Cultura Estado de México Opinión Cultura

Los 100 años de mis Diablos

Este domingo 12 se cumplen 100 años del Deportivo Toluca F.C. Más allá de la grandilocuencia de los fanáticos de cepa y los villamelones, sumado al contraste de los haters a los que nunca les gusta nada (quienes inundan las redes sociales con su reducido criterio), el centenario de los Diablos nos da la oportunidad para hablar de algo más que de futbol y de la institución misma.

Embed from Getty Images

La memoria se guía por momentos emotivos, específicos y puntuales, de dicha o de desgracia. No recuerdo, por ejemplo, nada del temblor del 85. Suena lógico, tenía tres años. Pero sí recuerdo muy bien que no pude ver a Julio César Chávez pelear y batir al Macho Camacho, a causa de uno de los primeros pago por evento. Recuerdo sí muy bien mi infancia marcada por la legendaria demostración de Michael Jordan y los Bulls de Chicago, al grado de querer convertirme (a pesar de mi escueta fisonomía) en basquetbolista, como muchos de mi generación. También recuerdo, mucho mejor, los años esperanzadores de la selección de Mejía Barón. El gol del medio de Toluca, Marcelino Bernal, a Italia. El extraordinario mundial del lateral derecho, Jorge Rodríguez, a quien pocos años después encontré jugando en la cancha de Las Marinas, con el equipo de unos vecinos de mi colonia. Tenía doce años y los Diablos recién habían salido de problemas de descenso, con temporadas de altas y bajas, con jugadores como Marcos Ayala, Horacio Humoller o el siempre fiestero Nidelson da Silva Melo, entre otros. Antes de ellos, mi memoria, como en el caso del 85, es una neblina fangosa.

Eran los años previos a la época dorada bajo el mando del Ojitos Meza y con Cardozo a la cabeza. En el festejo de ese primer campeonato, después de más de veinte años de sequía, recuerdo la euforia en Los Portales y su inundación de clamores, gente aventándose espuma, mientras emergían en mi pecho los fervores del triunfo junto con los primeros hervores del amor.

La ciudad, los Diablos y mi memoria comparten un discurrir en riberas paralelas, que se comparten y cruzan. Mi vida ha tenido de fondo a Toluca y a sus Diablos.

La ciudad se ha ido transformando, todos hemos sido testigos de ello mientras lo Diablos siguen ahí, en esa presencia entrañable que significan los equipos para un espectador, para un aficionado. No siempre juegan (ni ganan) tan bien como yo quisiera. Pero así es el deporte, la confrontación continua con los límites de lo humano, en esfuerzo, en devoción, en sacrificio.

En El año en que se coronaron los Diablos de Eduardo Osorio uno puede presenciar esa transformación. Particularmente la de la Toluca -casi-pueblo hacia la modernidad de la ciudad con su sobredosis de asfalto, hierro y vidrio. La novela de Osorio está llamada a convertirse, por su temática, por su estilo, por su personajes entrañables y hasta hace poco reconocibles, en un clásico de la “literatura mexiquense”. A mi gusto la novela que mejor merece ese apelativo dentro de esa denominación. Sus momentos poéticos se combinan con los éxtasis deportivos y los emotivos pasajes de remembranza. Yo festejo la novela, la recomiendo. Y me subo a sus páginas para conocer ese otro Deportivo Toluca, que también festeja sus cien años,  y esa otra ciudad de Toluca que no conocí.

También los invito a mi blog