetas pueden ir desde la fealdad hasta la enfermedad o la anormalidad, etiquetas que marginan, rechazan y expulsan aquello que el imaginario colectivo selló con esa estampa que caracteriza el “espíritu” de cada época. Un ejemplo clásico es el caso de la epilepsia. En la Edad Media quienes padecían convulsiones eran anormales o diabólicos. Lo anormal es siempre visto como algo que pone en peligro la estabilidad del mundo “normal”. Baste darse una vuelta por las páginas de Los Anormales o La historia de la locura en la Edad Media de Michel Foucault.

Sin embargo, hay un matiz sutil de verdadera humanidad que nos revela una mirada a lo anormal. Tod Browning sacudió las buenas conciencias con un inventario de anormales en su película Freaks, ambientada (valga la redundancia) en un circo. Las fotografías estremecedoras de Diane Arbus pueden ser la vía más rápida a ese lado; sus modelos son en verdad fascinantes en su rareza. La película Fur, pelaje, maltraducida como Retrato de una pasión, se propone investigar cómo esta neoyorkina ―en una magnífica Nicole Kidman― se enamora de un mundo extraño, representado por Lionel ―un Robert Downey Jr., peludo como el Tío Cosa―, y se libera a su vez de la típica hipocresía burguesa norteamericana de los años 50 (o de cualquier lugar). En el muy recomendable poemario Braille para sordos de Balam Rodrigo hay una mirada a los conceptos de  belleza, monstruosidad, poesía y de la fotografía a partir del trabajo de Arbus. David Lynch, con su tenso estilo psicológico, nos ficcionó la vida de Joseph Merrick en El hombre elefante ―estelarizado por un joven Anthony Hopkins. Alejandro Jodorowsky se place en mostrar a cuadro enanos, mancos y deformes en películas como La montaña sagrada y El Topo.

En la literatura, la imaginación se permite muchas cosas más. Podríamos pensar en los personajes visitados por Gulliver, donde la sátira convierte a liliputienses, laputienses y houynumns en espejos rotos y distorsionantes de la sociedad “bien educada”. Polite dirían los ingleses. Los personajes de las obras del uruguayo Felisberto Hernández y del ecuatoriano Pablo Palacio tienen un aire macabro, angustiante y melancólico; son seres que consciente de su peculiaridad que se asumen como alineados y extranjeros en la “normalidad” de la sociedad. El nobel sueco Lagerkvist, cuenta en El enano, cómo un bufon insignificante pretende ser el manipulador de todo un reino, casi al más puro estilo del Cerebro que quiere ¡conquistar el mundo Pinky!. Juan Rulfo, en el cuanto “Macario”, también nos pone en un retrasado mental a un anormal con secretos perturbadores. Oliver Sack nos novela su trato con enfermos mentales de diversos tipos en sus obras de divulgación. Y la lista puede ser casi infinita…

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Habría que preguntarnos si el exceso de normalidad no tiene algo más de siniestro, de terrorífico, de angustiante. La predominancia de la normalidad debe ser un signo de alerta y de alarma.