Todos somos maestros (y alumnos)

Por Heber Sidney Quijano

Tuve un maestro que me caía bien, era fantástico y divertido. También uno que era odioso y a leguas se le notaba que no tenía otra opción. Tuve uno en particular que me enseñó el fervor y el entusiasmo como la mejor manera de contagiar la avidez, la saña, el hambre por un área o conocimiento específico. También hubo uno que me enseñó el hastío, uno presumía ser/hacer cosas importantes (obvio no), y el que sí hacía cosas ni las mencionaba. Se aprende de los libros (que para eso no necesitamos más que tiempo y orden en las lecturas). Pero se aprende más del ejemplo, por eso de todos los maestros que tuve aprendí algo.

Sin embargo, aprender es una calle de doble sentido. Por eso, tengo que confesar que de mis alumnos he aprendido más. No me refiero al conocimiento académico. Sino a algo que es muy claro con un ejemplo:

“Pensé primero en mi madre y después en usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de todo esto”.

Albert Camus

Eso le escribió en 1957 el reciente ganador del Premio Nobel, Albert Camus, a su maestro. Aunque este es un ejemplo extraordinario, una aguja en un pajar, nadie puede ignorar la importancia de un buen guía en un momento preciso. El impulso crucial que puede proyectar un maestro, en el amplio sentido de la palabra, en el talento de alguien, sobre todo en los momentos de crecimiento y decisión, puede pasarnos desapercibido. Claro, hasta que encontramos un ejemplo como el de Albert Camus. Un ejemplo que puede replicarse en miles de protagonistas de nuestro siglo en todos los ámbitos. No importa si son normalistas, universitarios; con maestría o doctorado o sin ellos, la vocación del maestro va desde el experto en su área como pasaba en los gremios de la Edad Media hasta los guías espirituales cuyos arquetipos van desde Yoda hasta Dumbledore o Miyagi, pasando por el canónico personaje de  Virgilio en la Divina Comedia de Dante Alighieri.

Al final, para el oído y el espíritu atento siempre hay enseñanza. Sobre todo si se tiene la inteligencia, la humildad y la disposición para entender que nunca se convierte uno en experto de nada. O para usar la carta de Camus: “para mí […] sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que usted puso [en mí, sigue el Nobel francés] continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares, que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.

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Por ti, Gordo

Hace unos días falleció Roberto el Gordo Fernández Iglesias. Pensé en dedicarle un espacio en esta columna por la importancia que tuvo su trayectoria en el ámbito literario, docente y de promoción de la cultura y la lectura. Pero me interesa más hablar de otra cosa.

Aunque fue poco el tiempo en el que convivimos, tengo que confesar mi gratitud y un entrañable cariño por el Gordo y por Margarita, su compañera y aliada. Un cariño espontáneo y sincero que se nutrió de una madura e inteligente conciencia de que las diferencias, las divergencias nos pueden acercar, cuando se enfocan también las convergencias con la misma medida .

Con admiración, con empatía y con emoción, participé en todos los eventos de tunAstral (y otros también) a los que me invitaron. Pero más importante que la literatura misma que nos convocó (y que lo sigue haciendo), la facilidad con que pudimos acercarnos, humana y genuinamente, no sólo me demostró ese calor humano de ambos, sino incluso me hizo sentirme adoptado de alguna manera. Esa sensación es estremecedora y entrañable para todos aquellos que hemos elegido tener hermanos que no comparten nuestros apellidos; y con Roberto y con Margarita fue, además, gracias y en el relieve de nuestras diferencias (de edades, sobre todo, de posturas, de ideas). Así de grande son sus corazones. Así de devoto mi cariño.

Sé que franqueo las puertas de la intimidad por hablar de algo que excede lo que comúnmente es tema de “nota”. Probablemente, para todos aquellos que lo conocieron más y por mayor tiempo esto que escribo no sea nada nuevo, e incluso puede que me haya quedado corto. Lo cierto es que: Gordo, Margarita, Daniel, les debía estas palabras.

Temporada de huracanes

Las listas de “Lo Mejor de [aquí elige usted la temática y al año]… ” a veces son meras estrategias publicitarias. No censuro la estrategia sino el engaño. En primera instancia porque es difícil cumplir con la lógica misma del título [haber leído, escuchado, visto, evaluado, todo lo de que se produjo en un año, sobre todo cuando es mundial]. En segunda instancia por la lógica de la inmediatez que implica favorecer un juicio, sobre todo para los casos que implican producciones cercanas al arte, cuyo mayor juez es el tiempo.

Sin embargo, casi siempre, en esas listas, hay uno o dos aciertos que pueden sostenerse justamente en la balanza de ese juez temible del arte que es el tiempo. En 2017, Temporada de huracanes de Fernanda Melchor apareció prácticamente en todas las listas. Tardé hasta hoy en leer la novela. Quizá ya no diga nada nuevo: la novela es fantástica. Le puedo asegurar al lector que siempre he preferido hacer recomendaciones positivas en aras de “sumar”, por simplificar la postura en el término de todos esos filósofos del triunfo que llenan de memes y fotos “inspiradoras” sus redes sociales. Prefiero, pues, hablar bien de lo que me gusta que de aquello que no. Hablar mal de algo es sencillo y lo escuchamos en todas y cada una de las aceras, pasillos, oficinas, conversaciones, en los medios… siempre nos ha costado más trabajo aplaudir los éxitos y los triunfos que emprender la cargada infantería del desprecio desde distintos frentes: la envidia, la tirria, la muina, porque en un país tan cangrejero como suele ser a veces el nuestro parece que ponemos más atención en la denostación y la injuria que en otra cosa.

Después de tal blablablá, tengo que confesar la fascinación de esos vendavales verbales tan callejeros, de tanta oralidad de Temporada de huracanes y todos tan concentrados en una demostración de toda la violencia que a veces nos parece tan normal en nuestros historias comunes, de barrio, de suburbio, de pueblo, de ranchería. En la novela de Melchor todos los personajes están de armas tomar afilando sus colmillos con todo el rencor que las historias personales les concentran en su fatídico presente. No quiero adelantar nada a quien no la haya leído, por eso ahí dejo la insinuación de la trama.

Temporada de huracanes no sólo tenemos una de las mejores novelas del 2017. Su riqueza está por encima de una fecha precisa, porque, como la obra de Rulfo, la autora supo atinarle al corazón mismo de la literatura: el lenguaje. En este caso el lenguaje que nos refleja e identifica como mexicanos. La sutileza, la calidad casi etérea de Rulfo (el técnico, por ponerle un símil) se corresponde con la frontalidad casi brutal de Melchor (del lado de los rudos). Pero ambos en ese mismo ring mítico, simbólico, pero al mismo tiempo tan cercano a nuestros oídos como dar la vuelta a la esquina.

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Matizar el perdón a España

La historia siempre tiene muchas caras, como un caleidoscopio de testimonios. Entre más lejano es el acontecimiento, mucho más borroso, complicado y espinoso es hacer un juicio, sobre todo, si el afán es ponerlo en una balanza en la que sólo hay dos lados: blanco y negro, buenos y malos, víctimas y victimarios.

Es cierto que el hubo una devastación total cuando llegaron los europeos. Pero tiene muchos matices. El primero gira en torno a la mistificación del tlatoanismo (a quien sus súbditos no podían dirigir la mirada): Moctezuma II falló en la estrategia militar. Le sigue la lógica apocalíptica religiosa de los presagios y el regreso de Quetzalcóatl, cuya mejor explicación es La visión de los vencidos de Miguel León Portilla.

Otra cara de la historia, por ejemplo (por seguro hay muchas más), es la que esboza Federico Navarrete, quien señala que los tlaxcaltecas fueron un factor decisivo para el triunfo de los españoles. Su objetivo era muy simple: no pagar impuesto a Tenochtitlán. Por el so el códice Lienzo tlaxcalteca los pone en el centro cósmico del mismo. Simbólicamente, ellos pensaban ser los ganadores; ese “ellos” eran los indígenas rivales de los aztecas, para dejarlo más en claro. Caso curioso, la imagen de Malitzin era más grande que la de Cortés. Obviamente, los tlaxcaltecas no traicionaron a nadie, puesto que no eran aliados de los aztecas; al contrario.

Sin embargo, científicos alemanes, basado en estudios de ADN en las dentaduras de los cadáveres y publicado Nature, Ecology and Evolution, han señalado que la fiebre entérica tuvo muchas mayores bajas (15 millones de muertos, entre 50 y 80% de la población de entonces). La epidemia “cocoliztli” (mal o enfermedad sería la traducción) = salmonella enterica. El sistema inmunológico no tenía defensas ante esta nueva enfermedad, que seguramente no fue la única.

Es significativamente simbólico el hecho de AMLO haya pedido disculpas a España por la conquista. Ya se ha ahondado sobre ello, tanto respecto a las formas de la solicitud/exigencia, como a todo el contexto (otros países y comunidades que han pedido y ofrecido disculpas) y las consecuencias (en términos políticos y económicos con uno de nuestros socios comerciales y turísticos más importantes). Sin embargo, ese discurso simbólico político de esta presidencia no se corresponde con los hechos, sobre todo con las comunidades originarias: como la imposición velada del Proyecto Integral Morelos y su termoeléctrica en Huexca, el proyecto (y sus consecuencias sociales y ecológicas del Tren Maya), el Proyecto Transístmico, así como las imposiciones veladas (vía repetición de ternas para luego ejercer la designación directa) en la Comisión Reguladora de Energía. Así se vislumbra la propuesta de aumentar cinco ministros más en la Suprema Corte de Justicia. A ello podemos sumar las asignaciones directas sin pasar por licitación pública. Lo anterior sólo a nivel federal. Habría que investigar qué casos semejantes ocurren en otros niveles (estatal, municipal, etcétera).

Las exigencias no dejan nada a los simbólico; por el contrario, bien podrían parecer imposiciones. Y hoy, simbólicamente, revelan un destino a futuro muy evidente, sobre todo si pensamos que apenas van cien días de gobierno.

Es claro que hay que matizar lo simbólico de lo evidente. Y que la historia tiene muchas caras. Los hechos, como la salmonella enterica en el caso de la investigación alemana, son mucho más indicativos de la realidad. Y casi siempre, irrefutables.

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Nuestro lado oscuro

Falta que nos prohiban algo, que nos lo nieguen para que lo ansiemos. Si la prohibición viene de una autoridad, con mayor razón intentamos conseguir aquello que nos ha prohibido. Ya me los imagino pensando: “¡claro, eso ya lo sabemos!”. Bueno, pues sumemos un poco de información a ese asombro.

Según Roudinesco, todo comportamiento (y toda una casta, por decirle así) que implique e insista en romper con esas prohibiciones (sobre todo, a divina) se engloba en un término, “Perversidad”, es decir, perturbar el orden natural del mundo y convertir a los hombres al vicio, descarriarlos y corromperlos, alejarlos de la soberanía del bien y de la verdad. nada más demoníaco; o quizá nada más tercamente maniqueo, tan rebelde a una autoridad de la que se reniega porque se le tiene siempre presente. Como una pubertad estridente, ante una paternidad opresiva.

Del latín perversio, el sustantivo “perversión” aparece entre 1308 y 1444; sin embargo, dice la filósofica, el adjetivo es más viejo, 1190 y deriva de perversitas “y de perversus, participio pasado de pervertere: volver del revés, volcar, invertir, pero también erotizar, desordenar, cometer extravagancias” (p.11). En un principio, tenía que ver con los sentidos: “una perversión del gusto caracterizada por el alejamiento de los alimentos ordinarios y el deseo de comer sustancias no nutritivas: carbón, tiza, raíces. La diplopía es una alteración de la visión, un error de convergencia, que hace que veamos dos objetos en lugar de uno” (p. 11).

Si bien la raíz es fisiológica, “la perversión es intrínseca a la especie humana: el mundo animal se halla excluido de ella, igual que lo está del crimen” (p.14). Sin embargo, la humanidad llevó la perversidad al extremo (sí, esas “banalidad del mal” apuntada por Hannah Arendt) o a la indolencia (como la desaparición del término “perversión” para la siquiatría convertido en la larga lista de parafilias)

Después de terminar el libro, basta con asomarse a la nota roja para descubrir que ese “lado oscuro” de la humanidad es mucho más profundo e intenso que el luminoso.

Élisabeth Roudinesco, Nuestro lado oscuro. Una historia de los perversos, Barcelona, Anagrama, 2009

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El Paternalismo del Estado

Hace alrededor de un mes se publicaron los bandos municipales de las distintas alcaldías del valle de Toluca. Ahí, desde 1824, se establecieron las reglas “administrativas”, normas y lineamientos de convivencia; y desde el siglo XX se hacen públicas cada 5 de febrero. Es una tradición administrativa y una suerte de rito civil. Y como rito pone en práctica un liga entre dos ámbitos, en este caso el de las autoridades y el de la ciudadanía, los cuales aceptan ese contrato social mudo que implican las leyes respecto a sus sociedades.

Uno de esos bandos integró un “decálogo del buen ciudadano”. Dicho decálogo incluye cosas que cualquiera de nosotros no haría ni en su propia casa, como tirar basura, cuidar las cosas o patrimonio, mantener libres los caminos, recoger las cacas de las mascotas, reportar las deficiencias de los servicios, por simplificarlos al ámbito casero.

Otras son obligaciones civiles como pagar impuestos, respetar los derechos de los demás, así como lo señalamientos viales y a quienes transitan en ellas (peatones y ciclistas sobre todo).

Lo leo con una extrañeza peculiar ¿Necesitamos los ciudadanos que nos recuerden nuestras obligaciones y responsabilidades? Parece que sí. Parece que nuestro intensidad en las exigencias no corresponde con el de los compromisos y las obligaciones.

Las leyes y reglamentos, pero sobre todo el cumplimento de las mismas por parte de autoridades y ciudadanos ha sido tan laxos, tan ignorado, por tantos años (siglos, si me permiten la precisión) que pocas veces nos comprometemos en cumplirlos. El Estado mexicano ha sido paternalista por que la sociedad se lo pide. Y, en contraste, por eso mismo seguimos, los ciudadanos, esperando la respuesta y aprobación de ese Padre omnipresente.

Si todavía necesitamos que nos recuerden nuestras obligaciones, es porque todavía no las cumplimos. Y debemos cumplirlas porque queremos exigir que las autoridades cumplan sus responsabilidades a cabalidad y sin los excesos ni imposturas a los que nos tienen acostumbrados. ¿Cuándo lograremos que la balanza se incline a nuestro favor?

La piedra de la locura

La línea recta es la trayectoria más simple y rápida para llegar de un punto a otro. Nada más elemental. Es una idea clara, concreta, comprobable e irrebatible, implantada en nuestro pensamiento más simple y también en el más profundo. Una idea que nos implantó el positivismo de fines del siglo XVIII, sí, aquel que nos abría las puertas y nos invitaba a subir literal y metafóricamente al “progreso” como una si fueran el paraíso mismo. Se le sumó la adopción de la “evolución” en su más pura noción darwinista. Nos hicieron pensar que así, con ese reduccionismo simplista, valga la redundancia, también funcionaba la humanidad.

La realidad, sin embargo, siempre es otra. Ni la evolución ni el progreso y, por ende, nada de lo que los seres humanos creamos y producimos, surge en el trayecto de esa línea recta. Por el contrario, lo más común es que esa figura que describa nuestra “evolución” o la de cualquiera de los productos (comerciales, culturales, económicos, de cualquier ámbito) generados por nuestra creatividad sea azarosa y laberíntica. Nuestro camino es, más bien, sinuoso y accidentado. Incluso la ciencia

Extracción de la piedra de la locura, El Bosco (detalle)

En una de esas curvas, en uno de esos accidentes muy peculiares se encuentra la historia de la lobotomía. En Portugal, el neurólogo Egas Moniz pensó que había pequeños corto circuitos en el cerebro, es decir, entre neuronas. Para evitar las conductas mal vistas por la sociedad (obsesivas, histéricas, maniáticas, enfermas: locas pues) en 1935 inventó un método para evitarlas: usar un leucotomo: una “tijera”, por decirlo así, para cortar las obstrucciones. La explicación médica puede ser, por supuesto, mucho más sofisticada, pero en términos prácticos y sencillos la lobotomía era una trepanación en el cerebro. Y tuvo un éxito tal, en apariencia, que para los años 40 la lobotomía era ya un procedimiento recurrente. En 1949 Moniz recibió el Premio Nobel de Medicina, convirtiéndose en el primer portugués en ganarlo, además de catapultarlo a la vida política lusitana.

Afortunadamente, los medicamentos sustituyeron a la lobotomía y se evitaron miles de daños cerebrales profundos. La lobotomía es un ejemplo de cómo esa línea de la evolución y el progreso no es nunca recta, incluso tiene sus terribles retrocesos. En ese mismo filo de la navaja podríamos poner muchas otras cosas, como los combustibles fósiles, la energía nuclear, la ingeniería en su uso armamentista, la explotación de los recursos naturales, etcétera.

A la luz de la historia, siempre en retrospectiva, es fácil encontrar los errores. Lo que hoy consideramos un acierto o de una solución puede ser después la causa de muchos errores. Así ha avanzado la ciencia y la humanidad de su mano. A tropezones. ¿Debemos seguir la línea recta ascendente y progresiva? ¿Hasta cuándo podemos tolerar los errores y los fracasos? Moniz no pudo evitar el plomo de uno de sus desequilibrados pacientes, enojado por no recibir sus medicamentos.

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Las dictaduras de Venezuela

La terrible situación de la población venezolana no aguanta más. Y la crisis ahora en escala internacional cada vez tensa más las relaciones internacionales (incluso en el Consejo de Seguridad de la ONU), como si reviviera la antigua Guerra Fría. Lo más desolador del caso es que la Chavista no es la única dictadura el país de Simón Bolívar. Pretexto un poco de historia para enfocarme en la literatura como reflejo histórico, al menos de un imaginario que bien puede ser una calca de la realidad. Así, pues hablaremos de libros

La barbarie dominadora de la civilización, la agreste Naturaleza vencedora de la razón  fue parte del trasfondo de Canaima y Doña Bárbara de la mayor gloria literaria de Venezuela: Rómulo Gallegos. El escritor que no publicaba nada que no hubiera pasado por la edición y consejo literario crítica y puntilloso de su esposa, Teotiste Arocha, también hizo política. De hecho se convirtió en presidente de su país, el primero del siglo XX elegido de manera directa con más de 80% de los votos. Pero sufrió un golpe de Estado que lo depuso en 1948, sí, por una junta militar. Hace más de dos años profanaron su tumba para extraer sus restos. La barbarie, en toda su extensión, siempre fue la dictadura sufrida por Gallegos.

Para conocer los últimos estertores de la dictadura de Pérez Jiménez, los cuentos cortos de Luis Britto García en Rajatabla revelan la violencia en los suburbios de una manera lúdicamente cruel, con lenguaje llano y precisos, ritmos trepidantes y mucho más entre líneas que de manera frontal.

Quizá la postura política, hoy por hoy, de Britto García no sea tan clara para la posteridad. De la misma forma pasa con ese caleidoscopios de momentos y situaciones límite en Patria o muerte de Alberto Barrera Tyszka. El retrato del general desahuciado por la enfermedad linda más con el testimonio o la crónica periodística que con el libelo ideológico. Por eso, girando el tono político, quiero mencionar Rating, una novela sarcástica y divertida por esa dictadura de la imagen de la belleza femenina en la televisión y sus vericuetos, intrigas y seducciones, particularmente, en el país latinoamericano con más Miss Universo.

El último caso es Nubes negras sobre Bianchi, de Yady Campo, novela ganadora del Premio Internacional de Narrativa “Ignacio Manuel Altamirano” que otorga la Universidad Autónoma del Estado de México. La narración se enfoca en la libertad sexual de dos mujeres jóvenes y del probable asesino serial de transgéneros, Bianchi, el doctor que les “convertía”, por simplificar los casos. Sin embargo, el slang y los matices picarescos de las protagonistas, permiten muchos guiños a la situación actual: violencia en Caracas, temor a las autoridades, pobreza y la terrible intuición de que un monstruos invisible anda por las calles.

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Se puede aprender a amar

Hoy abrí twitter, esa red sociales de los gritos y los sombrerazos, y ya había una ensordecedora rebambaramba en torno a la aseveración (como todas las de los twitteros): el amor es un constructo del neoliberalismo. No me interesa demostrar el sinsentido de dicha afirmación sino la pregunta ¿cómo aprendemos a amar?

La inundación de hormonas (simplificando: dopamina=placer; oxitocina= felicidad/amor; endorfinas = alegría y anelgésicas; vasopresina=celos, casi todas adictivas, como drogas) poco ha cambiado en la historia del cuerpo humano. La biología podría aseverarnos demostraciones de afecto y sexualidad muy semejantes a las humanas (bonobos, chimpaces, delfines, incluso la fidelidad de las algunas especies de palomas,pingüinos, águilas calvas y periquitos). Tanto hormonas como comportamiento “natural” nos impulsan y nos motivan, sumados a los productos sociales.

La literatura (como afirmación de construcciones sociales precedentes al texto: historia, costumbres, conceptos) es la mejor forma de exhibir esos productos sociales. La lista de referencia a esa “construcción” del amor es larga: el Arte de amar de Ovidio o su versión de Eros y Psiquis, el Cantar de los Cantares bíblico, “El parlamento de las aves” (siglo XIV) de Geoffrey ⸺la primera mención que vincula a San Valentín con el amor⸺, las trovas del amor cortés, Erich Fromm, Octavio paz, y infinito etcétera.

En México, uno de los países más alegres del mundo, “más de la mitad de los mexicanos dice estar enamorado”, 86% de ellos afirman ser correspondidos. 80% celebra este día, 70% afirma que el amor puede durar toda la vida. Basta asomarse nuestra educación sentimental:  a la cultura, el folclor, la música o el cine mexicanos, para inundarse de alusiones sobre el amor. ¿Cómo no iba a convertirse el amor en un producto si es prácticamente nuestra motivación principal?

Es innegable que el “Día del amor y la amistad” han convertido este día en una manido y absurdo “compromiso” por hacer regalos o demostrar el cariño de alguna manera. Habremos quienes gastemos en algún regalo y quienes se beneficien de esas compras. Sin embargo, ninguna sociedad se exime de los fenómenos económicos. A tal grado que los primeros vestigios de escritura refieren una transacción comercial.

Debo confesar que tampoco tengo una respuesta certera para la pregunta del primer párrafo, de la misma forma en que no me preocupa “etiquetar” a manera de sentencia hechos y conceptos tan esquivos. Pero no me queda duda de cómo me “agobio de ternura”, como dijera Owen, cuando veo y abrazo a quienes amo. ¿A ustedes les pasa lo mismo?

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La revolución de las máquinas

Ya nos alcanzó el destino. La robótica, la domótica y la inteligencia artificial ya son parte de nuestro presente y empiezan incluso a desplazar y optimizar muchas laborales. Es cierto que expertos del MIT han señalado que no nos desplazarán del ámbito laboral (al menos no a nivel general ni masivo).

Es cierto también que el campo de guerra se ha desplazado de los descampados cuyas colinas fungía de ventaja o desventaja en el combate o de las selvas y montañas donde se ejercía la guerra de guerrillas a los ámbitos cibernéticos (como bien lo ha dejado claro Sergio González Rodríguez en Campo de batalla o la ficción cada vez más cerca de series como Black Mirror).

El miedo a la autonomía de los robots bien podría equipararse con el terror por los muñecos que cobran vida, que Freud ubicó en su mapa de lo siniestro, el cual, sumado con el peligro de la economía que implican las máquinas causó un temor respecto a la competencia entre humanos y robots, cuya consecuencia extrema implica la rebelión, su triunfo y su dominio sobre nosotros.

La literatura ha sido siempre el campo en el que se sintetizan dichas distopías. Pongo ejemplos en orden cronológico. El ordenador Hal 9001, la máquina rebelde que toma decisiones en el cuento “El Centinela” de Arthur C. Clarke de 1948, publicado hasta 1951, que conocimos por Odisea 2001 de Stanley Kubrik. Luego vienen los robots de Isaac Asimov en Yo robot; de manera híbrida de los casos anteriores está la Cancroregina de la noveleta homónima del italiano Tomasso Landolfi, quizá la más maquiavélica y macabra de estas máquinas. De cierta manera, a esa pequeña lista se sumará Jarvis de Ironman y Ultrón de los Avengers o a Her de Spike Jonze, réplica de Alexa o Cortana

Se calcula que para 2050 la asistencia de inteligencia artificial sea una constante en la población.

Por lo pronto, no hay por qué angustiarse. También los invito a mi blog