Los pueblos malditos

Leía, en homenaje (como se deber hacer a los artista) al natalicio de #OctavioPaz este pasado 31 de marzo, el maravilloso poema “Pasado en claro” y me regodeaba con los versos: “Familias: / criadero de alacranes”. No sólo por lo acertado que puede ser en la vida real, es decir, no sólo por lo literal, sino también por lo que sugiere entre líneas. Y es que hay pueblos, ciudades, que conjugan su mesa con la plaza central.

Ése es el caso de la ficticia Trafaria (probablemente relacionada con la ciudad real al norte de Portugal) de El archipiélago del insomnio de António Lobo Antunes. La historia se basa en una familia potentada y el resquebrajamiento de su linaje, se llena de secretos lacerantes y lastimosos que van desde la lujuria hasta el odio pasando por la traición. En la novela se revelan todas esas truculentas formas en que una familia se lleva de calle un pueblo entero, con una prosa preciosista, compleja y sofisticada.

Trafaria se convierte en uno de esos pueblos malditos que los grandes escritores han llevado a la imprenta, a nuestra mente y al imaginario colectivo. Me refiero a los pueblos malditos, reflejo de ese criadero de alacranes que sale de las puertas de su casa para reflejar una ciudad (y si me apuran una idiosincracia). Me refiero, insisto, sobre todo a Yoknapatawha de William Faulkner, donde no sólo se espejea el Sur Profundo de Jefferson sino también todo un imaginario social de la Unión Americana. La Comala infernal del Pedro Paramo de Juan Rulfo o la Santa María de Juan Carlos Onetti. En menor medida, al Macondo de Gabriel García Márquez, y todo lo contrario de los idílicos pueblos italianos de Giussepe Tornatore (Cinema Paradiso, Malena y Baaria).

Estos pueblos malditos son, no sólo grandes cumbres de la literatura, de la gran literatura que ejemplifica el espíritu humano, estos pueblos malditos son tan seductores como las historias épicas de triunfo por la simple razón de el triunfo es siempre más extraño que la derrota y el sufrimiento.

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Las perlas del Caribe, la isla del encanto

“Preciosa te llaman las olas del mar que te bañan, por ser un encanto por ser un Edén”, así reza la canción del bardo Rafael Hérnandez, ¡qué digo canción!, un himno parecido al “Lamento borincano”. En el VII Congreso Internacional de la Lengua Española #CILE2016, se ha confirmado la inclusión del término “puertorriqueñidad” en el Diccionario de l
a Real Academia de la Lengua. Parece muy superficial la noticia, pero revela más de lo que se aprecia.

luis_rafael_sanchez

Puerto Rico, estado libre asociadoa laUnión Americana y bilingüe, recibe, simbólicamente, el espaldarazode los hispanoparlantes quizá demasiado tarde. El español de los escritores boricuas y de sus artistas no sólo ha dado ya grandes obras, éstas ya han sido por los lectores y (si es que es un indicador real) también por esa entelequia denominada Academia.

El debate reguarachaspecto a la identidad de los boricuasen torno al idioma ni es nuevo ni va a terminar ahora. Y se percibe en un autor sintomáticos de la “puertorriqueñidad”, al menos la más contemporánea: Luis Rafael Sánchez. Lo sé, peco de reduccionista, lo sé, pero esto es una columna y no una tesis doctoral, en la que no podrían faltar Luis Palés Matos, el movimiento Nuyorican y al poeta del bolero: Rafael Sánchez.

Hablemos pues de dos obras de Luis Rafael Sánchez: “La guaracha del macho Camacho” y “La importancia de llamarse Daniel Santos”. En las calles de San Juan un embotellamiento permite al lúdico y verboso narrador de “La guaracha…” enlazar a distintos personajes que engloban las distintas variantes de estratos de puertorriqueños: por un lado, el senador avaricioso y demagogo, la dama de alta alcurnia y rancio abolengo, el hijo mimado de ambos; por otro, la amante del senador, quizá el personaje con más sabor de la novela. Instalada en los juegos verbales, aliteraciones y la estructura compleja, “La guaracha…” debería encontrar al niveldaniel de importancia que “La casa verde” de Mario Vargas Llosa” y “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes, sendos autores del boom latinoamericano. En “La importancia de llamarse Daniel Santos“, además de novelar la vida de uno de los cantantes de bolero más famosos, sórdido y reventado, también se da el espacio para explicar su noción de hermandad latinoamericana.

De vientos y huracanes

Después del tremendo vendaval que cubrió todo México los últimos días, y de la brutalidad con que un espectacular destrozó dos vehículos en #Metepec, me asombré de la fragilidad de una ciudad entera ante un fenómeno climático de, para ser sinceros, poca intensidad. Los vientos del pasado miércoles llegaban a los 80 km por hora, un poco más del límite inferior de las tormentas tropicales. Lejos aún de la potencia de los huracanes.

Waves Breaking on a Shore circa 1835 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Accepted by the nation as part of the Turner Bequest 1856 http://www.tate.org.uk/art/work/N05495
Waves Breaking on a Shore circa 1835 Joseph Mallord William Turner

A mi capacidad de asombro se le sumó la pregunta: ¿qué protocolos de seguridad debemos tomar los ciudadanos en el plano doméstico, en nuestras casas, con respecto a nuestras familias y nuestros bienes, ante situaciones de tal o superior magnitud? ¿Cómo reaccionaría el Valle de Toluca ante un ataque de pánico de sus ciudadanos? Sin necesidad de ponerme tremendista, sólo precavido, pero ante los hechos irrebatibles de que nuestro planeta está cambiando, por nuestra culpa: ¿qué otros cambios le depara a nuestra cotidianidad no sólo en torno al clima [calor, lluvias, vientos], sino también respecto al agua potable, la fauna (sobre todo la de los insectos y las enfermedades que transmiten) y la alimentación?

PalesBasta de cataclismo y “paranoias”. Mejor pongámonos literarios. Los vientos huracanados me recordaron la pertinencia del verso de Gilberto Owen: “huye de mí que soyelvientoeldiablo que te arrastra”. También me recordó los del boricua Luis Palés Matos, tan danzantes como la brisa: “Las antillas barloventeras/ pasan tremendas desazones,/ espantándose los ciclones/ con matamoscas de palmeras” (“Preludio en boricua”). Sobre todo, me recordaron Tifón de Joseph Conrad: “Era un estruendo tumultuoso y muy fuerte, producido por el viento huracanado y los golpes del mar, con ea vibración profunda y prolongada del aire, como el redoble de un inmenso tambor marcando la carga del temporal”. Si bien este último es en el mar, la brutalidad del oleaje y con marinos, el viento no deja de ser un prtifonotagonista. Ya en a un paso de ponerme contemplativo -ateo como soy- me vino a la mente ese fervor sagrado del tremendum de la que habla Roger Caillois, esa fascinación mística que lleva al miedo pánico ante la cólera sagrada, sea esta el viento o Dios o la Madre Naturaleza/Pachamama o Ehecatl Quetzalcoatl o Eolo. Mejor cantaré: “vuelve primavera”.

Para nombrar el agobio

Si para Hipócrates el temperamento melancólico estaba dominado por la afluencia de la bilis negra en el cuerpo, si para los psicólogos es el estado de depresión y para los endocrinólogos es solo una falta de esas hormonas que producen placer (dopamina, endorfina, serotinina), para el vox populi la melancolía es el mal de muchos, que ahora se denomina “clínicamente” depresión. Darian Leader ha expuesto con gran sensibilidad esa demagógica y malgastada moda de homogeneizar todo con dicho término en La moda negra. Y es que no  hay cómo negar que la “depresión” vende: libros de autoayuda, dietas, yoga, vacaciones todo incluido y, sobre todo, pastillas.

Volviendo a su inasible condición, melancolía puede confundirse con la nostalgia, ese dolor por el regreso y que fácilmente durerpuede interpretarse por la búsqueda de un paraíso perdido (la infancia, el amor, la patria, etcétera). Es aquí donde precisamente me pregunto cuán preciso es el lenguaje para definir lo real, lo ficticio, lo conceptual, y todas esas infinitas y difusas fronteras entre fenómenos,eventos y sucesos. Cada cultura tiene un término para este la melancolía, la nostalgia o para alguna de sus variantes.

Del latín podemos conceder a la abulia, la falta de voluntad, como una acepción primera que puede confundirse fácilmente con la acedia, que excede en profundidad a la pereza por sus motivos “emocionales”. Los portugueses tienen la saudade y en los cálidos compaces del fado su himno primordial. Los sajones tienen en “homesick” un término muy cercano a la raíz etimológica de “nostalgia”; y le prestaron la palabra spleen a los franceses para caracterizar ese mal del fin del siglo XIX, protagonizado por Baudelaire y sus Pequeños poemas en prosa, que linda entre el tedio, el hastío existencial y la melancolía. Pero también debe sumarse ese estado en el que unos duendecitos azules se apoderan del espíritu hasta agobiarlo, por lo que estamos “blues”, que taunnamedel grechetombién tiene un canto específico, proveniente del corazón del negro esclavizado. Los senegaleses tienen un equivalente, el Ndesse, con el que se expresa un sentimiento de tristeza que también hace enflaquecer las fuerzas. Los turcos se refieren por hüzun a aquello perdido en el pasado e irrecuperable en el presente. “Gime, bandoneón tu tango gris”, cantaría Gardel en el tango de Enrique Cadicamo; “Oh melancolía, señora del tiempo”, diría Silvio Rodríguez, por ponernos muy populosos ahora que el invierno, por no decir el frío, nos ponen un poco aletargados. Lejos quedan los esfuerzos de los grabadores  antiguos, sea Albert Dürer o Giovanni Benedetto Castiglione “il Grechetto”, por interpretar los síntomas mencionados por los clásicos griegos.

Los hijos de la migración

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Si nos ponemos estrictos, básicamente todos somos hijos de la migración. No sólo de aquellos grupos nómadas que salieron de África para asentarse en las culturas del mediterráneo, también de los que cruzaron el estrecho de Bering, los mares, las dunas, las selvas, para llegar a un destino cuyo futuro fuese más prometedor. Las razones de esas migraciones son muchas: cambios climáticas, sequnabokovías, guerras, opresión. De hecho, me parece inevitable que en el algún momento se deje el nido y el cordón umbilical (sean estos territorio, lengua o familia).

La literatura de la Unión Americana (probablemente la más
rica junto con la francesa y alemana) ha sido una de las más beneficiadas con estos hijos de la migración o refugiados. Pensemos por ejemplo en John Fante o Vladimir Nabokov para ejemplificar ambos casos. Sin embargo, el fenómeno ha tomado una nueva relevancia a partir del surgimiento de voces muy precisas, que les quiero recomendarjunot1

El primero y más exitoso es el de Junot Díaz, cuya literatura engarza la idiosincracia e historia de República Dominicana con los barrios de Nueva Jersey, Nueva York y Boston. Multipremiado y con una prosa que linda el spanglish a Díaz yase le considera una pluma clave de este siglo. Con un poco menos de resonancia está el peruano Daniel Alarcón, quien no sólo escribe sobre el contexto peruano de la actualidad y delos años noventa, también tiene una emisión radial: Radalarcónio Ambulante. Su prosa es igual de sutil y fuerte, aunque un poco menos hilarante que la de Díaz. Otro caso más es el del colombiano Sergio de la Pava, quien empieza a proyectarse como una voz narrativa dentro de este abanico de latinos que escriben en inglés.Sergio dela pava

Ya antes los chicanos de Los Ángeles, los boricuas de Nueva York (bajo el halo mítico de los poetas del Nuyorican Café) habían tenido un gran éxito, sólo superado por los escritores norteamericanos que utilizaban el yiddish en su literatura. Seguramente hay una voz narrativa en el ámbito de los cubanos de Miami (sean o no los “gusanos” desdeñados por la oficialidad castrista de La Habana) igual de fuerte que la excepcional de la Jhumpa Lahiri, descendiente de indios enJuhmpa Rhode Island. O la de turcos en Alemania, o senegaleses y/o marroquíes en Francia, o marroquíes/ecuatorianos en España… Falta descubrirlas al gran público.

 

 

La estética de lo anormal

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El mundo griego nos heredó el estereotipo de la belleza perfecta, el estándar aceptado por el Occidente: simetría, dimensiones proporcionadas y un toque de finura en los rasgos muy occidental. Caucásico para no mentir. A cualquier lado que volteemos y a cada parpadeo, la publicidad nos llena la mente de prototipos físico y conductuales, que llenan nuestra mente ―como fosa común durante la guerra― de “la belleza”. Un vistazo al estudio de Umberto Eco en sus historias de la belleza y la fealdad nos dan una pauta para entender ese estereotipo.

El arte es un espejo; también muestra el otro lado, aquel que no corresponde con esa belleza “normal”. Las etiquetas pueden ir desde la fealdad hasta la enfermedad o la anormalidad, etiquetas que marginan, rechazan y expulsan aquello que el imaginario colectivo selló con esa estampa que caracteriza el “espíritu” de cada época. Un ejemplo clásico es el caso de la epilepsia. En la Edad Media quienes padecían convulsiones eran anormales o diabólicos. Lo anormal es siempre visto como algo que pone en peligro la estabilidad del mundo “normal”. Baste darse una vuelta por las páginas de Los Anormales o La historia de la locura en la Edad Media de Michel Foucault.

Sin embargo, hay un matiz sutil de verdadera humanidad que nos revela una mirada a lo anormal. Tod Browning sacudió las buenas conciencias con un inventario de anormales en su película Freaks, ambientada (valga la redundancia) en un circo. Las fotografías estremecedoras de Diane Arbus pueden ser la vía más rápida a ese lado; sus modelos son en verdad fascinantes en su rareza. La película Fur, pelaje, maltraducida como Retrato de una pasión, se propone investigar cómo esta neoyorkina ―en una magnífica Nicole Kidman― se enamora de un mundo extraño, representado por Lionel ―un Robert Downey Jr., peludo como el Tío Cosa―, y se libera a su vez de la típica hipocresía burguesa norteamericana de los años 50 (o de cualquier lugar). En el muy recomendable poemario Braille para sordos de Balam Rodrigo hay una mirada a los conceptos de  belleza, monstruosidad, poesía y de la fotografía a partir del trabajo de Arbus. David Lynch, con su tenso estilo psicológico, nos ficcionó la vida de Joseph Merrick en El hombre elefante ―estelarizado por un joven Anthony Hopkins. Alejandro Jodorowsky se place en mostrar a cuadro enanos, mancos y deformes en películas como La montaña sagrada y El Topo.

En la literatura, la imaginación se permite muchas cosas más. Podríamos pensar en los personajes visitados por Gulliver, donde la sátira convierte a liliputienses, laputienses y houynumns en espejos rotos y distorsionantes de la sociedad “bien educada”. Polite dirían los ingleses. Los personajes de las obras del uruguayo Felisberto Hernández y del ecuatoriano Pablo Palacio tienen un aire macabro, angustiante y melancólico; son seres que consciente de su peculiaridad que se asumen como alineados y extranjeros en la “normalidad” de la sociedad. El nobel sueco Lagerkvist, cuenta en El enano, cómo un bufon insignificante pretende ser el manipulador de todo un reino, casi al más puro estilo del Cerebro que quiere ¡conquistar el mundo Pinky!. Juan Rulfo, en el cuanto “Macario”, también nos pone en un retrasado mental a un anormal con secretos perturbadores. Oliver Sack nos novela su trato con enfermos mentales de diversos tipos en sus obras de divulgación. Y la lista puede ser casi infinita…

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Habría que preguntarnos si el exceso de normalidad no tiene algo más de siniestro, de terrorífico, de angustiante. La predominancia de la normalidad debe ser un signo de alerta y de alarma.

El Súper Domingo

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Por Heber Quijano

En nuestro santoral particular hay fechas festivas, canónicas, días de asueto que se convierten en el emoliente espiritual en el que confluyen esas pequeñas cosas que nos forjan el alma. Están, claro, en primer lugar las fechas civiles que la Historia nos ha otorgado en la memoria colectiva para construir nuestra identidad, incluso y a pesar de los discursos oficiales que siempre la tamizan. Me refiero a las fechas patrias, esas que son días de descanso obligatorio, amen. Algunas familias disfrutan de ir en familia al desfile militar del 16 de septiembre. Por mi parte, no puedo negar el rito familiar: la retahíla de insultos al presidente en turno a cada campana y cada grito del 15 de septiembre, tal como mi abuelo.
En segundo lugar le siguen, dado mi perfil jacobino, los días de fervor “religioso”, si es que nuestro catolicismo, me refiero al mexicano, nos permite conciliarlos con los comportamientos cotidianos. Día de la Candelaria, Día de la Virgen y Navidad son y han sido las festividades de reunión familiar más emotivos. Navidad, por obvias razones; el 2 de febrero y el 12 de diciembre por la glorificación matriarcal de mis abuelas. Seguramente, muchos lectores dirán: “¡claro, en Semana Santa siempre nos vamos a _______!”, o “el Sábado de Gloria nos combatíamos a cubetazos”… ¡Ah, el idilio de la infancia!
Paréntesis: este ámbito también aplica para el Día de Muertos.
En el plano íntimo, ya me estoy poniendo sentimental y lloroso, el Desfile de las Rosas con los respectivos Tazones de la NCAA eran el pretexto perfecto para convivir con mi padre, sin la batuta del regaño. El Súper Tazón era exactamente igual. Al paso de los años, el Súper Domingo se convirtió también en un pretexto para convertir en mi familia a aquellos que no comparten mis apellidos. La mayoría de las veces, los equipos y su confrontación eran y son lo de menos.

@heberquijano

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Fuera del escritorio

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Por Heber Quijano

Hubo una vez una legión de artistas que dejaron de lado los escritorios y salieron al mundo para romperlo con sus letras. Una horda de románticos que poblaron el siglo XIX. Una hueste de malditos que no caben en los anaqueles de los esquemas políticamente correctos de los burócratas de la cultura. También las variaciones son muchas y muy distintas. Cervantes, por ejemplo, perdió un brazo en batalla sin saber siquiera que los molinos de viento no eran gigantes. Christopher Marlowe visitaba las cantinas londinense donde alguna vez perdió la vida por el filo de un cuchillo. Siglos después, el inglés Malcom Lowry habría de morir también en un pulcata oaxaqueña a manos de un cacique local. Pocos podrían decir que se dedicaban a la literatura.
Francois Villon terminó en la cárcel después de asesinar a un rival en uno de esos duelos donde el decoro y el honor se apostaba con la sangre. El poeta de oro ruso, Aleksander Pushkin, desafortunadamente, no ganó su duelo, en el que se jugaba seguramente la honra de alguna damisela. Entre los que se dedicaron al comercio informal, podemos encontrar a Joseph Conrad y Arthur Rimbaud. Del primero, se dice que traficaba armas en sus múltiples viajes por la marina mercante; del segundo que traficaba negras en la entonces Abisinia (hoy Etiopía). Pocos podrían decir que se dedicaban a la literatura. O que huían a través de ella. O que huían de ella.
Un caso más próximo es el de Horacio Quiroga, el gran cuentista uruguayo, quien construyó su casa, su última casa, con sus propias manos. En plena revolución mexicana, al fragor de las adelitas y el remolino villesco, la memoria de Ambrose Bierce se pierde entre los restos de los soldados. Hemingway manejó una ambulancia, fue reportero de guerra, boxeador, entre otras cosas que lo han convertido en una proeza biográfica. Todos ellos anduvieron fuera de los escritorios, porque me parece que desde la burocracia no se hace la gran literatura. Sin embargo, en la viña del señor hay muchos sarmientos.

@heberquijano

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Manual práctico del odio

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Por Heber Quijano

El sueño bolivariano de la Latinoamérica unida, cercana, vaya, hermanada, se quedó como lastre en las perspectivas pragmáticas e instrumentales del neoliberalismo. Nuestros países fueron alejándose conforme las dictaduras (las puntuales con sus caciques con nombre y apellido, y aquellas perfectas con su estructura intacta ante la putrefacción) del siglo XX se asentaron en los países vecinos de idioma del Río Hondo y el Usumacinta hacia el sur. Brasil se nos hizo más lejano aún. Las masas lo reducimos en tres clichés: el joga bonito, el bossa nova y las maravillosas féminas. Poco a poco las favelas se han ganado un lugar dentro de tal triunvirato.
Ferréz es probablemente el escritor que más ha sobresalido de semejante entorno. No es el registro del sociólogo que atestigua la vida de las favelas, como hizo Paulo Lins, que después se conociera ante el mundo mediante la película: Ciudad de Dios, magistralmente realizada por Fernando Meirelles. El caso de Manual práctico del odio —además de su maravilloso título, felizmente traducido y distribuido a través de la editorial independiente Sur + — no sólo nos muestra y demuestra por qué Ferréz es el máximo representante de la “literatura marginal”, también confirma la suposición lejana de la buena salud de la literatura brasileña. La trama no es simple, un gran golpe se está gestando en una de las clicas de la favela. Cada personaje es mostrado con sinceridad, sin efectismo, pero también sin apegos, para certificar la imparcialidad del narrador. El nudo gordiano de trampas y traiciones se revela en un final estridente y sangriento. Una novela para sacudir la tranquilidad.
A excepción de los clásicos (Joaquim Machado de Assis, Nélida Piñón y Rubem Fonseca), pocos han sido los autores traducidos para el gran público. Con excepción de esfuerzos casi satelitales (la editorial de la UNAM, Cal y Arena y Sexto Piso), y a pesar del programa Destinaçâo Brasil de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, insisto, el gran público nos estamos perdiendo de la excelente salud de la literatura brasileña. Y me refiero a encontrar los libros en las librerías cercanas, sin las engorrosas y casi siempre fallidas solicitudes.

@heberquijano

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El carisma de los villanos

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Por Heber Quijano

En esa básica y repetitiva necesidad de dividir todo en blanco y negro respinga siempre una víscera, probablemente el hígado. Ese escozor cobija la fascinación por los villanos. En nuestro afán, a veces ingenuo, por decantar la Historia y las historias hacia el lado de la bonhomía, la mayoría de los protagonistas —reales o ficticios— se convierten en el instrumento del discurso y la mentalidad en turno para estratificar los comportamientos prototípicos. Eso sucede sobre todo en los mensajes destinados a las masas. Desde las mitologías ancestrales hasta las narraciones destinadas al mero entretenimiento el énfasis es muy elemental: el héroe es bueno, es blanco (y aquí también me refiero al asunto racial), simétrico, bello, bondadoso. De eso no hay duda, e incluso es una obviedad.
En ese esquema milenario hay grietas que la modernidad ha descubierto: estos héroes son intransigentes, impolutos, incorruptibles, sin espacio para arrepentimientos, errores, dudas.
Pero en la vida real todo cambia. Los villanos son todo lo contrario: falibles, irreverentes, dubitativos. Humanos, pues. Eso los hace más cercanos a todos nosotros. A nivel arquetípico funciona perfectamente para los personajes de ficción: el Diablo, Darth Vader, Voldemort. Por cuando la fábula se traslapa a la realidad, el juicio no es tan simple.
Cuando los villanos, en la Historia de la humanidad, logran convertirse en los exitosos realizadores de las grandes empresas, los grandes reinos, las grandes traiciones, se revela ese lado oscuro (sí, con cliché incluido) que tanto nos asusta, y que tanto cautivan. Y nos fascina esa sinrazón: el villano es seductor. Si el hombre ha estado programado durante milenios para seguir el camino del Bien, cómo es que han triunfado los Malos, los Dictadores, los traidores (Judas, Napoleón, Al Capone, Hitler, el Chapo y el infinito etcétera consecuente). Prendido de unas tachuelas asidas casi sin equilibrio a nuestra conciencia y nuestra moral, el carisma de los villanos tiene un origen más simple de lo que parece. El odio. Los villanos concentran el odio.

@heberquijano

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