Cultura

Hija de la publicidad, libérate de las marcas

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Toda revolución ha sido procreada o abortada por situaciones de casa

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De acuerdo con el gobierno el consumo básico de agua en Colombia es de 20 metros cúbicos, con eso una familia debe satisfacer sus necesidades esenciales.  Toda cifra soportada por los burócratas del gobierno cambia en el tiempo según el criterio del político de turno.  María volvió a abrir la llave de la ducha, dejó que el agua caliente le cubriera la espalda, puso las manos sobre la pared, se quedó así un par de minutos, no pensó en cifra alguna, solo movía la espalda para recibir el chorro caliente en diferentes partes abajo de sus hombros.  Afuera la música era reproducida desde el teléfono móvil, “Brindo por ella” en la voz de Andrea Bocelli.  No alcanzaba el sonido a llegar claro hasta ella, el de las gotas derramándose desde la ducha lo superaba sin esfuerzo alguno.  Cerró la llave, el sonido apareció claro en los oídos, no quiso más agua sobre su cuerpo, observó sus pies desnudos, puso las manos bajo el estómago, las movió hasta dejar solamente el dedo pulgar de la mano derecha dentro del ombligo.

Tomó la toalla y empezó a secarse, el recorrido del mundo en paralelos y meridianos, arriba, abajo, a un lado, al otro.  Esta vez no se lavó el cabello, solamente del cuello hacia abajo.  Estuvo 10 minutos en la ducha, quizá 200 litros de agua arrastrados primero desde la tubería de la calle hasta la regadera, y ahora lanzados por otra tubería hacia la alcantarilla.  0,2 metros cúbicos consumidos esta mañana.  No es el fin del mundo, no es el apocalipsis, no es tiempo de sequía, son días normales, el acueducto es una máquina perfecta y conduce el agua diariamente.  Debajo de las calles, de las casas, de los edificios cruzan toneladas de líquido, uno que va limpio hacia las casas, otro que sale sucio de ellas hacia las cañerías.  María piensa en el ruido de cada gota atravesando la ciudad, imagina a otro con oído más agudo sintiendo el ir y devolverse del agua en cada metro recorrido debajo de la ciudad.  Imagina pequeñas columnas de agua subiendo las paredes en los edificios, líneas horizontales sostenidas por las tuberías.

La toalla de color blanca no le cubre los senos, sale con ellos descubiertos, se ha puesto la toalla en la cintura como lo hacen los hombres, están sensibles los pezones, el ciclo hormonal está dando una vuelta de tuerca sobre la sensibilidad de su cuerpo.  La palabra toalla es de origen germánico, algún amigo de los viajes y las travesías la llevó a España, “toaja, tobaja y tobaja”, el vocablo original sería ‘thwahljo’.  Del lugar acostumbrado tomó la crema para el cuerpo, tiró la toalla a la cama.  Cuando de una de las esquinas del cuadrilátero se tira la toalla es una solicitud de dar por terminada la pelea, así el púgil sigue vencido como seguramente lo está en el combate, claro, ahora sin seguir recibiendo la paliza que le podría continuar dando su contrincante.  Veía peleas de boxeo hace mucho tiempo, y mucho es suficiente como para no recordar el nombre de los boxeadores, no tanto para impedir a la memoria recordar el nombre técnico para un boxeador darse por vencido.

La lista de reproducción en el teléfono móvil ha cambiado el idioma, ahora un clásico que ella tararea, “Let it be – The Beatles”.  Es un mito, toda la historia es un mito, Cleopatra, la última gran reina de Egipto se bañaba en leche para cuidar la piel, ahora las mujeres bañan con cientos de miles de millones de dólares a las empresas que venden productos para la belleza.  La canción suena, “i wake up to the sound of music, mother mary comforts me speaking words of wisdom, let it be let it be, let it be, let it be”, las manos han humedecido las piernas y los brazos, pronto los hombros, ya ha tirado la toalla, ha sido vencida también por las franquicias de belleza.  Continúa desnuda, de la cama toma la ropa interior que había escogido previamente, es parte del aprendizaje infantil adquirido de su madre, primero escoges lo que te vas a poner, luego vas a la ducha, cuando sales, te pones lo que habías previsto.  Eso hace, como si de un lenguaje antiguo se tratase repite las palabras, cada prenda se acomoda en movimiento exacto sobre su piel, cubriendo el lugar para el cual ha sido dispuesta.

La música es sofocada por el sonido del timbre para las llamadas.  Mira la pantalla del móvil, bloquea la llamada, prepara un mensaje, “dame unos minutos, me estoy vistiendo”.  Recibe uno de respuesta, “háblame desnuda”.  No responde al mensaje, no se altera.  El pantalón y la blusa, las medias de cuello corto, los zapatos, y las joyas.  Va hasta el espejo, se observa, alinea las telas, se siente convencida del favor que le hace a su piel los colores escogidos, está satisfecha con las prendas.  Busca el perfume, no recuerda exacto los aromas, los nombres en los frascos son suficientes para elegir uno de ellos.  Es el mayor de los ritos al cual asiste diariamente, mueve las manos, hace gestos, estira los brazos como si estuviera atrapando el aire, luego con las manos hace lo contrario, como si lo expulsara.  Leyó el libro “El perfume” de Patrick Suskind hace apenas unos meses, no vio la película, ya no le interesa, le gusta la idea de terminar un día consumida por amor, no le llama la atención la preparación de los aromas, solo le gustan, y quizá ni siquiera es gusto, quizá es otro acto aprendido de la industria de la estética.

Patrick Suskind publicó la novela en 1985, en 2006 fue estrenada la película.  ¿Y si un día no oliéramos a nada?  En la India dicen que los latinoamericanos huelen a leche, en Latinoamérica dicen que los de la India huelen a especies.  La industria del perfume se apropia de más de 30.000 millones de la economía mundial.  María aporta una cantidad irrisoria para eso, las millones que como María usan un perfume diferente cada día ponen el resto, son la masa alimentando a los pocos dueños de la industria.  El perfume de hoy tiene un olor a dulce, a frutas.  Toma el bolso, revisa la existencia de los objetos básicos que lleva en él cada día, lo cuelga de su hombro izquierdo, no se resiente del peso, nunca ha querido reconocer el peso que lleva cada día.  Va hasta la cocina, toma el vaso de yogurt que había dejado previamente en el mesón junto a la losa, muerde las porciones de manzana verde, cuando termina, abre el termo y sirve en una taza de café el líquido hasta llenarla.  El teléfono vuelve a timbrar.

  • Andrés, ya casi salgo.

Andrés saluda, hace las preguntas obligadas, y recibe monosílabos por respuesta.

  • ¿Cómo estás?
  • Bien
  • ¿Dormiste bien?
  • ¿Soñaste?
  • No

Ante la última pregunta María hace un gesto de desagrado y no lo transforma en palabras, Andrés no lo nota, no es una video llamada, el sonido no transporta los gestos de la cara.

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Andrés despierta con el sonido de un reloj cuyo principal propósito por encima de mantener la medida horaria es timbrar a una hora exacta, hacerlo en el instante en el cual le ha puesto un semáforo para dar un grito.  Quienes usan el reloj biológico para despertarse han de tener una cualidad diferente, un tic tac o un campanario contando los segundos en reversa hasta que ya no hay oportunidad para más minutos de sueño.  El reloj biológico de él funciona con exactitud para quedarse dormido, para lo contrario es lento y perezoso, es un reloj sin carácter, se deja llevar por los impulsos básicos del cuerpo ante el sueño.  Hay cientos de millones de relojes despertadores en las casas, suenan generalmente en la hora de la mañana, presagian horas de clase, días de trabajo, citas médicas, horario para el gimnasio, un sonido los identifica como el grito a Tarzán, así es el aullido usado para revelar su presencia.  El teléfono móvil ha socorrido la funcionalidad de los relojes, por eso en otra cantidad de casas no hay un reloj sobre la mesa, el teléfono tiene la función para hacerse sentir con mayor intensidad cuando le han programado el timbre en una hora exacta.

Sobre la mesa de noche hay un reloj, junto a él un libro, el que ha estado leyendo en paralelo con el de Houxley.  La noche anterior leyó diez páginas del mundo feliz de Houxley, del libro en la mesa no leyó nada.  “El mundo feliz” se lo prestó María, él a cambio le dijo que leyera a un escritor argentino, Roberto Arlt, “Los siete locos”.  Ella no le hizo caso a la recomendación, continuó con los cuentos del premio nobel canadiense, un poco de esnobismo, leer lo que está siendo mencionado en los medios de comunicación. El reloj hizo lo programado, timbró, timbró ruidosamente, él se despertó, vio la hora después de ponerse las gafas, no quería llegar tarde, no quería despertarse, no quería otra cosa diferente a seguir durmiendo, el compromiso con María, ir para verla, no, eso no, ir para acercarse a las estaciones de Transmilenio y dejar los volantes hechos por un amigo dueño de una imprenta en el barrio Ricaurte.  “Hija de la publicidad, libérate de las marcas”.

Hay un error en la creencia de que leer libros es sinónimo de inteligencia o de adquirir sabiduría quizá originado porque en el comienzo de la divulgación del conocimiento era este medio el que permitía hacerlo de manera masiva.  Ahora hay otras formas de apropiarse de ello, exponerlo, divulgarlo, compartirlo con mayores capacidades.  En las librerías y los grandes supermercados hay tantos libros como basura al final de una fiesta de borrachos, tanta tontería escrita como la dicha por los mismos asistentes a la fiesta mencionada.  En los estantes hay información única e interesante, el conocimiento se mantiene en esas otras páginas, en las de los libros cuyo propósito es romper con la pereza intelectual de quienes lo leen.  Los libros son un objeto comercial, se vende o no se vende, si los compran mantienen los otros ejemplares al amparo visual de los clientes, al contrario, van a la bodega a ocupar un espacio del que nadie se acuerda.

Ha querido conservar las historias asociadas a las manillas, también las usa como amuletos, la de color azul se la regalaron en el mercado de las pulgas. En el barrio Usaquén hay una zona dedicada a la venta de productos artesanales.  La de colores rojo, amarillo y morado fueron recibidas de una amiga a quien le gusta creer en la magia, vive en el mito y le importa muy poco el logos. Su amiga dice que la trajo directamente desde la Sierra Nevada y que fue sanada por uno de los Mamos indígenas.  Para las otras tres que lleva en la mano izquierda tiene un relato con el cual presume cuando le preguntan por ellas.  De ponerse la camiseta pasa a los calzoncillos, de ahí a los calcetines y luego la camisa, después el pantalón, finalmente los zapatos tenis.  Se pone también las gafas sin las cuales no ve nada a menos de tres metros.

“¿Qué es lo que edifica castillos y derriba montañas a algunos hombres los ciega y a otros los ayuda a ver?”  Le gusta ese acertijo, piensa en él muchas de las veces en que se pone las gafas.  Lo escuchó viendo una película de Batman.  En la última fórmula el optómetra registró -3.5 dioptrías en cada ojo.  Con los lentes puestos va hasta la cocina y toma de la nevera un vaso de jugo de naranja, un jugo artificial que no tiene más de 4% en cantidad de fruta natural.  Repite el jugo y se come unas galletas con sabor a chocolate.  Toma el morral y lo cuelga de su espalda, abre la puerta, extiende su humanidad con las piernas sobre el piso, orienta sus pasos hacia el alimentador que lo llevará a la estación de Transmilenio donde tomará la ruta hacia el lugar de la cita.

A María no le gusta Andrés, a Andrés no le gusta María, sin embargo, es la mujer a la que más ve y le parece que sería la única con la cual podría tener sexo prontamente.  Le gustan las mujeres generosas de carne, eso no es una metáfora, y tampoco podría decirle a una mujer, “me gustas porque eres generosa de carnes”.   No le gustan las delgadas, prefiere la exuberancia de las formas.  En el morral lleva condones.  Tres libros, dos de literatura y uno de antropología, el protector de los lentes, unas gafas oscuras con la misma medida de aumento, bolígrafos y papel, una libreta de apuntes y las doscientas hojas que van a repartir a los pasajeros de Transmilenio.  Los condones tienen una caducidad aproximada de cinco años, estos los compró hace uno y en el supermercado llevaban otro, le quedan tres años de posibilidades para ser usados.  La primera vez que utilizó condones fue en la universidad, también fue en la universidad la última vez que los usó.  Hace dos años fue el grado, la celebración fue con una reunión en casa de la familia.

Envió un mensaje a María preguntando en qué lugar estaba, ella respondió indicando que lo buscaría junto a los molinetes de la salida sur de la estación.

 

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En el abrazo con el cual se saludaron dejaron olvidado el fastidio producido por la montonera dentro del bus, Andrés no pensó en los condones cuando sintió el cuerpo de María, y ella no recordó la molestia producida por las preguntas de él en cada saludo.  Tomaron las doscientas hojas, las separaron en dos paquetes, cien para cada uno.  Ella fue se quedó en esa entrada de la estación, él se fue al otro extremo.  Lo que debería ser una actividad fácil de una hora como máximo requirió un mayor tiempo.  Las personas no toman los volantes que les ofrecen en la calle, los que los toman los dejan en la siguiente cesta de basura.  Tres horas y muchos mensajes en el celular después se encontraron.  Los dos estaban cansados, el tiempo de pie los había agotado.  Ella le ofreció de la botella de una botella de agua y juntos volvieron a entrar a un bus de Transmilenio, esta vez rumbo a la casa de María.

Ambos durmieron en su silla; una hora y quince minutos desde la estación hasta la casa, cuarenta minutos de sueño para adelantarle o reponerle al cuerpo.  Tres horas de estar de pie ofreciendo volantes con los que invitaban a rebelarse, muchos desconocidos indiferentes ante lo que ellos consideraban un asunto de vital importancia.  El 25% de los que usan el transporte público duermen.  De esa cifra el 1% recuerda lo que sueña mientras está en la ruta.  En esa estadística están los dos, en una estación antes de bajarse se despiertan, no cuentan el uno al otro nada, apenas siguen sentados, creen haber ganado la lotería al haber podido ir cómodos en una silla.  María sueña con la película August Rush, ella es Lyla Novacek, el personaje interpretado por Keri Russell, solo que en su sueño está en el concierto con un vestido de color lila y toca el piano.  Andrés tiene una erección mientras está dormido, lo sabe al despertarse y agradece llevar el morral sobre sus piernas, eso no lo expone a crítica alguna, nadie más que él sabe esto.

En el sueño de Andrés todos los condones de la ciudad han desaparecido y María quiere estar con él teniendo sexo en su cuarto, solo le exige usar condones, él los busca en su morral sin encontrarlos, cree que los ha dejado en la casa de la novia de la universidad y corre por medio de todas las calles hasta llegar y entrar, sin saber cómo, al cuarto de ella sin hallarlos.  Sale con la misma velocidad de entrada, recorre una y otra calle buscando en las droguerías y en cada una de ellas es la misma respuesta, están agotados.  Al atravesar un parque para volver al cuarto en donde lo espera su amiga se encuentra con Casanova quien le ofrece quien le ofrece uno hecho de tripa de cerdo.  Ahí se despierta con la cara caliente y roja, al comienzo cree que es por el calor y luego murmura para sí mismo sobre la vergüenza al llegar con unos condones así a donde María.  Mira por la ventana, reconoce el lugar por donde se mueve el bus, sabe del lugar en donde deberá bajarse.  Su compañera de rebelión duerme, o por lo menos usa los párpados en el mismo modo de cuando se está durmiendo, no la mira más a los ojos, le observa el pecho, luego deja de mirar y se queda con los ojos cerrados sin concentrarse en pensamiento alguno.

Ninguna soledad debe ser narrada a los amigos, la verdadera soledad solo debe expresársele a desconocidos.  Sin saber de la mirada de Andrés sobre su pecho ella va pensando en eso de la soledad.  Si un extraño le hablara en ese instante le diría que estaría dispuesta a tener sexo con un desconocido antes que con un amigo.  Las últimas noches ha recordado al último de sus exnovios y la manera en cómo le descontaba caricias de la espalda antes de sumarse su peso sobre su cuerpo.  De eso también le hablaría al imaginado extraño, le diría del pavor que le tiene a los jabones de color rojo porque cree están hechos de sangre, es un absurdo, aun así es su absurdo y no está dispuesta a deshacerse de ello.  Con una de las manos toca su bolso, mete la mano, identifica algunos objetos, las llaves, el teléfono, los pañuelos, las toallitas para cada día, un dulce y la tapa de uno de sus bolígrafos.  Con los dedos encontró el bolígrafo, le puso la tapa, mantuvo los ojos cerrados, sintió entonces que debía abrirlos para saber qué tan lejos estaban del lugar donde deberían bajarse.

En la estación había una publicidad de una marca de productos de belleza para las mujeres.  Andrés hizo una mueca de fastidio, ella, en cambio, se quedó viendo a dos mujeres que tenían la pupila dilatada observando el color rojo de los labios de la modelo en la imagen.  Ella dijo, todos quieren un auto porque la publicidad lo ofrece y no porque sea útil para todos, todos quieren ser hermosos porque les han dicho que la belleza es obligatoria, todos usan ropa de marca porque la belleza solo es importante cuando está cubierta por las marcas de moda, todos están atentos a usar lo nuevo para no estar por fuera de lo dictado por el canon publicitario.  Escupió sobre la imagen de la modelo, nadie la vio, nadie notó su enojo, ni siquiera su amigo, él estaba ocupado en notar las botas de una muchacha, unas botas altas hasta la rodilla, con tacón alto y con un tejido arabesco en la parte superior.   Solo después de cruzar el puente peatonal sintieron la necesidad de hablarse, ella le dijo, mi mamá me envió un mensaje, podemos almorzar con ella si llegamos en diez minutos, de lo contrario ella no nos espera y debemos buscar la comida en las ollas.

María sonrió como si su madre le estuviera pidiendo complacer al invitado, en la mesa él se hizo en la parte occidental y ella en el lado opuesto, la madre se hizo junto a ella, hablaron de la ciudad y el clima, del tráfico y los habitantes, de la prisa en la cual caían todos, de una señora a quien se le perdió el bolso en el supermercado y de la suerte que tuvo porque un hombre lo devolvió con todo y el dinero que llevaba dentro.  María repitió una porción de ensalada, él no pidió más, aunque le ofrecieron una porción adicional de carne o de arroz o de lo que pidiera.  Sin decirlo y sin notarse en su rostro alcanzó a pensar, con gastarme uno de los condones sería suficiente.  Miró a María y sintió un movimiento de su pene entre las piernas, se movió un poco en la silla y continuó con la conversación iniciada por ella.

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Las mujeres están siendo atacadas constantemente por un modelo de belleza inventado por los publicistas; labiales, sombras para los ojos, esmalte para las uñas, fragancias para el cabello, perfumes, cremas para las manos, cremas para el cuerpo, aceites para el abdomen, cremas para la cara, protector para los labios, exfoliantes, rímel para las pestañas, rubor para las mejillas, hidratantes para el cabello, delineadores para el contorno de los ojos, sales para limpiar las células muertas de las manos, fijador de maquillaje, peinados y cortes para el cabello.  Cada semana las peluquerías reciben cientos de mujeres que quieren llegar el lunes a la oficina con el cabello peinado y las uñas pintadas.  En los centros de cirugía estética los cirujanos no tienen descanso, cada día unas van a ponerse y otras a ponerse algo que les han dicho es parte fundamental de la hermosura en su cuerpo.  No se dejan el bigote, se lo afeitan, no dejan vello en sus piernas lo depilan, la ropa es del tono y de la forma de moda, los zapatos y los vestidos deben estar, más que en conjunción con la forma de su cuerpo, alineados con los comerciales diarios de la publicidad en la televisión, los diarios y las revistas.

Lo anterior lo sabían los dos, y se ocuparon en discutir cifras y métodos, en descubrir una mejor manera para entregarle a las mujeres un mensaje claro a partir del cual pudieran deshacerse de esa dependencia a la cual la estaban condenando los medios.  Sabían que el volante entregado en la estación de Transmilenio solo sería leído por unas pocas de ellas, y ellas ni siquiera lo tomarían en serio.   Los programas de televisión, las revistas, los diarios, la publicidad en vallas y pantallas de centros comerciales obtienen mucho de sus ingresos de la publicidad sobre productos de belleza para las mujeres.  Una cosa ya dictatorial es convencerlas de que les hace falta ponerse algo en el cuerpo, otra cosa de muerte es que todos los productos sean tan caros porque deben pagar mucho en publicidad para exponer y posicionar a las marcas.   No se dieron cuenta a qué hora cayeron dormidos, solo se desprendieron del aire y cayeron sobre la cama.  La tarde los llevó hasta la noche y cuando se despertaron las ventanas se alegraban ante la noche.  La música en el computador continuaba heredando listas de reproducción dejadas por internautas.  Cuando él despertó sonaba “It’s A Man’s World” de Karise Eden.

La vio sin preocuparse por ser notado.  Los botones en su blusa se habían desconectado del ojal, vio un seno medio vestido por el brasier, el color de la piel, notó las pulsaciones en su pecho, le miró las piernas y la forma de su cuerpo.  Pensó en acariciarla antes de que estuviera despierta, sintió temor incluso de sus pensamientos.  Siguió viéndola hasta que ella se despertó y sin saber por qué le puso la mano sobre los hombros, entonces él movió su brazo a su cintura y ella le dijo, abrázame, hace frío.  Si hubo más frío esa noche a ellos no les importó.  Los condones tienen fecha de caducidad, los del morral de Andrés no llegarían a esa fecha límite.  El beso los sorprendió y se rozaron los dientes, eso los hizo reír, y la risa no fue suficiente para detenerse, ella quería y él más, él quería y ella más, así los dos no se contuvieron por creer que el otro no le gustaba, solo se besaron y tocaron, tomaron ritmo y olvidaron su rebelión en contra de las marcas estéticas que se consumen el dinero de las mujeres.  Ella no olía a perfume alguno, el aroma era a sudor, a gotas de sexo entre las piernas, su aroma era diferente en el cabello y la espalda.   No tenían promesas que cumplirse, solo tomaron posesión del deseo y se dejaron llevar hasta cuando la mamá al siguiente día los llamó para el desayuno, entonces notaron que ella quería más y a él le sobraban un condón y una erección.

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En el desayuno le dijeron a su mamá que harían otra cosa para continuar con su idea de hacerle saber a las mujeres la confabulación de la cual eran objeto, le hicieron saber que ellos continuarían con múltiples campañas porque entendían que antes las mujeres eran esclavas del hogar y ahora lo eran de las industrias de la estética.  A la mamá no le importaba esa charla, ella compraba todos los productos a una amiga que le daba descuento.   No recibieron la respuesta pensada por la señora, no les importó, desayunaron y se ocuparon en ver películas mientras se tocaban regularmente en la cama.  A las tres de la tarde habían visto varias películas y volvieron a llamarlos, esta vez para el almuerzo.  Insistieron en sus ideas, y la mamá los vio desde un lugar al que ellos no podían llegar, tenía las uñas bien maquilladas, el cabello bien peinado, se había hecho resaltar las puntas y olía a perfume dulce, ella saldría a encontrarse con unas amigas, estaba vestida como para salir en televisión, ya no le dijeron nada cuando ella les advirtió que llegaría tarde, quizá se tomara unos tragos considerando que el siguiente día sería feriado y no había obligación alguna para ir a trabajar. María lo tocó entre las piernas y él recordó el sueño, los condones se habían acabado y él no tenía ni siquiera la tripa de un cerdo para poder volverlo a meter.

 

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