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Para nombrar el agobio

Si para Hipócrates el temperamento melancólico estaba dominado por la afluencia de la bilis negra en el cuerpo, si para los psicólogos es el estado de depresión y para los endocrinólogos es solo una falta de esas hormonas que producen placer (dopamina, endorfina, serotinina), para el vox populi la melancolía es el mal de muchos, que ahora se denomina “clínicamente” depresión. Darian Leader ha expuesto con gran sensibilidad esa demagógica y malgastada moda de homogeneizar todo con dicho término en La moda negra. Y es que no  hay cómo negar que la “depresión” vende: libros de autoayuda, dietas, yoga, vacaciones todo incluido y, sobre todo, pastillas.

Volviendo a su inasible condición, melancolía puede confundirse con la nostalgia, ese dolor por el regreso y que fácilmente durerpuede interpretarse por la búsqueda de un paraíso perdido (la infancia, el amor, la patria, etcétera). Es aquí donde precisamente me pregunto cuán preciso es el lenguaje para definir lo real, lo ficticio, lo conceptual, y todas esas infinitas y difusas fronteras entre fenómenos,eventos y sucesos. Cada cultura tiene un término para este la melancolía, la nostalgia o para alguna de sus variantes.

Del latín podemos conceder a la abulia, la falta de voluntad, como una acepción primera que puede confundirse fácilmente con la acedia, que excede en profundidad a la pereza por sus motivos “emocionales”. Los portugueses tienen la saudade y en los cálidos compaces del fado su himno primordial. Los sajones tienen en “homesick” un término muy cercano a la raíz etimológica de “nostalgia”; y le prestaron la palabra spleen a los franceses para caracterizar ese mal del fin del siglo XIX, protagonizado por Baudelaire y sus Pequeños poemas en prosa, que linda entre el tedio, el hastío existencial y la melancolía. Pero también debe sumarse ese estado en el que unos duendecitos azules se apoderan del espíritu hasta agobiarlo, por lo que estamos “blues”, que taunnamedel grechetombién tiene un canto específico, proveniente del corazón del negro esclavizado. Los senegaleses tienen un equivalente, el Ndesse, con el que se expresa un sentimiento de tristeza que también hace enflaquecer las fuerzas. Los turcos se refieren por hüzun a aquello perdido en el pasado e irrecuperable en el presente. “Gime, bandoneón tu tango gris”, cantaría Gardel en el tango de Enrique Cadicamo; “Oh melancolía, señora del tiempo”, diría Silvio Rodríguez, por ponernos muy populosos ahora que el invierno, por no decir el frío, nos ponen un poco aletargados. Lejos quedan los esfuerzos de los grabadores  antiguos, sea Albert Dürer o Giovanni Benedetto Castiglione “il Grechetto”, por interpretar los síntomas mencionados por los clásicos griegos.