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La principal estrategia para combatir a COVID-19 y cuanto pariente tenga…

Escribe Edmundo Cancino

El COVID-19 vino a desquebrajar nuestra actitud de seguridad con la que todos los días salimos a la calle y enfrentamos al trabajo para luego regresar a dormir. Esa sensación de seguridad fue uno de los regalos de la época científica.

En efecto, el conocimiento nos ha regaló desde hace unos 100 años esa idea o sensación de que existe un “algo” o un alguien que vela por mi salud y me garantiza una vida segura. En ocasiones esa sensación es tan grande que terminamos abusando del cuerpo y lo presionamos mucho con la certeza de que la ciencia tiene un remedio. Se abusa del cuerpo porque se tiene la certeza de que la ciencia resolverá cualquier problema.

Por supuesto, cuando hablo de seguridad me refiero a la que los occidentales hemos obtenido en nuestros diferentes países gracias a las medicinas. No me refiero a la idea de seguridad vinculada con la delincuencia y las guerras que tienen relación con otro problema y se manifiesta de diversas formas en cada país. Desde el punto de vista de salud, el Coronavirus ha afectado la vida de todos los países y de todas las civilizaciones; parejo. A todas las capas sociales: sin distingo. A todas las creyentes de las diversas religiones: sin parar en actos de fe.

Hablando de enfermedades cuando nos referimos a ellas no conocemos mucho y tampoco lo creemos necesario. Sabemos sus nombres, pero no queremos adentrarnos en el mundo de los profesionales de la salud y nos basta con saber que existe un cucharadita de algo, una buena pastilla o una capsula que me hará recuperar. Ya con más temor vemos a las inyecciones como recurso al que se debe acudir para curarse. Y en una situación de presión confiamos en las cirugías o los tratamientos agresivos, pero a final de cuentas tenemos la sensación de que algo llamado ciencia nos va a rescatar. Y una vez rescatados nos va a auxiliar para mejorar el estado en que nos dejó el tratamiento.

 Solemos decirle al médico deme algo para curar mis males. Sabemos que la ciencia ha creado ese algo y que el médico conoce las dosis y los momentos en que hay que tomarlo. En ocasiones nos sentimos tan confiados que no dudamos en automedicarnos. La ciencia nos salva y nos da esa sensación de seguridad, es confianza en que no es necesario mucho pensar en las enfermedades pues a final de cuentas existe “algo” que me salvará.

Esa sensación de seguridad es lo que se derrumbó cuando apareció el COVID-19.

El Virus derrumbó nuestros escudos y nos puso en una situación en donde la Ciencia, los científicos y los médicos no pueden hacer nada. Es impresionante escuchar decir a los encargados de salud: “no hay cura”, si acaso paliativos y algunos medicamentos que te ayudan a disminuir el malestar.

Y nuestra idea de un mundo “seguro” también se derrumba cuando escuchamos a los médicos decir: “no sé cómo se comporta el virus, no lo hemos logrado entender”. Bueno ya ni con el cáncer los médicos y los científicos del siglo XX y XXI habían llegado a este momento. En efecto, en el cáncer seguido escuchamos decir a los galenos: si se trata a buen tiempo es cien por ciento curable. Eso no cabe frente al COVID-19

Inmersos en el miedo no nos percatamos que solamente estamos ante la misma situación que nuestros ancestros cuando enfrentaban una plaga o un simple dolor de muelas. Si la pregunta es: ¿Cómo vamos a combatir a COVID-19 y cuanto pariente tenga? Pues la respuesta no va a ser con miedo y con las consecuencias que se derivan de una colectividad asustada.

Solo hay una manera como se puede combatir a COVID-19 y es la misma que hemos usado desde hace cientos de años para enfrentar a cuanto adversario le ha plantado cara a la humanidad: pensando, razonando, ideando.

El miedo no es malo. Sentirlo nos hace humanos. Lo malo es dejarse controlar por él. La perversión está que cuando el miedo se apodera de nosotros perdemos lo que más nos caracteriza respecto a todos los demás seres vivos: pensar, pensar y seguir pensando. Esa es la receta, en eso se debe depositar la fe. Por ello detrás de todas las declaraciones de quienes encabezan el combate contra COVID-19 siempre van a encontrar que usan a la ciencia para respaldar sus declaraciones.

Sin ciencia, esto no se va a resolver. Este es el momento de ver con cariño a ese fastidioso compañero de escuela del que decimos es el “cerebrito”, o un “matado”.

Si piensas, lo primero que debes hacer es informarte bien. Estudiar artículos científicos y acudir a la página de la OMS o de los organismos internacionales de medicinas. Si sigues pensando sabrás seguir los pasos que los médicos te recomiendan: lavarse las manos, tomar distancia sana. Si sigues pensando sabrás que después de la crisis de salud vendrá la económica y deberemos restablecer el orden económico familiar, regional, estatal, nacional y mundial.

No hacer caso a las ideas solamente nace de dos aspectos: estar dominado por el miedo o estar controlado por la ignorancia. Hoy más que nunca debemos hacer caso a la vieja definición biológica de lo humano: somos animales racionales.   En este momento cuando los sentimientos del miedo se apoderan de grandes núcleos sociales debemos recurrir a la vieja y gastada receta del occidente: más pensamiento, menos miedo. Se podrá hacer lo que sea, pero si no se piensa bien antes de hacerlo todo va a salir mal.

Durante el tiempo que dure esta crisis voy a escribir un artículo semanal. Búscalo a partir de cada lunes. Os envío un afectuoso saludo japones.