Cultura

El México para mis hijos

Tuve una pesadilla. La pesadilla de un país en el que la violencia cercaba a los ciudadanos a las cuatro paredes de sus casa, agazapados para descubrir el momento en que escampe la tormenta para disfrutar de nuevo de la cristalina inocencia de los niños jugando en los parques o de la gente platicando. Libres del estallido de las armas de fuego, de la agresión instituida del desprecio, el clasismo y la ignorancia.

Tuve una pesadilla. La pesadilla de la complicidad compartida que propaga la impunidad y revela la putrefacción de la corrupción de todos los convenios sociales que conocemos como reglamentos, leyes, costumbres.

La pesadilla de presenciar una sociedad con una débil o casi nula observancia de sus propios deberes, hasta en lo más elemental. Los síntomas son evidentes a simple vista y reflejan, de lo simple a lo complicado y viceversa, la inoperancia de todo un sistema.

Caminaba por las calles de mi ciudad, de mi País, y el estridente sonido de la música como si todos estuviéramos sordos. El conductor excediendo los límites de velocidad, sobrepasando las zebras para los peatones, y altanero hasta los golpes (así es como respondemos a todo) ante cualquier reclamo.

Ese es el país que no quiero para mí, mucho menos mis hijos.

Sí quiero el País del esfuerzo, el de la honestidad, el del trabajo, el México en el que cada mexicano haga lo que tenga que hacer, y lo haga cada vez mejor. Ese no es un sueño (no tendría por qué serlo), eso podría ser una realidad. Mucho más que una utopía.

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