Arab jazz

Después de que el Estado Islámico se convirtiera en ese fantasma acechante del terrorismo en Europa, y que de paso hiciera la amenaza a muchos países “aliados” de sus islamicenemigos, incluyendo a México, surgieron muchas más dudas de las que ya teníamos respecto al mundo árabe, sobre todo aquel que convive día con día con el mundo occidental. El mundo árabe, de pronto, sacó la cara más proterva de la humanidad a fuerza de fuego. Desafortunadamente, la tragedia es siempre un excelente mercado para la publicidad de cosas perversas, entre las que se encuentra el falso interés por el otro, ese que no lleva a la donación ni al trabajo comunitario, ese que lleva a inventarse exuntitledplicaciones fatuas o rencores indómitosa fuerza de ignorancia, desprecio e intolerancia. En ese contexto, Sumisión de Michel Houellebecq se benefició en el gran mercado editorial con los atentados a Charlie Hebdó (y ahora con los más recientes en Francia y Bélgica).

Unos meses antes, Karim Miské salió del mundo de la cinematografía para escribir su opera prima: Arab jazz. A partir de un asesinato, como marcan los cánones detectivescos, Miské hace una pequeña radiografía de todos los resquicios que puede provocar la multiculturalidad en París. En este caldo de cultivo hay de todo: religiosidad extrema (árabes, judíos, testigos de Jehova, ateos), hipocresía de sus devotos, hip hop, traiciones y redes de tráfico de estupefacientes. Todos y cada uno de los personajes están vinculados, casi de manera rizomática, en una intriga muy cercana a la realidad: los largoAraba jazzs brazos de las redes internacionales del narco.

En ese París periférico, todos los personajes se encuentran confrontados no sólo por la situación límite (la sospecha del asesinato) sino también por las características de cada personajes, y por trasposición de los habitantes de París, es decir, su raza, su pensamiento y su devoción, como un nudo de espejo confrontados que distorsionan las imágenes que contienen.

Arab jazz encontró un éxito muy particular, como el que tuvo el Corán después de los atentados de 11-S. Sin embargo, lejos de ser un análisis sobre las relaciones truncas entre estos dispares habitantes parisinos, la novela se enfoca en las posibles bisagras que los unen: la música, el amor, la solidaridad, al trasluz del asesinato a resolver. Como pilón, Karim Miské la ambientó también con una suerte de setlist, que bien podría ser un soundtrack espejo de la Ciudad Luz: ecléctico. Seguramente pronto alguien la llevará al cine.

Un peligro late sin revelarse

El año pasado mi prima y mi tío (acaso no es esa la mejor forma de promocionar la lectura: de cerca y de boca en boca, como la mejor publicidad) me recomendaron Ha vuelto de Timur Vermes. La portada es reveladora y sensacional. La historia es fantástica. Gracias a la ficción y a la gran pluma paródica (y mucha más afilada de lo que a simple vista pareciera), Adolf Hitler aparece -como si nada hubiera pasado- en un suburbio de Berlín eha-vuelton la Alemania de Ángela Merkel. Completamente desubicado, Adolfito persiste en su discurso nazi, incendiario y encendido. Todos y cada uno de los ciudadanos contemporáneos alemanes lo toman como un excelente parodista, un comediante, con un ácido y lúgubre humor negro que lo llevan a convertirse en un personaje famoso, primero en youtube, luego en un programa de parodias y finalmente como un conductor de televisión.

La aguda pluma de Vermes construye de manera grandiosa la congruencia Hitler, quien juega a tomar como farsa lo que dice en serio para no espantar al público, quien sabe perfectamente crear la atmósfera para provocar con su discurso la incomodidad no sólo propia del humor negro sino también aquella de las verdades incómodas para llevar agua a su molino. Con ese sutil golpe de la ironía, Vermes revela ciertos descontentos aún latentes en la sociedad germana. El libro publicado en 2011 ha tenido un éxito en todo el mundo, sobre todo en Alemania, al grado de que la película ya también escala el éxito en el orbe.

De pronto la historia nos saca la lengua y nos escupe en la cara. A principios de 2016, el Instituto de Historia Contemporánea de Munichmein, aprovechando que se acabaron los derechos de autor, editó una edición crítica (sí, de esas farragosamente grandes, en este caso dos mi páginas aproximadamente) de Mi Lucha de Adolf Hitler. Hasta aquí todo bien. Sin embargo, el libro ha tenido también un éxito brutal que lo ha convertido en (otra vez, pues hasta 1944 ya había vendido más de “12 millones de ejemplares“) un best seller. A pesar de su temática, a pesar de su peso, a pesar de sus páginas (que seguro no leerán completamente todos los que lo hayan comprado), a pesar de su precio. A estas alturas el libro debe ir por su cuarta edición y seguramente se seguirán imprimiendo más.

Si a ello le ponemos en perfil la crisis migratoria que vive la Unión Europea, hay muchas preguntas, algunas demasiado obvias, que debemos hacernos, con urgencia. México no es la excepción.

La hiperliteratura

“No hay nada nuevo bajo el sol” dice el viejo adagio. Y tiene toda la razón. Los temas trascendentales para la humanidad son pocos en realidad, y a todos ellos ya intentó dar la religión una explicación. Pero también lo ha hecho el arte, sobre todo a partir de su masificación. Me refiero en específico a la primera globavalización del conocimiento a partir de la imprenta de Gutenberg. Y si nos ponemos teóricos a lo McLuhan: “el medio es el mensaje”.

En la literatura la forma se corresponde con el fondo, en una balanza pendular. En la Literatura (con mayúsculas, birrete y toga, por ponerme exquisito) la forma es fondo, y, como en la política, entre más funcione dicho paradigma, mejor. Y no es por subirme al discurso trillado de “renovarse o morir”, pero la literatura parece llamada a tomar los nuevos medios. Me refiero a las plataformas interactivas que ofrece la red: Facebook, twitter, por citar las más famosas. Precisamente en la Ciudad de México, sucede twitteratur1esimultánemente a esta columna el Primer Festival de Escritura Digital #EDG16 organizado por escritores muy activos, a la vanguardia y adeptos a estas nuevas formas de escribir. Me refiero a Mauricio Montiel F., José Luiz Zárate, Alberto Chimal, Merlina Acevedo, entre otros muchos.

Las formas de escribir literaturtwitteraturea (o adaptarla a nuevos públicos, como lo propuso Penguin) han tomado los riesgo que el arte desde la twitterature, pasando por la parodia de diálogos con emoticones, en chats, en mails, en aquello que algunos llaman la hiperliteratura. No hay nada nuevo bajo el sol. Sí hay millones de ojos distintos que lo ven desde distintos ángulos y con sus respectivos lente

Federico García Lorca en partitura

Lorca Era 1922 y la Plaza de los Aljibes de la Alhambra no tenía ni la más mínima idea de la trascendencia de un festejo. Federico García Lorca y Manuel de Falla colaboraron al liderazgo de Miguel Cerón para organizar el 13 y 14 de junio de 1922 el Concurso de Cante Jondo de Granada, el primero en su ámbito y con la peculiaridad de su coincidencia con la celebración de Corpus Christi. Además, Ramón Gómez de la Serna fue uno de los conferencistas más ovacionados, aunque hay quienes dicen que más por broma que por entendimiento del público. Desde entonces, el espíritu de García Lorca ha sido uno de los influjos, uno de los duendes que el cante hondo, el flamenco, los tablaos y los cantaores han convocado en ese afán de pergeñar una identidad que muchas veces se les fue negada o marginada.

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Los años posteriores a la muerte del dictador Francisco Franco España revivió. Después de 40 años de opresión, de dictadura, de puño duro, sordo y ciego, la música vivía, se transformaba. El rock andaluz se fusionó con el flamenco, bajo la batuta de Ricardo Pachón. En 1979 La leyenda del tiempo de Camarón de Isla.  El disco comienza con la canción homónima que utiliza versos del drama vanguardista lorquiano Así que pasen cinco años. También se convirtió en un hito de la música por la inserción de instrumentos impensados para el flamenco, además de tres canciones más, entre las que resalta la cítara de Nana del caballo grande. Enrique Morente tiene su propia versión en el disco Lorca (1998). En 1996 Morente se convirtió en el vocalista del grupo de rock Lagartija Nick y editó otro disco igual de revolucionario: Omega, del que sólo resalto el poema del Poeta en Nueva York: Aurora de Nueva York. De dicho poemario, el poeta rockero canadiense, Premio Príncipe de Asturias, Leonard Cohen editó I´m your man, en el que se incluye Take this waltz, que se convertiría en un clásico y que se suma al amor del poeta de Flores para Hitler hacia el escritor andaluz demostrado en el nombre de la hija del compositor: Lorca.

Con otro aire, Pata negra adaptó unos versos de Bodas de sangre para la canción homónima de su disco cumbre Blues de la frontera de 1988. El caso más llamativo para el mainstream es el de Ana Belén y su disco Lorquiana de 1998, del que resalto el Romance de la pena negra, cuyo versos provienen del mítico Romancero gitano. A ojo de buen cubero, este es un buen recorrido que no sólo es apenas tangencial sino meramente el gusto particular de su servidor, pero que siempre puede asomarse a una lista de esta fusión de poesía y música.

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Para narrar un narcopaís

Si bien es cierto la cultura del narco nos explotó en los medios y en las calles durante la famosa Guerra contra el Narco calderoniana, nunca estuvo escondida. Tampoco nunca le fue tan redituable a tantos: políticos, medios de comunicación masiva (televisión, periódicos, pasquines y blogs), músicos (de banda, norteña, ranchera, rap, etc.) funerarias, mudanzas por hablar de las más evidentes. Ni las editoriales ni el arte se salvaron. El único jodido era (es todavía) el peatón.

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Convertido en un fenómeno de masas, cercano a la política del miedo, la #narcocultura le abrió sus estanterías y anaqueles a la #narcoliteratura. En el ámbito cultural, no sólo el público volteó al tema de moda, también la academia y el canon. El periodismo de fondo, de investigación se enfocaron en la realidad del país, a un costo terrible. La literatura se regodeó en un nicho solicitado y la posibilidad de best sellers, con su retahíla de clichés, exageraciones y simplezas. Pero entre esa piara hay una perla: Yuri Herrera.

El escritor hidalguense saltó a la fama con una novela-bolero, como dirían los académicos: Los trabajos del reino. En una trama de intrigas cortesanas, su lenguaje incipiente pero ya radiante fusionaba el “#narcocorrido” con el lenguaje coloquial, una suerte de barroquismo de barrio, de cantina. No el petulante neobarroquismo (pienso en Lezama o Del Paso) de diccionario. Las puertas del mundo editorial le abrieron las puertas, incluso en otros idiomas.

Le siguió “Señales que precederán el fin del mundo”, una road-novel de los mojados que, simbólicamente, mezcla el viaje al infierno con la telemaquia homérica de la Odisea. Su lenguaje se refina, se pule y se convierte en una afilada lengua que deslumbra. El último, quizá el más barroco, es más sofisticado aún. En La transmigración de los cuerpos  dos familias poderosas, implícitamente carteles, se encuentran confrontadas por la muerte de sendos hijos cuyos cuerpos tienen los contrarios. El protagonista, el Alfaqueque, es un mediador que sufre también un cerco sanitario (una alerta de zika/influenza) que nada dista de un estado de guerra o de toque de queda. Los hijos de ambas familias, trasluce, los tiene la familia contraria, en lo que podría ser la parodia/farsa narca de Los Montesco y los Capuleto, pero sin ningún atisbo de amor, sino todo lo contrario: lo que verdaderamente acecha es el odio, la bala, la malaleche del Otro. La novela se convierten en una metáfora del encierro, nuestro país/política-violencia-narco, del que no se puede escapar sin salir raspado.

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Los pueblos malditos

Leía, en homenaje (como se deber hacer a los artista) al natalicio de #OctavioPaz este pasado 31 de marzo, el maravilloso poema “Pasado en claro” y me regodeaba con los versos: “Familias: / criadero de alacranes”. No sólo por lo acertado que puede ser en la vida real, es decir, no sólo por lo literal, sino también por lo que sugiere entre líneas. Y es que hay pueblos, ciudades, que conjugan su mesa con la plaza central.

Ése es el caso de la ficticia Trafaria (probablemente relacionada con la ciudad real al norte de Portugal) de El archipiélago del insomnio de António Lobo Antunes. La historia se basa en una familia potentada y el resquebrajamiento de su linaje, se llena de secretos lacerantes y lastimosos que van desde la lujuria hasta el odio pasando por la traición. En la novela se revelan todas esas truculentas formas en que una familia se lleva de calle un pueblo entero, con una prosa preciosista, compleja y sofisticada.

Trafaria se convierte en uno de esos pueblos malditos que los grandes escritores han llevado a la imprenta, a nuestra mente y al imaginario colectivo. Me refiero a los pueblos malditos, reflejo de ese criadero de alacranes que sale de las puertas de su casa para reflejar una ciudad (y si me apuran una idiosincracia). Me refiero, insisto, sobre todo a Yoknapatawha de William Faulkner, donde no sólo se espejea el Sur Profundo de Jefferson sino también todo un imaginario social de la Unión Americana. La Comala infernal del Pedro Paramo de Juan Rulfo o la Santa María de Juan Carlos Onetti. En menor medida, al Macondo de Gabriel García Márquez, y todo lo contrario de los idílicos pueblos italianos de Giussepe Tornatore (Cinema Paradiso, Malena y Baaria).

Estos pueblos malditos son, no sólo grandes cumbres de la literatura, de la gran literatura que ejemplifica el espíritu humano, estos pueblos malditos son tan seductores como las historias épicas de triunfo por la simple razón de el triunfo es siempre más extraño que la derrota y el sufrimiento.

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Las perlas del Caribe, la isla del encanto

“Preciosa te llaman las olas del mar que te bañan, por ser un encanto por ser un Edén”, así reza la canción del bardo Rafael Hérnandez, ¡qué digo canción!, un himno parecido al “Lamento borincano”. En el VII Congreso Internacional de la Lengua Española #CILE2016, se ha confirmado la inclusión del término “puertorriqueñidad” en el Diccionario de l
a Real Academia de la Lengua. Parece muy superficial la noticia, pero revela más de lo que se aprecia.

luis_rafael_sanchez

Puerto Rico, estado libre asociadoa laUnión Americana y bilingüe, recibe, simbólicamente, el espaldarazode los hispanoparlantes quizá demasiado tarde. El español de los escritores boricuas y de sus artistas no sólo ha dado ya grandes obras, éstas ya han sido por los lectores y (si es que es un indicador real) también por esa entelequia denominada Academia.

El debate reguarachaspecto a la identidad de los boricuasen torno al idioma ni es nuevo ni va a terminar ahora. Y se percibe en un autor sintomáticos de la “puertorriqueñidad”, al menos la más contemporánea: Luis Rafael Sánchez. Lo sé, peco de reduccionista, lo sé, pero esto es una columna y no una tesis doctoral, en la que no podrían faltar Luis Palés Matos, el movimiento Nuyorican y al poeta del bolero: Rafael Sánchez.

Hablemos pues de dos obras de Luis Rafael Sánchez: “La guaracha del macho Camacho” y “La importancia de llamarse Daniel Santos”. En las calles de San Juan un embotellamiento permite al lúdico y verboso narrador de “La guaracha…” enlazar a distintos personajes que engloban las distintas variantes de estratos de puertorriqueños: por un lado, el senador avaricioso y demagogo, la dama de alta alcurnia y rancio abolengo, el hijo mimado de ambos; por otro, la amante del senador, quizá el personaje con más sabor de la novela. Instalada en los juegos verbales, aliteraciones y la estructura compleja, “La guaracha…” debería encontrar al niveldaniel de importancia que “La casa verde” de Mario Vargas Llosa” y “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes, sendos autores del boom latinoamericano. En “La importancia de llamarse Daniel Santos“, además de novelar la vida de uno de los cantantes de bolero más famosos, sórdido y reventado, también se da el espacio para explicar su noción de hermandad latinoamericana.

De vientos y huracanes

Después del tremendo vendaval que cubrió todo México los últimos días, y de la brutalidad con que un espectacular destrozó dos vehículos en #Metepec, me asombré de la fragilidad de una ciudad entera ante un fenómeno climático de, para ser sinceros, poca intensidad. Los vientos del pasado miércoles llegaban a los 80 km por hora, un poco más del límite inferior de las tormentas tropicales. Lejos aún de la potencia de los huracanes.

Waves Breaking on a Shore circa 1835 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Accepted by the nation as part of the Turner Bequest 1856 http://www.tate.org.uk/art/work/N05495
Waves Breaking on a Shore circa 1835 Joseph Mallord William Turner

A mi capacidad de asombro se le sumó la pregunta: ¿qué protocolos de seguridad debemos tomar los ciudadanos en el plano doméstico, en nuestras casas, con respecto a nuestras familias y nuestros bienes, ante situaciones de tal o superior magnitud? ¿Cómo reaccionaría el Valle de Toluca ante un ataque de pánico de sus ciudadanos? Sin necesidad de ponerme tremendista, sólo precavido, pero ante los hechos irrebatibles de que nuestro planeta está cambiando, por nuestra culpa: ¿qué otros cambios le depara a nuestra cotidianidad no sólo en torno al clima [calor, lluvias, vientos], sino también respecto al agua potable, la fauna (sobre todo la de los insectos y las enfermedades que transmiten) y la alimentación?

PalesBasta de cataclismo y “paranoias”. Mejor pongámonos literarios. Los vientos huracanados me recordaron la pertinencia del verso de Gilberto Owen: “huye de mí que soyelvientoeldiablo que te arrastra”. También me recordó los del boricua Luis Palés Matos, tan danzantes como la brisa: “Las antillas barloventeras/ pasan tremendas desazones,/ espantándose los ciclones/ con matamoscas de palmeras” (“Preludio en boricua”). Sobre todo, me recordaron Tifón de Joseph Conrad: “Era un estruendo tumultuoso y muy fuerte, producido por el viento huracanado y los golpes del mar, con ea vibración profunda y prolongada del aire, como el redoble de un inmenso tambor marcando la carga del temporal”. Si bien este último es en el mar, la brutalidad del oleaje y con marinos, el viento no deja de ser un prtifonotagonista. Ya en a un paso de ponerme contemplativo -ateo como soy- me vino a la mente ese fervor sagrado del tremendum de la que habla Roger Caillois, esa fascinación mística que lleva al miedo pánico ante la cólera sagrada, sea esta el viento o Dios o la Madre Naturaleza/Pachamama o Ehecatl Quetzalcoatl o Eolo. Mejor cantaré: “vuelve primavera”.

Para nombrar el agobio

Si para Hipócrates el temperamento melancólico estaba dominado por la afluencia de la bilis negra en el cuerpo, si para los psicólogos es el estado de depresión y para los endocrinólogos es solo una falta de esas hormonas que producen placer (dopamina, endorfina, serotinina), para el vox populi la melancolía es el mal de muchos, que ahora se denomina “clínicamente” depresión. Darian Leader ha expuesto con gran sensibilidad esa demagógica y malgastada moda de homogeneizar todo con dicho término en La moda negra. Y es que no  hay cómo negar que la “depresión” vende: libros de autoayuda, dietas, yoga, vacaciones todo incluido y, sobre todo, pastillas.

Volviendo a su inasible condición, melancolía puede confundirse con la nostalgia, ese dolor por el regreso y que fácilmente durerpuede interpretarse por la búsqueda de un paraíso perdido (la infancia, el amor, la patria, etcétera). Es aquí donde precisamente me pregunto cuán preciso es el lenguaje para definir lo real, lo ficticio, lo conceptual, y todas esas infinitas y difusas fronteras entre fenómenos,eventos y sucesos. Cada cultura tiene un término para este la melancolía, la nostalgia o para alguna de sus variantes.

Del latín podemos conceder a la abulia, la falta de voluntad, como una acepción primera que puede confundirse fácilmente con la acedia, que excede en profundidad a la pereza por sus motivos “emocionales”. Los portugueses tienen la saudade y en los cálidos compaces del fado su himno primordial. Los sajones tienen en “homesick” un término muy cercano a la raíz etimológica de “nostalgia”; y le prestaron la palabra spleen a los franceses para caracterizar ese mal del fin del siglo XIX, protagonizado por Baudelaire y sus Pequeños poemas en prosa, que linda entre el tedio, el hastío existencial y la melancolía. Pero también debe sumarse ese estado en el que unos duendecitos azules se apoderan del espíritu hasta agobiarlo, por lo que estamos “blues”, que taunnamedel grechetombién tiene un canto específico, proveniente del corazón del negro esclavizado. Los senegaleses tienen un equivalente, el Ndesse, con el que se expresa un sentimiento de tristeza que también hace enflaquecer las fuerzas. Los turcos se refieren por hüzun a aquello perdido en el pasado e irrecuperable en el presente. “Gime, bandoneón tu tango gris”, cantaría Gardel en el tango de Enrique Cadicamo; “Oh melancolía, señora del tiempo”, diría Silvio Rodríguez, por ponernos muy populosos ahora que el invierno, por no decir el frío, nos ponen un poco aletargados. Lejos quedan los esfuerzos de los grabadores  antiguos, sea Albert Dürer o Giovanni Benedetto Castiglione “il Grechetto”, por interpretar los síntomas mencionados por los clásicos griegos.

Los hijos de la migración

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Si nos ponemos estrictos, básicamente todos somos hijos de la migración. No sólo de aquellos grupos nómadas que salieron de África para asentarse en las culturas del mediterráneo, también de los que cruzaron el estrecho de Bering, los mares, las dunas, las selvas, para llegar a un destino cuyo futuro fuese más prometedor. Las razones de esas migraciones son muchas: cambios climáticas, sequnabokovías, guerras, opresión. De hecho, me parece inevitable que en el algún momento se deje el nido y el cordón umbilical (sean estos territorio, lengua o familia).

La literatura de la Unión Americana (probablemente la más
rica junto con la francesa y alemana) ha sido una de las más beneficiadas con estos hijos de la migración o refugiados. Pensemos por ejemplo en John Fante o Vladimir Nabokov para ejemplificar ambos casos. Sin embargo, el fenómeno ha tomado una nueva relevancia a partir del surgimiento de voces muy precisas, que les quiero recomendarjunot1

El primero y más exitoso es el de Junot Díaz, cuya literatura engarza la idiosincracia e historia de República Dominicana con los barrios de Nueva Jersey, Nueva York y Boston. Multipremiado y con una prosa que linda el spanglish a Díaz yase le considera una pluma clave de este siglo. Con un poco menos de resonancia está el peruano Daniel Alarcón, quien no sólo escribe sobre el contexto peruano de la actualidad y delos años noventa, también tiene una emisión radial: Radalarcónio Ambulante. Su prosa es igual de sutil y fuerte, aunque un poco menos hilarante que la de Díaz. Otro caso más es el del colombiano Sergio de la Pava, quien empieza a proyectarse como una voz narrativa dentro de este abanico de latinos que escriben en inglés.Sergio dela pava

Ya antes los chicanos de Los Ángeles, los boricuas de Nueva York (bajo el halo mítico de los poetas del Nuyorican Café) habían tenido un gran éxito, sólo superado por los escritores norteamericanos que utilizaban el yiddish en su literatura. Seguramente hay una voz narrativa en el ámbito de los cubanos de Miami (sean o no los “gusanos” desdeñados por la oficialidad castrista de La Habana) igual de fuerte que la excepcional de la Jhumpa Lahiri, descendiente de indios enJuhmpa Rhode Island. O la de turcos en Alemania, o senegaleses y/o marroquíes en Francia, o marroquíes/ecuatorianos en España… Falta descubrirlas al gran público.