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El Paternalismo del Estado

Hace alrededor de un mes se publicaron los bandos municipales de las distintas alcaldías del valle de Toluca. Ahí, desde 1824, se establecieron las reglas “administrativas”, normas y lineamientos de convivencia; y desde el siglo XX se hacen públicas cada 5 de febrero. Es una tradición administrativa y una suerte de rito civil. Y como rito pone en práctica un liga entre dos ámbitos, en este caso el de las autoridades y el de la ciudadanía, los cuales aceptan ese contrato social mudo que implican las leyes respecto a sus sociedades.

Uno de esos bandos integró un “decálogo del buen ciudadano”. Dicho decálogo incluye cosas que cualquiera de nosotros no haría ni en su propia casa, como tirar basura, cuidar las cosas o patrimonio, mantener libres los caminos, recoger las cacas de las mascotas, reportar las deficiencias de los servicios, por simplificarlos al ámbito casero.

Otras son obligaciones civiles como pagar impuestos, respetar los derechos de los demás, así como lo señalamientos viales y a quienes transitan en ellas (peatones y ciclistas sobre todo).

Lo leo con una extrañeza peculiar ¿Necesitamos los ciudadanos que nos recuerden nuestras obligaciones y responsabilidades? Parece que sí. Parece que nuestro intensidad en las exigencias no corresponde con el de los compromisos y las obligaciones.

Las leyes y reglamentos, pero sobre todo el cumplimento de las mismas por parte de autoridades y ciudadanos ha sido tan laxos, tan ignorado, por tantos años (siglos, si me permiten la precisión) que pocas veces nos comprometemos en cumplirlos. El Estado mexicano ha sido paternalista por que la sociedad se lo pide. Y, en contraste, por eso mismo seguimos, los ciudadanos, esperando la respuesta y aprobación de ese Padre omnipresente.

Si todavía necesitamos que nos recuerden nuestras obligaciones, es porque todavía no las cumplimos. Y debemos cumplirlas porque queremos exigir que las autoridades cumplan sus responsabilidades a cabalidad y sin los excesos ni imposturas a los que nos tienen acostumbrados. ¿Cuándo lograremos que la balanza se incline a nuestro favor?