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Para narrar un narcopaís

Si bien es cierto la cultura del narco nos explotó en los medios y en las calles durante la famosa Guerra contra el Narco calderoniana, nunca estuvo escondida. Tampoco nunca le fue tan redituable a tantos: políticos, medios de comunicación masiva (televisión, periódicos, pasquines y blogs), músicos (de banda, norteña, ranchera, rap, etc.) funerarias, mudanzas por hablar de las más evidentes. Ni las editoriales ni el arte se salvaron. El único jodido era (es todavía) el peatón.

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Convertido en un fenómeno de masas, cercano a la política del miedo, la #narcocultura le abrió sus estanterías y anaqueles a la #narcoliteratura. En el ámbito cultural, no sólo el público volteó al tema de moda, también la academia y el canon. El periodismo de fondo, de investigación se enfocaron en la realidad del país, a un costo terrible. La literatura se regodeó en un nicho solicitado y la posibilidad de best sellers, con su retahíla de clichés, exageraciones y simplezas. Pero entre esa piara hay una perla: Yuri Herrera.

El escritor hidalguense saltó a la fama con una novela-bolero, como dirían los académicos: Los trabajos del reino. En una trama de intrigas cortesanas, su lenguaje incipiente pero ya radiante fusionaba el “#narcocorrido” con el lenguaje coloquial, una suerte de barroquismo de barrio, de cantina. No el petulante neobarroquismo (pienso en Lezama o Del Paso) de diccionario. Las puertas del mundo editorial le abrieron las puertas, incluso en otros idiomas.

Le siguió “Señales que precederán el fin del mundo”, una road-novel de los mojados que, simbólicamente, mezcla el viaje al infierno con la telemaquia homérica de la Odisea. Su lenguaje se refina, se pule y se convierte en una afilada lengua que deslumbra. El último, quizá el más barroco, es más sofisticado aún. En La transmigración de los cuerpos  dos familias poderosas, implícitamente carteles, se encuentran confrontadas por la muerte de sendos hijos cuyos cuerpos tienen los contrarios. El protagonista, el Alfaqueque, es un mediador que sufre también un cerco sanitario (una alerta de zika/influenza) que nada dista de un estado de guerra o de toque de queda. Los hijos de ambas familias, trasluce, los tiene la familia contraria, en lo que podría ser la parodia/farsa narca de Los Montesco y los Capuleto, pero sin ningún atisbo de amor, sino todo lo contrario: lo que verdaderamente acecha es el odio, la bala, la malaleche del Otro. La novela se convierten en una metáfora del encierro, nuestro país/política-violencia-narco, del que no se puede escapar sin salir raspado.

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