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Nuestra sombra: la violencia

Algo anda mal si la única solución que encontramos a nuestros problemas es la violencia. Algo anda mal si en lugar de asumir nuestras responsabilidades, deberes y derechos, le damos a los gritos, puños, balas, larembrandt prioridad en los argumentos. Algo anda mal si nuestros argumentos son la omisión, el descontento, el atropello, la imposición o la terquedad; algo anda mal si nuestros argumentos ni siquiera se asoman a los resultados, ni a las causas ni a las consecuencias. Falacias se llaman en “buen latín”.

De niño, en alguna junta de padres de familia, a mi padre le preguntaron cuál era mi mayor miedo: La violencia, respondió. Y es que la estabilidad de una sociedad se agrieta siempre que la violencia se ejerce (porque no se detenta, se ejerce, perífrasis de Foucault). No importa que haya igualdad de condiciones. Blandir la fuerza significa que la razón y las leyes (sus usos prácticos y civilizados para ser más preciso) han fracasado, que el diálogo está suprimido, que la animalización no sólo estalla sino escuschielepe su sangre a los tiburones del miedo, de la opresión, de la intimidación.

La violencia desata los demonios que nos hacen humanos, lobos, colmillos. A veces esa sombra se nos escapa de las manos para tomar vida propia. En México, basta asomarse a las calles, al folclor, a la historia para confirmar que nos hemos cobijado en el árbol equivocado, en la sombra equivocada; y sus frutos se nos pudren frente a los ojos.

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Imágenes: Rembrandt, Schiele