Para narrar un narcopaís

Si bien es cierto la cultura del narco nos explotó en los medios y en las calles durante la famosa Guerra contra el Narco calderoniana, nunca estuvo escondida. Tampoco nunca le fue tan redituable a tantos: políticos, medios de comunicación masiva (televisión, periódicos, pasquines y blogs), músicos (de banda, norteña, ranchera, rap, etc.) funerarias, mudanzas por hablar de las más evidentes. Ni las editoriales ni el arte se salvaron. El único jodido era (es todavía) el peatón.

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Convertido en un fenómeno de masas, cercano a la política del miedo, la #narcocultura le abrió sus estanterías y anaqueles a la #narcoliteratura. En el ámbito cultural, no sólo el público volteó al tema de moda, también la academia y el canon. El periodismo de fondo, de investigación se enfocaron en la realidad del país, a un costo terrible. La literatura se regodeó en un nicho solicitado y la posibilidad de best sellers, con su retahíla de clichés, exageraciones y simplezas. Pero entre esa piara hay una perla: Yuri Herrera.

El escritor hidalguense saltó a la fama con una novela-bolero, como dirían los académicos: Los trabajos del reino. En una trama de intrigas cortesanas, su lenguaje incipiente pero ya radiante fusionaba el “#narcocorrido” con el lenguaje coloquial, una suerte de barroquismo de barrio, de cantina. No el petulante neobarroquismo (pienso en Lezama o Del Paso) de diccionario. Las puertas del mundo editorial le abrieron las puertas, incluso en otros idiomas.

Le siguió “Señales que precederán el fin del mundo”, una road-novel de los mojados que, simbólicamente, mezcla el viaje al infierno con la telemaquia homérica de la Odisea. Su lenguaje se refina, se pule y se convierte en una afilada lengua que deslumbra. El último, quizá el más barroco, es más sofisticado aún. En La transmigración de los cuerpos  dos familias poderosas, implícitamente carteles, se encuentran confrontadas por la muerte de sendos hijos cuyos cuerpos tienen los contrarios. El protagonista, el Alfaqueque, es un mediador que sufre también un cerco sanitario (una alerta de zika/influenza) que nada dista de un estado de guerra o de toque de queda. Los hijos de ambas familias, trasluce, los tiene la familia contraria, en lo que podría ser la parodia/farsa narca de Los Montesco y los Capuleto, pero sin ningún atisbo de amor, sino todo lo contrario: lo que verdaderamente acecha es el odio, la bala, la malaleche del Otro. La novela se convierten en una metáfora del encierro, nuestro país/política-violencia-narco, del que no se puede escapar sin salir raspado.

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Los pueblos malditos

Leía, en homenaje (como se deber hacer a los artista) al natalicio de #OctavioPaz este pasado 31 de marzo, el maravilloso poema “Pasado en claro” y me regodeaba con los versos: “Familias: / criadero de alacranes”. No sólo por lo acertado que puede ser en la vida real, es decir, no sólo por lo literal, sino también por lo que sugiere entre líneas. Y es que hay pueblos, ciudades, que conjugan su mesa con la plaza central.

Ése es el caso de la ficticia Trafaria (probablemente relacionada con la ciudad real al norte de Portugal) de El archipiélago del insomnio de António Lobo Antunes. La historia se basa en una familia potentada y el resquebrajamiento de su linaje, se llena de secretos lacerantes y lastimosos que van desde la lujuria hasta el odio pasando por la traición. En la novela se revelan todas esas truculentas formas en que una familia se lleva de calle un pueblo entero, con una prosa preciosista, compleja y sofisticada.

Trafaria se convierte en uno de esos pueblos malditos que los grandes escritores han llevado a la imprenta, a nuestra mente y al imaginario colectivo. Me refiero a los pueblos malditos, reflejo de ese criadero de alacranes que sale de las puertas de su casa para reflejar una ciudad (y si me apuran una idiosincracia). Me refiero, insisto, sobre todo a Yoknapatawha de William Faulkner, donde no sólo se espejea el Sur Profundo de Jefferson sino también todo un imaginario social de la Unión Americana. La Comala infernal del Pedro Paramo de Juan Rulfo o la Santa María de Juan Carlos Onetti. En menor medida, al Macondo de Gabriel García Márquez, y todo lo contrario de los idílicos pueblos italianos de Giussepe Tornatore (Cinema Paradiso, Malena y Baaria).

Estos pueblos malditos son, no sólo grandes cumbres de la literatura, de la gran literatura que ejemplifica el espíritu humano, estos pueblos malditos son tan seductores como las historias épicas de triunfo por la simple razón de el triunfo es siempre más extraño que la derrota y el sufrimiento.

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Las perlas del Caribe, la isla del encanto

“Preciosa te llaman las olas del mar que te bañan, por ser un encanto por ser un Edén”, así reza la canción del bardo Rafael Hérnandez, ¡qué digo canción!, un himno parecido al “Lamento borincano”. En el VII Congreso Internacional de la Lengua Española #CILE2016, se ha confirmado la inclusión del término “puertorriqueñidad” en el Diccionario de l
a Real Academia de la Lengua. Parece muy superficial la noticia, pero revela más de lo que se aprecia.

luis_rafael_sanchez

Puerto Rico, estado libre asociadoa laUnión Americana y bilingüe, recibe, simbólicamente, el espaldarazode los hispanoparlantes quizá demasiado tarde. El español de los escritores boricuas y de sus artistas no sólo ha dado ya grandes obras, éstas ya han sido por los lectores y (si es que es un indicador real) también por esa entelequia denominada Academia.

El debate reguarachaspecto a la identidad de los boricuasen torno al idioma ni es nuevo ni va a terminar ahora. Y se percibe en un autor sintomáticos de la “puertorriqueñidad”, al menos la más contemporánea: Luis Rafael Sánchez. Lo sé, peco de reduccionista, lo sé, pero esto es una columna y no una tesis doctoral, en la que no podrían faltar Luis Palés Matos, el movimiento Nuyorican y al poeta del bolero: Rafael Sánchez.

Hablemos pues de dos obras de Luis Rafael Sánchez: “La guaracha del macho Camacho” y “La importancia de llamarse Daniel Santos”. En las calles de San Juan un embotellamiento permite al lúdico y verboso narrador de “La guaracha…” enlazar a distintos personajes que engloban las distintas variantes de estratos de puertorriqueños: por un lado, el senador avaricioso y demagogo, la dama de alta alcurnia y rancio abolengo, el hijo mimado de ambos; por otro, la amante del senador, quizá el personaje con más sabor de la novela. Instalada en los juegos verbales, aliteraciones y la estructura compleja, “La guaracha…” debería encontrar al niveldaniel de importancia que “La casa verde” de Mario Vargas Llosa” y “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes, sendos autores del boom latinoamericano. En “La importancia de llamarse Daniel Santos“, además de novelar la vida de uno de los cantantes de bolero más famosos, sórdido y reventado, también se da el espacio para explicar su noción de hermandad latinoamericana.

La igualdad de género como justicia

<p>La ciencia desmonta los estereotipos del género / <a href="https://www.flickr.com/photos/defenceimages/15701974516/sizes/l" target="_blank">Defence Images</a>.</p>

Por Concepción Fernández Villanueva.

Las mujeres hemos dado un salto de gigante desde mediados del siglo pasado. Las españolas, en particular, podemos mostrar una gran satisfacción por los logros alcanzados en libertad, recursos económicos, derechos sociales, prestigio y poder.

Pero no podemos contentarnos con esa mirada histórica; es necesaria una mirada al presente. No basta con compararnos con nuestras madres y abuelas, sino con los varones de nuestra misma edad y condición. Tenemos que evaluar la igualdad aquí y ahora. Pero la igualdad no es otra cosa que la manifestación de justicia: justicia distributiva –todos tenemos derecho a las mismas oportunidades y justicia retributiva se debe reconocer lo mismo por los mismos méritos–.

“No basta con compararnos con nuestras madres y abuelas, sino con los varones de nuestra misma edad y condición”

La mirada al presente refleja injusticia para las mujeres. No disfrutamos de las mismas oportunidades reales para trabajar que los hombres ni del mismo reconocimiento a nuestra aportación profesional. Hemos alcanzado un alto nivel de educación y altos niveles de rendimiento académico, pero nuestros trabajos están muy por debajo de nuestros méritos, y nuestras retribuciones siguen siendo inferiores que las de los varones con la misma formación.

La injusticia en el reparto de tareas familiares es evidente. Seguimos haciéndonos cargo de los niños, los enfermos, los ancianos y las actividades necesarias para el mantenimiento del hogar, que no reportan ingresos, ni recursos, ni protección laboral, pero sí mucha energía, tiempo y responsabilidad.

La violencia sexista no se trata con la debida justicia. No se sancionan los delitos de manera justa ni se atiende como corresponde a la protección de las víctimas. La distribución del poder político sigue siendo injusta, ya que la participación de las mujeres es muy inferior al 50%, como correspondería a un colectivo que ocupa la mitad de la población.

Destapar los mecanismos ocultos

Ninguna de esas conquistas nos ha asegurado la justicia comparativa. Hay que seguir luchando por la equidad. Luchando para avanzar pero también, para no perder lo que hemos conseguido. Porque el progreso hacia la igualdad no florece espontáneamente, ni corre paralelo al progreso de la economía, la educación o la democracia. La igualdad de género es el producto de la redistribución del poder entre los grupos de hombres y mujeres. Y esa distribución es variable, dinámica y puede seguir manteniendo la injusticia comparativa cuando no redistribuye los avances del progreso.

“El progreso hacia la igualdad no florece espontáneamente, ni corre paralelo al progreso de la economía, la educación o la democracia”

La injusticia de género está sostenida, en gran parte, por mecanismos no explicitados sobre los que no podemos operar, precisamente, porque son ocultos. Estos  mecanismos de discriminación ocultos están presentes incluso en la ciencia. La psicología ha contribuido a desvelar los estereotipos de género pero también, a  mantenerlos.

Y no solo en el pasado. Las ideologías innatistas que defienden la primacía de lo biológico y, en particular, el neurosexismo expresado en libros de dudoso valor científico como ”el cerebro masculino” o “ el cerebro femenino” vuelven a intentar establecer la radical diferencia entre los géneros, con una clara intención de seguir reproduciendo la distribución injusta de tareas y del poder social.

“El neurosexismo expresado en libros de dudoso valor científico vuelvena intentar establecer la radical diferencia entre los géneros”

Años y años de un proceso de socialización en el que se insiste en las diferencias  de rasgos, que son interpretadas como diferencias de valía, de calidad, entre hombres y mujeres, han dado sus frutos. Muchas, aun las más jóvenes, han interiorizado su “posición desigual” y mantienen resistencias internas a reivindicar la justa igualdad a la que teóricamente tienen derecho.

A pesar de su estupenda formación, sus aptitudes y sus deseos, no ocupan, a veces ni aspiran a ocupar los lugares a los que tienen derecho. Las resistencias internas tienen un gran potencial inhibidor de libertades y culpabilizador de los logros no conseguidos, y un gran poder de justificar el injusto “estado de cosas” en el que viven.

El individualismo, junto con su valor complementario, la psicologización de los logros, contribuyen a la demora de la reivindicación de los derechos en las situaciones vitales cotidianas. El individualismo atribuye los logros a la capacidad la psicología de los individuos como si estuviesen libres de barreras sociales y divide a las mujeres interesadamente para que nunca se defiendan como grupo.

Cada vez que una mujer considera que el éxito que ha logrado en la vida depende solo de ella misma, está separándose de otras mujeres y dando un argumento para su derrota y para la derrota de las mujeres como grupo. No basta con las “salvaciones” individuales. Sigue siendo necesario una conciencia de grupo que permita una reivindicación de todo lo que nos falta.

El fermento de la justicia de género

Las mujeres, sobre todo las  jóvenes que ya comparten todas las aulas y casi todos  los contextos de trabajo con los varones, son el principal fermento de la justicia de género. Ellas son conscientes de sus cualidades porque las están contrastando continuamente con las de sus compañeros varones y desmontan los estereotipos antiguos que justifican el trato injusto que experimentan cada día. Defienden su igualdad en capacidades, derechos y posibilidades y no permiten que se las identifique con imágenes desvalorizadas y negativas.

La formación de las mujeres en el conocimiento científico les da legitimidad para defenderse y desmontar los estereotipos negativos que inhiben su empoderamiento. También les confiere la responsabilidad de hacerlo, de luchar por la consideración objetiva y repito, justa, de sus cualidades.

“La formación de las mujeres en el conocimiento científico les da legitimidad para defenderse y desmontar los estereotipos negativos”

Y no debemos olvidar otro poderoso instrumento de progreso hacia la justicia y la igualdad: los relatos que las mujeres construimos sobre nosotras mismas, nuestra identidad, nuestro futuro, nuestra aportación a la sociedad. Estos relatos, que tienen enorme capacidad generadora de deseos de ser, se construyen en todas partes pero especialmente, en contextos críticos, en los cuales, los profesores, educadores o agentes que tienen poder de influencia social, son objetivos, serios, realistas y justos en la consideración de los géneros.

Hay que construir relatos, interpretaciones, libros, películas, que traspasen los viejos moldes y muestren las dimensiones verdaderas de las mujeres, sus capacidades objetivas, y las presenten en todos los espacios de poder, todas las actividades, todos los espacios de libertad, en relaciones igualitarias con los varones.

Los que impartimos conocimientos científicos tenemos la responsabilidad y el deber de contribuir a la creación y validación de estos nuevos relatos. De este modo contribuimos no solo al progreso de la igualdad sino, fundamentalmente, al progreso de la justicia.

Concepción Fernández Villanueva es profesora de Psicología Social de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

De vientos y huracanes

Después del tremendo vendaval que cubrió todo México los últimos días, y de la brutalidad con que un espectacular destrozó dos vehículos en #Metepec, me asombré de la fragilidad de una ciudad entera ante un fenómeno climático de, para ser sinceros, poca intensidad. Los vientos del pasado miércoles llegaban a los 80 km por hora, un poco más del límite inferior de las tormentas tropicales. Lejos aún de la potencia de los huracanes.

Waves Breaking on a Shore circa 1835 Joseph Mallord William Turner 1775-1851 Accepted by the nation as part of the Turner Bequest 1856 http://www.tate.org.uk/art/work/N05495
Waves Breaking on a Shore circa 1835 Joseph Mallord William Turner

A mi capacidad de asombro se le sumó la pregunta: ¿qué protocolos de seguridad debemos tomar los ciudadanos en el plano doméstico, en nuestras casas, con respecto a nuestras familias y nuestros bienes, ante situaciones de tal o superior magnitud? ¿Cómo reaccionaría el Valle de Toluca ante un ataque de pánico de sus ciudadanos? Sin necesidad de ponerme tremendista, sólo precavido, pero ante los hechos irrebatibles de que nuestro planeta está cambiando, por nuestra culpa: ¿qué otros cambios le depara a nuestra cotidianidad no sólo en torno al clima [calor, lluvias, vientos], sino también respecto al agua potable, la fauna (sobre todo la de los insectos y las enfermedades que transmiten) y la alimentación?

PalesBasta de cataclismo y “paranoias”. Mejor pongámonos literarios. Los vientos huracanados me recordaron la pertinencia del verso de Gilberto Owen: “huye de mí que soyelvientoeldiablo que te arrastra”. También me recordó los del boricua Luis Palés Matos, tan danzantes como la brisa: “Las antillas barloventeras/ pasan tremendas desazones,/ espantándose los ciclones/ con matamoscas de palmeras” (“Preludio en boricua”). Sobre todo, me recordaron Tifón de Joseph Conrad: “Era un estruendo tumultuoso y muy fuerte, producido por el viento huracanado y los golpes del mar, con ea vibración profunda y prolongada del aire, como el redoble de un inmenso tambor marcando la carga del temporal”. Si bien este último es en el mar, la brutalidad del oleaje y con marinos, el viento no deja de ser un prtifonotagonista. Ya en a un paso de ponerme contemplativo -ateo como soy- me vino a la mente ese fervor sagrado del tremendum de la que habla Roger Caillois, esa fascinación mística que lleva al miedo pánico ante la cólera sagrada, sea esta el viento o Dios o la Madre Naturaleza/Pachamama o Ehecatl Quetzalcoatl o Eolo. Mejor cantaré: “vuelve primavera”.

Para nombrar el agobio

Si para Hipócrates el temperamento melancólico estaba dominado por la afluencia de la bilis negra en el cuerpo, si para los psicólogos es el estado de depresión y para los endocrinólogos es solo una falta de esas hormonas que producen placer (dopamina, endorfina, serotinina), para el vox populi la melancolía es el mal de muchos, que ahora se denomina “clínicamente” depresión. Darian Leader ha expuesto con gran sensibilidad esa demagógica y malgastada moda de homogeneizar todo con dicho término en La moda negra. Y es que no  hay cómo negar que la “depresión” vende: libros de autoayuda, dietas, yoga, vacaciones todo incluido y, sobre todo, pastillas.

Volviendo a su inasible condición, melancolía puede confundirse con la nostalgia, ese dolor por el regreso y que fácilmente durerpuede interpretarse por la búsqueda de un paraíso perdido (la infancia, el amor, la patria, etcétera). Es aquí donde precisamente me pregunto cuán preciso es el lenguaje para definir lo real, lo ficticio, lo conceptual, y todas esas infinitas y difusas fronteras entre fenómenos,eventos y sucesos. Cada cultura tiene un término para este la melancolía, la nostalgia o para alguna de sus variantes.

Del latín podemos conceder a la abulia, la falta de voluntad, como una acepción primera que puede confundirse fácilmente con la acedia, que excede en profundidad a la pereza por sus motivos “emocionales”. Los portugueses tienen la saudade y en los cálidos compaces del fado su himno primordial. Los sajones tienen en “homesick” un término muy cercano a la raíz etimológica de “nostalgia”; y le prestaron la palabra spleen a los franceses para caracterizar ese mal del fin del siglo XIX, protagonizado por Baudelaire y sus Pequeños poemas en prosa, que linda entre el tedio, el hastío existencial y la melancolía. Pero también debe sumarse ese estado en el que unos duendecitos azules se apoderan del espíritu hasta agobiarlo, por lo que estamos “blues”, que taunnamedel grechetombién tiene un canto específico, proveniente del corazón del negro esclavizado. Los senegaleses tienen un equivalente, el Ndesse, con el que se expresa un sentimiento de tristeza que también hace enflaquecer las fuerzas. Los turcos se refieren por hüzun a aquello perdido en el pasado e irrecuperable en el presente. “Gime, bandoneón tu tango gris”, cantaría Gardel en el tango de Enrique Cadicamo; “Oh melancolía, señora del tiempo”, diría Silvio Rodríguez, por ponernos muy populosos ahora que el invierno, por no decir el frío, nos ponen un poco aletargados. Lejos quedan los esfuerzos de los grabadores  antiguos, sea Albert Dürer o Giovanni Benedetto Castiglione “il Grechetto”, por interpretar los síntomas mencionados por los clásicos griegos.

Los hijos de la migración

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Si nos ponemos estrictos, básicamente todos somos hijos de la migración. No sólo de aquellos grupos nómadas que salieron de África para asentarse en las culturas del mediterráneo, también de los que cruzaron el estrecho de Bering, los mares, las dunas, las selvas, para llegar a un destino cuyo futuro fuese más prometedor. Las razones de esas migraciones son muchas: cambios climáticas, sequnabokovías, guerras, opresión. De hecho, me parece inevitable que en el algún momento se deje el nido y el cordón umbilical (sean estos territorio, lengua o familia).

La literatura de la Unión Americana (probablemente la más
rica junto con la francesa y alemana) ha sido una de las más beneficiadas con estos hijos de la migración o refugiados. Pensemos por ejemplo en John Fante o Vladimir Nabokov para ejemplificar ambos casos. Sin embargo, el fenómeno ha tomado una nueva relevancia a partir del surgimiento de voces muy precisas, que les quiero recomendarjunot1

El primero y más exitoso es el de Junot Díaz, cuya literatura engarza la idiosincracia e historia de República Dominicana con los barrios de Nueva Jersey, Nueva York y Boston. Multipremiado y con una prosa que linda el spanglish a Díaz yase le considera una pluma clave de este siglo. Con un poco menos de resonancia está el peruano Daniel Alarcón, quien no sólo escribe sobre el contexto peruano de la actualidad y delos años noventa, también tiene una emisión radial: Radalarcónio Ambulante. Su prosa es igual de sutil y fuerte, aunque un poco menos hilarante que la de Díaz. Otro caso más es el del colombiano Sergio de la Pava, quien empieza a proyectarse como una voz narrativa dentro de este abanico de latinos que escriben en inglés.Sergio dela pava

Ya antes los chicanos de Los Ángeles, los boricuas de Nueva York (bajo el halo mítico de los poetas del Nuyorican Café) habían tenido un gran éxito, sólo superado por los escritores norteamericanos que utilizaban el yiddish en su literatura. Seguramente hay una voz narrativa en el ámbito de los cubanos de Miami (sean o no los “gusanos” desdeñados por la oficialidad castrista de La Habana) igual de fuerte que la excepcional de la Jhumpa Lahiri, descendiente de indios enJuhmpa Rhode Island. O la de turcos en Alemania, o senegaleses y/o marroquíes en Francia, o marroquíes/ecuatorianos en España… Falta descubrirlas al gran público.

 

 

La estética de lo anormal

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El mundo griego nos heredó el estereotipo de la belleza perfecta, el estándar aceptado por el Occidente: simetría, dimensiones proporcionadas y un toque de finura en los rasgos muy occidental. Caucásico para no mentir. A cualquier lado que volteemos y a cada parpadeo, la publicidad nos llena la mente de prototipos físico y conductuales, que llenan nuestra mente ―como fosa común durante la guerra― de “la belleza”. Un vistazo al estudio de Umberto Eco en sus historias de la belleza y la fealdad nos dan una pauta para entender ese estereotipo.

El arte es un espejo; también muestra el otro lado, aquel que no corresponde con esa belleza “normal”. Las etiquetas pueden ir desde la fealdad hasta la enfermedad o la anormalidad, etiquetas que marginan, rechazan y expulsan aquello que el imaginario colectivo selló con esa estampa que caracteriza el “espíritu” de cada época. Un ejemplo clásico es el caso de la epilepsia. En la Edad Media quienes padecían convulsiones eran anormales o diabólicos. Lo anormal es siempre visto como algo que pone en peligro la estabilidad del mundo “normal”. Baste darse una vuelta por las páginas de Los Anormales o La historia de la locura en la Edad Media de Michel Foucault.

Sin embargo, hay un matiz sutil de verdadera humanidad que nos revela una mirada a lo anormal. Tod Browning sacudió las buenas conciencias con un inventario de anormales en su película Freaks, ambientada (valga la redundancia) en un circo. Las fotografías estremecedoras de Diane Arbus pueden ser la vía más rápida a ese lado; sus modelos son en verdad fascinantes en su rareza. La película Fur, pelaje, maltraducida como Retrato de una pasión, se propone investigar cómo esta neoyorkina ―en una magnífica Nicole Kidman― se enamora de un mundo extraño, representado por Lionel ―un Robert Downey Jr., peludo como el Tío Cosa―, y se libera a su vez de la típica hipocresía burguesa norteamericana de los años 50 (o de cualquier lugar). En el muy recomendable poemario Braille para sordos de Balam Rodrigo hay una mirada a los conceptos de  belleza, monstruosidad, poesía y de la fotografía a partir del trabajo de Arbus. David Lynch, con su tenso estilo psicológico, nos ficcionó la vida de Joseph Merrick en El hombre elefante ―estelarizado por un joven Anthony Hopkins. Alejandro Jodorowsky se place en mostrar a cuadro enanos, mancos y deformes en películas como La montaña sagrada y El Topo.

En la literatura, la imaginación se permite muchas cosas más. Podríamos pensar en los personajes visitados por Gulliver, donde la sátira convierte a liliputienses, laputienses y houynumns en espejos rotos y distorsionantes de la sociedad “bien educada”. Polite dirían los ingleses. Los personajes de las obras del uruguayo Felisberto Hernández y del ecuatoriano Pablo Palacio tienen un aire macabro, angustiante y melancólico; son seres que consciente de su peculiaridad que se asumen como alineados y extranjeros en la “normalidad” de la sociedad. El nobel sueco Lagerkvist, cuenta en El enano, cómo un bufon insignificante pretende ser el manipulador de todo un reino, casi al más puro estilo del Cerebro que quiere ¡conquistar el mundo Pinky!. Juan Rulfo, en el cuanto “Macario”, también nos pone en un retrasado mental a un anormal con secretos perturbadores. Oliver Sack nos novela su trato con enfermos mentales de diversos tipos en sus obras de divulgación. Y la lista puede ser casi infinita…

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Habría que preguntarnos si el exceso de normalidad no tiene algo más de siniestro, de terrorífico, de angustiante. La predominancia de la normalidad debe ser un signo de alerta y de alarma.

El Súper Domingo

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Por Heber Quijano

En nuestro santoral particular hay fechas festivas, canónicas, días de asueto que se convierten en el emoliente espiritual en el que confluyen esas pequeñas cosas que nos forjan el alma. Están, claro, en primer lugar las fechas civiles que la Historia nos ha otorgado en la memoria colectiva para construir nuestra identidad, incluso y a pesar de los discursos oficiales que siempre la tamizan. Me refiero a las fechas patrias, esas que son días de descanso obligatorio, amen. Algunas familias disfrutan de ir en familia al desfile militar del 16 de septiembre. Por mi parte, no puedo negar el rito familiar: la retahíla de insultos al presidente en turno a cada campana y cada grito del 15 de septiembre, tal como mi abuelo.
En segundo lugar le siguen, dado mi perfil jacobino, los días de fervor “religioso”, si es que nuestro catolicismo, me refiero al mexicano, nos permite conciliarlos con los comportamientos cotidianos. Día de la Candelaria, Día de la Virgen y Navidad son y han sido las festividades de reunión familiar más emotivos. Navidad, por obvias razones; el 2 de febrero y el 12 de diciembre por la glorificación matriarcal de mis abuelas. Seguramente, muchos lectores dirán: “¡claro, en Semana Santa siempre nos vamos a _______!”, o “el Sábado de Gloria nos combatíamos a cubetazos”… ¡Ah, el idilio de la infancia!
Paréntesis: este ámbito también aplica para el Día de Muertos.
En el plano íntimo, ya me estoy poniendo sentimental y lloroso, el Desfile de las Rosas con los respectivos Tazones de la NCAA eran el pretexto perfecto para convivir con mi padre, sin la batuta del regaño. El Súper Tazón era exactamente igual. Al paso de los años, el Súper Domingo se convirtió también en un pretexto para convertir en mi familia a aquellos que no comparten mis apellidos. La mayoría de las veces, los equipos y su confrontación eran y son lo de menos.

@heberquijano

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Fuera del escritorio

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Por Heber Quijano

Hubo una vez una legión de artistas que dejaron de lado los escritorios y salieron al mundo para romperlo con sus letras. Una horda de románticos que poblaron el siglo XIX. Una hueste de malditos que no caben en los anaqueles de los esquemas políticamente correctos de los burócratas de la cultura. También las variaciones son muchas y muy distintas. Cervantes, por ejemplo, perdió un brazo en batalla sin saber siquiera que los molinos de viento no eran gigantes. Christopher Marlowe visitaba las cantinas londinense donde alguna vez perdió la vida por el filo de un cuchillo. Siglos después, el inglés Malcom Lowry habría de morir también en un pulcata oaxaqueña a manos de un cacique local. Pocos podrían decir que se dedicaban a la literatura.
Francois Villon terminó en la cárcel después de asesinar a un rival en uno de esos duelos donde el decoro y el honor se apostaba con la sangre. El poeta de oro ruso, Aleksander Pushkin, desafortunadamente, no ganó su duelo, en el que se jugaba seguramente la honra de alguna damisela. Entre los que se dedicaron al comercio informal, podemos encontrar a Joseph Conrad y Arthur Rimbaud. Del primero, se dice que traficaba armas en sus múltiples viajes por la marina mercante; del segundo que traficaba negras en la entonces Abisinia (hoy Etiopía). Pocos podrían decir que se dedicaban a la literatura. O que huían a través de ella. O que huían de ella.
Un caso más próximo es el de Horacio Quiroga, el gran cuentista uruguayo, quien construyó su casa, su última casa, con sus propias manos. En plena revolución mexicana, al fragor de las adelitas y el remolino villesco, la memoria de Ambrose Bierce se pierde entre los restos de los soldados. Hemingway manejó una ambulancia, fue reportero de guerra, boxeador, entre otras cosas que lo han convertido en una proeza biográfica. Todos ellos anduvieron fuera de los escritorios, porque me parece que desde la burocracia no se hace la gran literatura. Sin embargo, en la viña del señor hay muchos sarmientos.

@heberquijano

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