Manual práctico del odio

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Por Heber Quijano

El sueño bolivariano de la Latinoamérica unida, cercana, vaya, hermanada, se quedó como lastre en las perspectivas pragmáticas e instrumentales del neoliberalismo. Nuestros países fueron alejándose conforme las dictaduras (las puntuales con sus caciques con nombre y apellido, y aquellas perfectas con su estructura intacta ante la putrefacción) del siglo XX se asentaron en los países vecinos de idioma del Río Hondo y el Usumacinta hacia el sur. Brasil se nos hizo más lejano aún. Las masas lo reducimos en tres clichés: el joga bonito, el bossa nova y las maravillosas féminas. Poco a poco las favelas se han ganado un lugar dentro de tal triunvirato.
Ferréz es probablemente el escritor que más ha sobresalido de semejante entorno. No es el registro del sociólogo que atestigua la vida de las favelas, como hizo Paulo Lins, que después se conociera ante el mundo mediante la película: Ciudad de Dios, magistralmente realizada por Fernando Meirelles. El caso de Manual práctico del odio —además de su maravilloso título, felizmente traducido y distribuido a través de la editorial independiente Sur + — no sólo nos muestra y demuestra por qué Ferréz es el máximo representante de la “literatura marginal”, también confirma la suposición lejana de la buena salud de la literatura brasileña. La trama no es simple, un gran golpe se está gestando en una de las clicas de la favela. Cada personaje es mostrado con sinceridad, sin efectismo, pero también sin apegos, para certificar la imparcialidad del narrador. El nudo gordiano de trampas y traiciones se revela en un final estridente y sangriento. Una novela para sacudir la tranquilidad.
A excepción de los clásicos (Joaquim Machado de Assis, Nélida Piñón y Rubem Fonseca), pocos han sido los autores traducidos para el gran público. Con excepción de esfuerzos casi satelitales (la editorial de la UNAM, Cal y Arena y Sexto Piso), y a pesar del programa Destinaçâo Brasil de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, insisto, el gran público nos estamos perdiendo de la excelente salud de la literatura brasileña. Y me refiero a encontrar los libros en las librerías cercanas, sin las engorrosas y casi siempre fallidas solicitudes.

@heberquijano

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El carisma de los villanos

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Por Heber Quijano

En esa básica y repetitiva necesidad de dividir todo en blanco y negro respinga siempre una víscera, probablemente el hígado. Ese escozor cobija la fascinación por los villanos. En nuestro afán, a veces ingenuo, por decantar la Historia y las historias hacia el lado de la bonhomía, la mayoría de los protagonistas —reales o ficticios— se convierten en el instrumento del discurso y la mentalidad en turno para estratificar los comportamientos prototípicos. Eso sucede sobre todo en los mensajes destinados a las masas. Desde las mitologías ancestrales hasta las narraciones destinadas al mero entretenimiento el énfasis es muy elemental: el héroe es bueno, es blanco (y aquí también me refiero al asunto racial), simétrico, bello, bondadoso. De eso no hay duda, e incluso es una obviedad.
En ese esquema milenario hay grietas que la modernidad ha descubierto: estos héroes son intransigentes, impolutos, incorruptibles, sin espacio para arrepentimientos, errores, dudas.
Pero en la vida real todo cambia. Los villanos son todo lo contrario: falibles, irreverentes, dubitativos. Humanos, pues. Eso los hace más cercanos a todos nosotros. A nivel arquetípico funciona perfectamente para los personajes de ficción: el Diablo, Darth Vader, Voldemort. Por cuando la fábula se traslapa a la realidad, el juicio no es tan simple.
Cuando los villanos, en la Historia de la humanidad, logran convertirse en los exitosos realizadores de las grandes empresas, los grandes reinos, las grandes traiciones, se revela ese lado oscuro (sí, con cliché incluido) que tanto nos asusta, y que tanto cautivan. Y nos fascina esa sinrazón: el villano es seductor. Si el hombre ha estado programado durante milenios para seguir el camino del Bien, cómo es que han triunfado los Malos, los Dictadores, los traidores (Judas, Napoleón, Al Capone, Hitler, el Chapo y el infinito etcétera consecuente). Prendido de unas tachuelas asidas casi sin equilibrio a nuestra conciencia y nuestra moral, el carisma de los villanos tiene un origen más simple de lo que parece. El odio. Los villanos concentran el odio.

@heberquijano

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La lista de 2015

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Por Heber Quijano

Cada que se acaba un año tanto en el periodismo serio como en el especulativo y/o de entretenimiento —y me refiero a los sistemas de información más importantes de nuestro país en sus distintos ámbitos de cobertura: política, economía, deportes, cultura, etcétera— hacen las listas de Lo Mejor del Año. Puede parecer simplista, pero no es una mala idea. Por el contrario, gracias a ellas los lectores podemos dar un atisbo a muchos perfiles. Por ejemplo: aquello cuyo efecto es real e incide de manera concreta y contundente (pienso en los ataques en París), aquello que ha nacido de la payola (pienso en el ámbito musical y literario), aquel ligero y subterráneo fenómeno que impactará a la larga (pienso en los candidatos ciudadanos), y todo aquello que demuestra que las masa se equivoca (pienso en lo electoral como ejemplo más inmediato).
Hice mal en no proponer mi propia lista de los mejores libros del 2015, pero intentaré resarcir ese vacío resumiendo las listas que leí y que se convirtieron en lecturas pendientes. Mis fuentes son variadas, periódicos y autores por igual: El País, Antonio Ortuño, Sergio González, Mónica Maristáin, Jaime Mesa, Mauricio Montiel, La Tempestad, entre los más destacados. Cada quien lleva agua a su molino, se apapachan, se recomiendan entre sí, nada nuevo. Muchos confluyeron en varios títulos, como: Cicatriz de la española Sara Mesa, Conjunto vacío de Verónica Gerber, Las tierras arrasadas de Emiliano Monge, Sumisión de Michel Houellebecq, Ve y pon un centinela de Harper Lee, y las rediciones de los premios Nobel y Cervantes: Svetlana Alexievich y Fernando del Paso. Al final de cuentas, estas listas de los mejores libros del 2015 sirven más para el mero cotilleo.

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El enemigo está en casa

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Por Heber Quijano

Quizá sólo sea una moda pasajera (ojalá no sea un credo), pero de unos años para acá hay una tendencia en las editoriales de elegir libros con las temáticas más estrafalarias y rimbombantes o con los personajes más extravagantes e improbables. Incluso podemos aventurarnos a confirmar una nueva corriente de literatura con estas vertientes de la “imaginación”, que Massimo Rizzante postula como la “posibilidad onírica” en el futuro —que es en realidad el presente– de la novela en el Siglo XXI. En esa dinámica editorial no entran los temas domésticos, para bien o para mal, y no entraría un texto como “No aceptes caramelos de extraños” de Andrea Jeftanovic. La verdad es que el libro me dejó tan asombrado y gustosamente cimbrado por su violencia que no puedo dejar de maravillarme. Y como no soy egoísta, aquí se las recomiendo.

La escritura de esta joven escritora chilena es simplemente maravillosa. Maneja el ritmo, casi siempre in crescendo, en la sintaxis para fusionarlo con las imágenes de la poesía y, al mismo tiempo, encubrir la anécdota del cuento entre líneas, con una maestría que refleja el trabajo puntual y orfebre de su prosa. En un entorno íntimo y familiar, y precisamente por la cercanía de las temáticas los cuentos se tornan violentos por su tratamiento. Súmele el lector el dicho, siniestro sí, respecto a ciertos delitos: “El enemigo está en casa”.  A saber: unos vecinos que ven caer un cuerpo (“La desazón de ser anónimos”), la angustia de tener un hijo enfermo (“Marejadas”), la lucha fratricida entre el hermano mayor que odia al recién nacido (“Primogénito”), un madre dormida mientras sus hijos se ahogan en el mar (“En la playa, los niños”), dos amantes que matan al marido (“Mañana saldremos en los titulares”), una hija perdida (“No aceptes caramelos de extraños”) y dos cuentos de amor incestuoso (“Árbol genealógico”, “Tribunal de familia”).

Muchos de los cuentos que integran No aceptes caramelos de extraños ya habían sido publicados en distintas antologías y revistas alrededor del mundo. Fue precisamente a través de El futuro no es nuestro (Eterna Cadencia, 2009), bajo la batuta de Diego Trelles, que me topé con el knock out “Árbol genealógico”. Perverso y siniestro, no apto para los devotos de las buenas conciencias, el libro entero sacude sin concesión. Y confirma, además, una de las reglas básicas —en palabras de Julio Cortázar—: “en literatura no hay buenos ni malos temas, hay solamente un buen o mal tratamiento”.

Andrea Jeftanovic, No aceptes caramelos de extraños, (2012 [2013 reimpresión]), México, Seix Barral.

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Historias de cubículo y oficina

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Por Heber Quijano

Hoy que se ha puesto de moda la mofa y el sarcasmo a los trabajadores de oficina, sí, a aquellos que se hacinan en cubículos y se congregan en torno al apelativo bastante despectivo de “Godínez”, aquellos que pregonan la moda oficinesca del departamento de ropa de tienda de autoservicio y que terminan comiendo frío en sus tuppers… México es uno de los países donde más se trabaja y menos se gana. Es inevitable que en nuestro país nazcan historias, amores y se revele ese mugroso rostro real, que escondemos tras las buenas maneras.
Con toda la jiribilla incluida, Recursos humanos de Antonio Ortuño  es una de esas historias. Enredos amorosos, borracheras, envidia y la invisible tenebra de un personaje perverso y rencoroso son sólo la punta del iceberg de la novela del jaliciense, ubicada en unas oficinas que, simbólicamente, se convierten en un purgatorio, punto intermedio entre el paraíso celeste de los “gerentes” y el infierno de los almacenistas/obreros. Más allá de la descripción de ecosistema Godínez, con Ortuño disfrutamos de un tema que está muy devaluado —aunque explicaría mucho de nuestras sociedades—: el odio.
En otra esfera mucho más probable, pero también más desesperanzador, se encuentra Las bestias negras del poblano Jaime Mesa. En esta novela encontramos a un funcionario de cultura que bien podría ser un ejemplo de mezquindad, maquiavelismo siniestro y una atormentada personalidad posesiva, neurótica, déspota y petulante. Aquí uno puede pensar en muchos de nuestros oficinistas de mando medio hacia arriba. Estoy seguro querido lector que conoce a más de uno. Alrededor de este funcionario se retrata la farándula de la cultura en el ámbito institucional y también a los periodistas que se alimentan de los “RadioPasillo”, “Trascendió”, “Se dice qué” y apuntan hacia el chayote. En Las bestias negras no se sabe cuál es más nociva de entre dichas faunas.
En ambos casos, las historias que nacen en la oficina son mucho menos inocentes e inofensivas de lo que parece, además de convertirse en un espejo menos distorsionador de lo que es en realidad el universo Godínez.

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Edición independiente en Toluca

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Por Heber Quijano

La modernidad ha llegado a la literatura. Mejor dicho, a la distribución de la literatura. La red nos ha permitido conseguir libros electrónicos que físicamente son imposibles de conseguir o que, llanamente, no les importa venderlos a las grandes editoriales, que siguen empeñadas en publicar libros de poco valor literario (aunque hay de todo en la viña del señor), bestsellers y libros de autoayuda.
En ese contexto, el ámbito de las editoriales independientes se ha convertido en el oasis donde los lectores exigentes se acercan a conocer nuevas propuestas escriturales. Los ejemplos son muy precisos. En España: Páginas de Espuma , Salto de Página, Alpha Decay, Libros del Zorro Rojo; en Argentina: Eterna Cadencia y Caja Negra; en México: Sexto Piso y Almadía son los más llamativos y exitosos, aunque resaltan Sur Plus Ediciones, Ediciones Arlequín en Guadalajara y Tumbona en el DF.
Estas dos últimas, al igual que Almadía, han publicado voces emergentes de la literatura mexicana y los han puesto al alcance de El Gran Público lector, ése que se arma de libros en las grandes librerías: El Sótano, Gandhi, El Péndulo, sólo les falta la tienda de los tecolotes. En el caso de Toluca, predominan las ediciones de las instituciones oficiales, por su presupuesto considerable y por la consolidación de los órganos editoriales de dichas instancias. Sin embargo, hay que resaltar dos casos.
El primero, bajo la batuta de Santiago Matías y Amelia Suárez, es Bonobos Editores que, enfocados en la poesía, han explorado ya la ensayística y la narrativa. Hoy por hoy, han editado libros de autores coreanos que, de otra forma, sería imposible conocer. Debe sumarse la calidad gráfica de las impresiones.
El segundo, en otro perfil, rebelde y original (porque, como decía, Gaudí, la originalidad es volver al origen) tenemos la prácticamente recién nacida Diabluras Ediciones. Un esfuerzo al estilo de las editoriales cartoneras comandado por Jorge Manuel Herrera y con el apoyo de tres escritores en consolidación en el ámbito mexiquense como lo son Saúl Ordoñez, Cecilia Juárez y Alonso Guzmán. Sus libros también tienen un encanto particular y el vínculo con otro emblema local: los Diablos Rojos del Toluca. Ambos casos son plausibles y tienen plumas a las que hay que darles seguimiento, mínimo darnos el lujo de arriesgarnos a conocerlas.

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Entre la ceguera y el arte

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Por Heber Quijano

Ya saben, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Así que demos un vistazo a la ceguera en el arte. Un día, así, de buenas a primeras, en una ciudad cuyo nombre no tiene importancia inicia una epidemia de ceguera. Así, poco a poco, una mujer indemne al contagio descubre al lobo que hace hombre al hombre. Esta historia, Ensayo sobre la ceguera, es quizá una de las más exitosas del noble portugués José Saramago, y fue llevada a la pantalla grande por Fernando Meirelles, con Gael García Bernal, Danny Glover y Julianne Moore.
El inglés H.G. Wells escribió también un relato, “El país de los ciegos”, en el que un explorador llega a un extraño lugar en los Andes, en el que todos son ciegos. Sin embargo, en un mundo para ciegos su vista le sirve para absolutamente nada, poco a poco la sociedad lo va orillado a sacarse los ojos para encajar en ella. De nuevo, ya saben, al lugar al que fueres has lo que vieres. Cómo no recordar la angustia y desesperación del Edipo incestuoso arrancándose los ojos para castigarse por haber llevado la desgracia a su pueblo, por haber matado a su padre y tener con su madre una relación poco apropiada. O el un poco esquizofrénico y demandante capítulo “Informe de ciegos” en Sobre héroes y tumbas, quizá la cumbre narrativa de Ernesto Sábato.
El escritor argentino Jorge Luis Borges se fue quedando ciego con el paso de los años, y alguna de sus muchas conferencias habló de la ceguera con el estilo deslumbrantemente lúcido y lleno de información que lo caracteriza. José Mármol, el autor de la romántica novela Amalia, también se quedó ciego. El inglés John Milton escribió sobre su ceguera y su piadosa vida espiritual: “Millares se lanzan, si Dios lo ordena/ y avanzan sin reposo por la tierra y los mares: pero también le sirve quien, inmóvil, espera”.
El mundo de la música tiene a sus representantes, muy famosos por cierto, como Ray Charles, Stevie Wonder, José Feliciano o Henry Butler, quien también hace fotografía. Casi todos cayeron en los clichés del chiste burdo y simplón del cualquier showman en turno. En la pintura sobresale el caso del turco Esref Armagan, quien a diferencia de casi todos los anteriores, nació ciego. En la fotografía tenemos los casos del estadunidenses Ralph Baker y del maravilloso esloveno Evgen Bavcar. Cabe señalar también que ahora hay ciertas tendencias terapéuticas para quienes han perdido la vista, que consisten en pintar o en fotografiar, y cuyo éxito en Argentina y El Salvador hace pensar en la prioridad de la mirada en este mundo bombardeado de pantallas y ventanas cibernéticas. En este mundo en el que “una imagen dice más que mil palabras”, la ceguera excluye, margina y aparta, ¿cuándo abriremos los ojos?

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Ya viene la Feria Internacional del Libro de Guadalajara

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Por Heber Quijano

Estamos a unos días de que inicien las actividades de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) y la agenda rebosa de alegría. La FIL es más que un simple mercado de libros; es también un contacto con la cultura del país invitado, una catapulta para las editoriales y los lectores y un negocio que ronda, según las cifras oficiales, los 41 millones de dólares y los casi 800 mil asistentes (¡cerca de un millón!). Con ese monto, me parece, todas las ferias de libro estatales deberían apuntar a semejante objetivo y proyectarse con tales ambiciones.

Durante todo este 2015 se realizó el Año Dual México-Reino Unido que confabuló una gran cantidad de eventos culturales, exposiciones e intercambios que, además de asombrar, vincular y brindar una amplia gama de oferta cultural, nos pone casi a un costado del Támesis, con todo y Shakespeare Globe. La cercanía con el Reino Unido es mucho mayor de lo que pareciera y lo han demostrado, por ejemplo, las exposiciones en el MUNAL. La literatura británica es el plato fuerte, y sobra decirlo. Desde el ya canónico Salman Rushdie hasta el otrora l´enfant terrible Irvine Welsh, pasando por las bandas que estarán ofreciendo conciertos gratuitos a las puertas de la entrada.

Más allá de semejante cartel, hay ciertas perlas a considerar en el ámbito de la literatura. Primero, la serie de Latinoamérica viva y Festival de las Letras Europeas, un atisbo de lo que se debe perseguir en las ediciones, probablemente, sólo conseguibles en la misma FIL, si bien nos va. Segundo, los autores latinoamericanos que son revelaciones: la chilena Andrea Jeftanovic a la cabeza, seguida de la argentina Pola Oloixarac, el panameño Carlos Wynter Melo y el poeta cubano-español Richard Blanco, quien escribe en inglés. Y, como se ha venido repitiendo, la programación de Destinacao Brasil, siempre tan activa. No olvidemos, sobre todo, que la FIL es también los pasillos los libros nos descubren y nos eligen, como niños en dulcería.

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El arte de la gambeta: literatura y futbol

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Por Heber Quijano

La horda de prejuicios entorno a la cultura, la literatura y la intelectualidad es un lastre que no podemos quitarnos de encima. Todavía se tiene la mala noción de que ser culto es andar con traje de gala en los palacios donde se tañen las arpas románticas, tocadas por los espíritu sublimes de la inspiración. Desde la antropología se nos ha confirmado el error: la cultura es mucho más que ese nudo de ratas petulantes por su abolengo —sanguíneo, académico o meramente ilusorio— que blufean como si trajeran el póker de mano. La cultura tiene estratos y sustratos, escalones arriba y abajo, en los que podemos andar sin distraernos de la vida. Etiquetas llamadas de manera clasista: alta cultura y cultura popular.
En ese pliegue lleno de arrugas está el futbol. Hablar de futbol no es algo que se permita o se vea con buenos ojos en la alta cultura. Si bien es cierto que, por mercadotecnia o por sincero interés, la obra de Eduardo Galeano y Juan Villoro han sido recuperadas para acortar las distancias, también es cierto que los periodistas deportivos (en su mayoría) se han quedado en esas dos referencias. Ellos han mejorado. No así el ámbito intelectual, en su mayoría y con excepciones (¿tengo que repetirlo?), que todavía desprecia temáticas deportivas. A menos, claro, que se blufee con Píndaro y los olímpicos griegos.
Para no hacer más largo el cuento y entrar en materia, recomiendo la lectura Tres actos y dos partes de Giorgio Faletti. Primero por la prosa ágil y bien estructurada del versátil y fallecido comediante, poeta, músico y compositor italiano. Segundo, por el conflicto padre-hijo, que se expande de manera metonímica con el ciudadano-ciudad, en este caso enfocado como un reproche desde el guiño entre línea con las ciudades Turín y Milán. Tercero, por la identidad construida entorno a un equipo deportivo. Cuarto, la relación de las apuestas y la corrupción —hoy en el ojo del huracán por los fraudes en la FIFA, bajo la responsabilidad sospechosa de Joseph Blatter—, donde podemos revelar el guiño hacia equipos como la Juventus y el AC Milan, en el ahora sintomático y ejemplar escándalo Calciopoli. Que se oiga el silbatazo inicial

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El canon mexiquense

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Por Heber Quijano

Ya sabemos que leer no es una de las actividades predilectas de los mexiquenses, ni de los mexicanos. A unos días, valga la redundancia, del Día Nacional del libro —instituido vía decreto presidencial en 1979 el 12 de noviembre, en honor a la mexiquense Sor Juana Inés de la Cruz— me parece plausible recomendar Summa de Días, una colección del Fondo Editorial del Estado de México (FOEM). Una colección con grandes aciertos no sólo en el formato editorial —la pasta dura y el CD con la voz de los autores leyendo sus textos— sino también la selección de los autores —en este caso con compilaciones antológicas de sus trayectorias—, fiel al carácter público del FOEM y al de sus ediciones, en este caso para promover la lectura.

Si se ha especulado sobre la posibilidad de una literatura “mexiquense”, esta colección bien podría confirmar las voces más persistentes en el tiempo y, en los mejores casos, las plumas más pulidas en el ámbito literario del Estado de México, y de Toluca en particular. En manos de los lectores y de los académicos quedará la aseveración respecto a si hay un estilo “mexiquense” o no, a través de la obra de los más de treinta autores de la colección. Sobra decir: algunos mejores que otros (obviedad de obviedades).

Sin embargo, los lectores asiduos de estos escritores nos congratulamos con las antologías que, de otra manera, sólo se conseguiría en los vestigios de las ya casi extintas librerías de viejo, o alguna que otra biblioteca. En mi caso, disfruto de los autores de mi preferencia, la calidad de los mismos y confirmo mis preferencias. El balón ahora está en la cancha de la distribución física, puesto que casi todos se pueden descargar de manera gratuita, y la difusión. Por mi parte, abono a ello en esta humilde columna, como ya lo he hecho en otros medios con textos y autores específicos. Ya me tocará, en su momento, conseguir los autógrafos.

@heberquijano

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