El Paternalismo del Estado

Hace alrededor de un mes se publicaron los bandos municipales de las distintas alcaldías del valle de Toluca. Ahí, desde 1824, se establecieron las reglas “administrativas”, normas y lineamientos de convivencia; y desde el siglo XX se hacen públicas cada 5 de febrero. Es una tradición administrativa y una suerte de rito civil. Y como rito pone en práctica un liga entre dos ámbitos, en este caso el de las autoridades y el de la ciudadanía, los cuales aceptan ese contrato social mudo que implican las leyes respecto a sus sociedades.

Uno de esos bandos integró un “decálogo del buen ciudadano”. Dicho decálogo incluye cosas que cualquiera de nosotros no haría ni en su propia casa, como tirar basura, cuidar las cosas o patrimonio, mantener libres los caminos, recoger las cacas de las mascotas, reportar las deficiencias de los servicios, por simplificarlos al ámbito casero.

Otras son obligaciones civiles como pagar impuestos, respetar los derechos de los demás, así como lo señalamientos viales y a quienes transitan en ellas (peatones y ciclistas sobre todo).

Lo leo con una extrañeza peculiar ¿Necesitamos los ciudadanos que nos recuerden nuestras obligaciones y responsabilidades? Parece que sí. Parece que nuestro intensidad en las exigencias no corresponde con el de los compromisos y las obligaciones.

Las leyes y reglamentos, pero sobre todo el cumplimento de las mismas por parte de autoridades y ciudadanos ha sido tan laxos, tan ignorado, por tantos años (siglos, si me permiten la precisión) que pocas veces nos comprometemos en cumplirlos. El Estado mexicano ha sido paternalista por que la sociedad se lo pide. Y, en contraste, por eso mismo seguimos, los ciudadanos, esperando la respuesta y aprobación de ese Padre omnipresente.

Si todavía necesitamos que nos recuerden nuestras obligaciones, es porque todavía no las cumplimos. Y debemos cumplirlas porque queremos exigir que las autoridades cumplan sus responsabilidades a cabalidad y sin los excesos ni imposturas a los que nos tienen acostumbrados. ¿Cuándo lograremos que la balanza se incline a nuestro favor?

La piedra de la locura

La línea recta es la trayectoria más simple y rápida para llegar de un punto a otro. Nada más elemental. Es una idea clara, concreta, comprobable e irrebatible, implantada en nuestro pensamiento más simple y también en el más profundo. Una idea que nos implantó el positivismo de fines del siglo XVIII, sí, aquel que nos abría las puertas y nos invitaba a subir literal y metafóricamente al “progreso” como una si fueran el paraíso mismo. Se le sumó la adopción de la “evolución” en su más pura noción darwinista. Nos hicieron pensar que así, con ese reduccionismo simplista, valga la redundancia, también funcionaba la humanidad.

La realidad, sin embargo, siempre es otra. Ni la evolución ni el progreso y, por ende, nada de lo que los seres humanos creamos y producimos, surge en el trayecto de esa línea recta. Por el contrario, lo más común es que esa figura que describa nuestra “evolución” o la de cualquiera de los productos (comerciales, culturales, económicos, de cualquier ámbito) generados por nuestra creatividad sea azarosa y laberíntica. Nuestro camino es, más bien, sinuoso y accidentado. Incluso la ciencia

Extracción de la piedra de la locura, El Bosco (detalle)

En una de esas curvas, en uno de esos accidentes muy peculiares se encuentra la historia de la lobotomía. En Portugal, el neurólogo Egas Moniz pensó que había pequeños corto circuitos en el cerebro, es decir, entre neuronas. Para evitar las conductas mal vistas por la sociedad (obsesivas, histéricas, maniáticas, enfermas: locas pues) en 1935 inventó un método para evitarlas: usar un leucotomo: una “tijera”, por decirlo así, para cortar las obstrucciones. La explicación médica puede ser, por supuesto, mucho más sofisticada, pero en términos prácticos y sencillos la lobotomía era una trepanación en el cerebro. Y tuvo un éxito tal, en apariencia, que para los años 40 la lobotomía era ya un procedimiento recurrente. En 1949 Moniz recibió el Premio Nobel de Medicina, convirtiéndose en el primer portugués en ganarlo, además de catapultarlo a la vida política lusitana.

Afortunadamente, los medicamentos sustituyeron a la lobotomía y se evitaron miles de daños cerebrales profundos. La lobotomía es un ejemplo de cómo esa línea de la evolución y el progreso no es nunca recta, incluso tiene sus terribles retrocesos. En ese mismo filo de la navaja podríamos poner muchas otras cosas, como los combustibles fósiles, la energía nuclear, la ingeniería en su uso armamentista, la explotación de los recursos naturales, etcétera.

A la luz de la historia, siempre en retrospectiva, es fácil encontrar los errores. Lo que hoy consideramos un acierto o de una solución puede ser después la causa de muchos errores. Así ha avanzado la ciencia y la humanidad de su mano. A tropezones. ¿Debemos seguir la línea recta ascendente y progresiva? ¿Hasta cuándo podemos tolerar los errores y los fracasos? Moniz no pudo evitar el plomo de uno de sus desequilibrados pacientes, enojado por no recibir sus medicamentos.

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Las dictaduras de Venezuela

La terrible situación de la población venezolana no aguanta más. Y la crisis ahora en escala internacional cada vez tensa más las relaciones internacionales (incluso en el Consejo de Seguridad de la ONU), como si reviviera la antigua Guerra Fría. Lo más desolador del caso es que la Chavista no es la única dictadura el país de Simón Bolívar. Pretexto un poco de historia para enfocarme en la literatura como reflejo histórico, al menos de un imaginario que bien puede ser una calca de la realidad. Así, pues hablaremos de libros

La barbarie dominadora de la civilización, la agreste Naturaleza vencedora de la razón  fue parte del trasfondo de Canaima y Doña Bárbara de la mayor gloria literaria de Venezuela: Rómulo Gallegos. El escritor que no publicaba nada que no hubiera pasado por la edición y consejo literario crítica y puntilloso de su esposa, Teotiste Arocha, también hizo política. De hecho se convirtió en presidente de su país, el primero del siglo XX elegido de manera directa con más de 80% de los votos. Pero sufrió un golpe de Estado que lo depuso en 1948, sí, por una junta militar. Hace más de dos años profanaron su tumba para extraer sus restos. La barbarie, en toda su extensión, siempre fue la dictadura sufrida por Gallegos.

Para conocer los últimos estertores de la dictadura de Pérez Jiménez, los cuentos cortos de Luis Britto García en Rajatabla revelan la violencia en los suburbios de una manera lúdicamente cruel, con lenguaje llano y precisos, ritmos trepidantes y mucho más entre líneas que de manera frontal.

Quizá la postura política, hoy por hoy, de Britto García no sea tan clara para la posteridad. De la misma forma pasa con ese caleidoscopios de momentos y situaciones límite en Patria o muerte de Alberto Barrera Tyszka. El retrato del general desahuciado por la enfermedad linda más con el testimonio o la crónica periodística que con el libelo ideológico. Por eso, girando el tono político, quiero mencionar Rating, una novela sarcástica y divertida por esa dictadura de la imagen de la belleza femenina en la televisión y sus vericuetos, intrigas y seducciones, particularmente, en el país latinoamericano con más Miss Universo.

El último caso es Nubes negras sobre Bianchi, de Yady Campo, novela ganadora del Premio Internacional de Narrativa “Ignacio Manuel Altamirano” que otorga la Universidad Autónoma del Estado de México. La narración se enfoca en la libertad sexual de dos mujeres jóvenes y del probable asesino serial de transgéneros, Bianchi, el doctor que les “convertía”, por simplificar los casos. Sin embargo, el slang y los matices picarescos de las protagonistas, permiten muchos guiños a la situación actual: violencia en Caracas, temor a las autoridades, pobreza y la terrible intuición de que un monstruos invisible anda por las calles.

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Se puede aprender a amar

Hoy abrí twitter, esa red sociales de los gritos y los sombrerazos, y ya había una ensordecedora rebambaramba en torno a la aseveración (como todas las de los twitteros): el amor es un constructo del neoliberalismo. No me interesa demostrar el sinsentido de dicha afirmación sino la pregunta ¿cómo aprendemos a amar?

La inundación de hormonas (simplificando: dopamina=placer; oxitocina= felicidad/amor; endorfinas = alegría y anelgésicas; vasopresina=celos, casi todas adictivas, como drogas) poco ha cambiado en la historia del cuerpo humano. La biología podría aseverarnos demostraciones de afecto y sexualidad muy semejantes a las humanas (bonobos, chimpaces, delfines, incluso la fidelidad de las algunas especies de palomas,pingüinos, águilas calvas y periquitos). Tanto hormonas como comportamiento “natural” nos impulsan y nos motivan, sumados a los productos sociales.

La literatura (como afirmación de construcciones sociales precedentes al texto: historia, costumbres, conceptos) es la mejor forma de exhibir esos productos sociales. La lista de referencia a esa “construcción” del amor es larga: el Arte de amar de Ovidio o su versión de Eros y Psiquis, el Cantar de los Cantares bíblico, “El parlamento de las aves” (siglo XIV) de Geoffrey ⸺la primera mención que vincula a San Valentín con el amor⸺, las trovas del amor cortés, Erich Fromm, Octavio paz, y infinito etcétera.

En México, uno de los países más alegres del mundo, “más de la mitad de los mexicanos dice estar enamorado”, 86% de ellos afirman ser correspondidos. 80% celebra este día, 70% afirma que el amor puede durar toda la vida. Basta asomarse nuestra educación sentimental:  a la cultura, el folclor, la música o el cine mexicanos, para inundarse de alusiones sobre el amor. ¿Cómo no iba a convertirse el amor en un producto si es prácticamente nuestra motivación principal?

Es innegable que el “Día del amor y la amistad” han convertido este día en una manido y absurdo “compromiso” por hacer regalos o demostrar el cariño de alguna manera. Habremos quienes gastemos en algún regalo y quienes se beneficien de esas compras. Sin embargo, ninguna sociedad se exime de los fenómenos económicos. A tal grado que los primeros vestigios de escritura refieren una transacción comercial.

Debo confesar que tampoco tengo una respuesta certera para la pregunta del primer párrafo, de la misma forma en que no me preocupa “etiquetar” a manera de sentencia hechos y conceptos tan esquivos. Pero no me queda duda de cómo me “agobio de ternura”, como dijera Owen, cuando veo y abrazo a quienes amo. ¿A ustedes les pasa lo mismo?

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La revolución de las máquinas

Ya nos alcanzó el destino. La robótica, la domótica y la inteligencia artificial ya son parte de nuestro presente y empiezan incluso a desplazar y optimizar muchas laborales. Es cierto que expertos del MIT han señalado que no nos desplazarán del ámbito laboral (al menos no a nivel general ni masivo).

Es cierto también que el campo de guerra se ha desplazado de los descampados cuyas colinas fungía de ventaja o desventaja en el combate o de las selvas y montañas donde se ejercía la guerra de guerrillas a los ámbitos cibernéticos (como bien lo ha dejado claro Sergio González Rodríguez en Campo de batalla o la ficción cada vez más cerca de series como Black Mirror).

El miedo a la autonomía de los robots bien podría equipararse con el terror por los muñecos que cobran vida, que Freud ubicó en su mapa de lo siniestro, el cual, sumado con el peligro de la economía que implican las máquinas causó un temor respecto a la competencia entre humanos y robots, cuya consecuencia extrema implica la rebelión, su triunfo y su dominio sobre nosotros.

La literatura ha sido siempre el campo en el que se sintetizan dichas distopías. Pongo ejemplos en orden cronológico. El ordenador Hal 9001, la máquina rebelde que toma decisiones en el cuento “El Centinela” de Arthur C. Clarke de 1948, publicado hasta 1951, que conocimos por Odisea 2001 de Stanley Kubrik. Luego vienen los robots de Isaac Asimov en Yo robot; de manera híbrida de los casos anteriores está la Cancroregina de la noveleta homónima del italiano Tomasso Landolfi, quizá la más maquiavélica y macabra de estas máquinas. De cierta manera, a esa pequeña lista se sumará Jarvis de Ironman y Ultrón de los Avengers o a Her de Spike Jonze, réplica de Alexa o Cortana

Se calcula que para 2050 la asistencia de inteligencia artificial sea una constante en la población.

Por lo pronto, no hay por qué angustiarse. También los invito a mi blog

Las estrategias del deseo

Todavía es muy común que haya manifestaciones de rechazo y gesto de incomodidad hacia la homosexualidad. Si bien la violencia hacia la comunidad LGBTTTI no ha desaparecido, también hay que señalar una mayor apertura de muchos sectores de la sociedad. La intolerancia hacia otras formas de amar, afortunadamente, decrece cada vez más.

Le sommeil, Gustave Coubert

La literatura es una de las formas de favorecer la empatía y de encarnar distintas experiencias de vida. Uno puede vivir a través de las historias y las letras vidas que de otra manera nunca conoceríamos. Por eso, leer se ha conservado como la mejor forma de entablar diálogo con los otros, así como de ejercer el criterio y la sensibilidad.

En Las estrategias del deseo la escritora y poeta Cristina Peri Rossi abre la puerta para intuir y esbozar las amarguras y las intensidades propias de los amores lésbicos pasajeros (o no tanto). Su claridad y su tono no se enmarañan en estridentes y rebuscadas imágenes. Por el contrario, su transparencia le concede la cercanía necesaria para la conexión con su lector. Por ejemplo:

Ayer a la noche

en la soledad habitada

de la ciudad moribunda

volví a amarte

con la furia inmoderada

de los deseos reprimidos

y otra vez fui joven

otra vez fui poderosa

violenta ávida nocturna

En México, la poesía erótica de Nancy Cárdenas fue pionera en los temas lésbicos (porque de Sor Juana no podemos aseverar nada, pues sus letras son lo suficientemente ambiguas para la propia sociedad novohispana). La sudamericana Silvia Molloy hizo lo propio en la narrativa. La uruguaya Peri Rossi lo ha hecho con delicadeza y desfachatez desde el exilio (otro de sus temas cruciales) en Barcelona. Y en Las estrategias del deseo se le puede disfrutar sin exagerar ni el gesto, ni el dolor, ni el placer.

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El vértigo de 2019

No ha pasado ni un mes y la agenda informativa, política, económica y social se ha convertido en una montaña rusa. Y parece que es sólo el comienzo, pues las leyes de la gravedad son cada vez más manifiestas en nuestra sociedad.

Pero vayámonos por partes. Antes de fin de año, el cierre del gobierno norteamericano ha provocado el inicio del colapso del inquilino de la Casa Blanca. Su técnica de presión empieza a revertirse y los daños económicos le empiezan a marcar pautas a sus rivales (y a los “indecisos” que votaron por él y le dieron el triunfo) para desmarcarse de su administración y de su muy polémica forma de “negociar”. Ello ha sido un buen presagio para la recuperación del peso, aunque se yergue como espada de Damocles sobre los migrantes que a estas alturas ya franquearon la frontera sur de nuestro país en una segunda caravana.

En México la guerra contra el huachicoleo y el desabasto de gasolina nos llevaron a los ciudadanos de la sorpresa y asombro a la sospecha al descontento a la crítica a la empatía o indignación al juicio para luego tomar una curva trágica al respecto, sumado a los sabotajes y a la tragedia de Tlalhuelilpan, los primeros muertos en el sexenio. Nunca antes la sociedad mexicana había estado tan descarnadamente expuesta a esa postal dantesca antes y después de la explosión, como tampoco (corríjanme si me equivoco) había autoridades dando la cara con tanta frecuencia.

Los juicios sumarios de la opinión publicada (desde los medios hasta las “benditas redes sociales”) sacan la cabeza por encima de la opinión pública para radicalizar cualquier postura. El caldero está hirviendo y los resultados puntuales (más allá de las imputaciones reales: judiciales y fiscales) todavía no han sido claros ni tajantes respecto a culpables, responsables, castigos. Todo se salda con el chivo expiatorio del tiempo pasado.

En medio del vértigo inicial, vislumbro figuras emblemáticas que se convertirán en las puntas de la lanza de la coyuntura de este sexenio. En términos de política nacional las figuras a seguir serán Tatiana Clouthier y Gabriela Cuevas, cuyos liderazgos las convertirán en las figuras a seguir para 2021 y 2024; a nivel estatal sucede lo mismo: Azucena Cisneros y Karina Labastida. A expensas de los liderazgos y pactos que se vayan conformando conforme el transcurso del año. En los medios informativos: Azucena Uresti, Gabriela Warkentin y Javier Risco confirmarán su primacía sobre los antiguos comunicadores asociados con el régimen priista. En el ámbito internacional, caminan por el filo de cornisa los presidentes de Nicaragua, Venezuela y Brasil, cuyo Seguro verán esos nombre en la agenda de este año.

2019 sin duda se convertirá en un año crucial para muchas fuerzas (políticas, sociales, criminales, estructurales…). Reinventarse o morir.

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Los pilares invisibles

“El éxito de la vida no está en vencer siempre, sino en no desanimarse nunca”, así decía Napoleón. Y vaya que sabía de batallas: en las trincheras, en la política, en la cancha, en la cama. Los genios siempre andan en un nivel por encima de nosotros, los peatones. Y la historia está lleno de ellos. Pero, ¿quién acompaña a los genios?, ¿con quiénes comparten los triunfos y las preseas?, ¿con quiénes las innúmerables derrotas que preceden a los trofeos? Quizá ahí reside la mayor demostración del material inasible del éxito: el sostén anímico para no desanimarse y mandarlo todo a la mierda.

La novela de Yanick Grannec La diosa de las pequeñas victorias narra esas secretas e íntimas victorias, íntimas y caseras, muy probablemente para evidenciar los pilares “invisibles” de los genios. Ya saben, “detrás de un gran hombre…” Para Grannec importa menos la biografía del grandioso matemático y lógico Kurt Gödel (con quien Einstein solía pasear) que su evanescente esposa: Adele. A ella, arrumbada en un asilo, se le suma una investigadora académica Anna, quien tiene que convencer a la anciana de acceder a su archivo personal. El de la familia Gödel, se entiende. Ambas terminan queriéndose, en una suerte de mezcla del síndrome de Florence Nightingale y el síndrome de Estocolmo, que entrañables hasta el tuétano.

De paso, Grannec le da una lengua mordaz como la de toda abuela. Que conste que la autora confiesa haber inventando todo. Con el vértigo de la literatura comercial, pero con una construcción de personajes y atmósfera de altos vuelos, resalta la inteligencia sutil y contundente de los diálogos, los hace brillar y confluir en la historia. Por ejemplo, cómo sería una carne asada (nuestro equivalente a una cena) con Einstein y Von Neumann en los años cincuenta. Además, refleja el ambiente tenso de las universidades más prestigiosas del mundo, las de la Ivy league en la posguerra. De paso le da un repaso histórico al siglo XX, desde la Gran Guerra hasta los años 80, pasando por los nazis, la bomba y la carrera nuclear, sin olvidar la intimidad de una pareja dispar, sobre todo por la neurosis de Kurt.

Les comparto unas pequeñas perlas de la novela

  • El sufrimiento no es una competición. El luto puede aliviar. A veces, el recuerdo de la persona ausente es más soportable de lo que era su presencia
  • – Cada nueva generación está convencida de haber inventado la juerga y la desilusión. la desesperación nunca pasa de moda, igual que la nostalgia.

– La nostalgia también es una droga

  • – En Time [dice leí un artículo donde lo citaban [a Kurt Gödel] como una de las cien personas más importantes de este siglo [dice Ana]

– En esa lista también estaba Hitler. A ése prefiero olvidarlo [responde Adele].

– Hitler también cambió la Historia. A su imagen y semejanza.

– No creo en el diablo. Sólo en la cobardía colectiva. Es la cualidad humana más extendida, junto con la mediocridad. ¡y yo también me incluyo, no se crea!

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Los mejores libros de 2018

Estos fueron los libros que más me gustaron este año. No puedo sino sincerarme y confesar que ni todos son del 2018 ni leí todos los libros publicados durante el mismo. Eso es imposible. Por eso asumo la imprecisión del título, con la aclaración que son los mejores libro que leí en este turbulento, intempestivo y demandante año que está por terminar. Y sólo como parámetro señalaré que el número total de libros en mi repisa/buró fue de 70, todos, fuera del ámbito de mis obligaciones laborales. Es decir: todos fueron libros leídos por gusto. Lo sé, soy un adicto, maníaco compulsivo.

Empezaré con un género en “boga”, la crónica. Esa que es pensada para entre el la columna o el reportaje periodístico y la literatura (ya sea narrativa, memoria o ensayo). Inteligentemente editada por la UNAM, con traducción del chileno Alejandro Zambra, La balada de Rocky Rontal es una fantástica compilación del trabajo del peruano-norteamericano Daniel Alarcón, quien además de escritor es uno de los líderes de Radio Ambulante. De este tomo sobresale la crónica que intitula el libro, una sobre piratería en libros como espejo del Perú y una sobre las castas de una cárcel. Le sigue un poético repertorio de viñetas-columnas del camaleónico y militante Pedro Lemebel en La esquina de mi corazón sobre y la comunidad gay en Chile.

En el género del ensayo por fin encontré un libro que busqué por muchos años, Oriente de insectos mexicanos de Pablo Soler Frost, ya reseñado. En la novela gráfica, descubrí el talento de un gran ilustrador de Metepec, Edgar Camacho, en su novela gráfica Piel de cebolla y en esos proyectos paralelos de ilustración que hace tan bien (Metal Life, Tiras camioneras, etc.). Chico y Rita me deslumbró por esa nostalgia que deja La Habana y que me recordé aquel viaje revelador de Cuba, del Castrismo  y de mi vida, allá en 2007, a unos días la muerte de mi padre, patrocinado por el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada, que gané un año antes. Ya después pude disfrutar de la bella película de Fernando Trueba. En poesía, me deslumbraron particularmente el Libro centroamericano de los muertos de Rodrigo Balam y el indispensable Eros una vez de Julia Santibañez, ya reseñados en este site.

En cuanto a las novelas, la densidad kafkiana y terrible de un prosista con la finura de Juan Gómez Bárcenas se confirmó en su gran pluma con un relato apocalíptico y borgiano en Kanada. Se le suman otros libros ya reseñados aquí: Los sueños de la serpiente de Alberto Ruy Sánchez, quien se reinventó en torno a la idea del mal, Andrés Neuman con Fractura, Jarret Kobek con I hate the internet, el cada vez mejor Emiliano Monge (que pronto se convertirá en el mejor escritor mexicano vivo) con Las tierras arrasadas y La diosa de las pequeñas victorias de Yannick Grannec, de la que hablaré próximamente. 

Y no sigo porque quedó mucho en el tintero. pero será para el próximo año.

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Para sumergirse en Portugal

El país de la saudade y de los grandes marineros, Portugal es el país invitado a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Es un país relativamente cercano a nuestras costumbres e historia. Latinos, católicos, partícipes del choque de dos culturas, son algunos de los puntos de encuentro.

En cuestiones literarias, en México por fines de los 70 Francisco Cervantes y Miguel Ángel Flores fueron de los primeros traductores (casi descubridores) de ese género en sí mismo que es Fernando Pessoa y todos sus heterónimos. Pessoa es la letra mayúscula, avalado además por una leyenda en torno a su personalidad de genio. A él se le suman las otras dos plumas medulares: Eca de Queiroz (sí, en cuya obra se basó Vicente Leñero para hacer el guión de El crimen del Padre Amaro) y el Camoens. José Saramago es amado por los lectores mexicanos y fue consagrado Doctor Honoris Causa por la Universidad Autónoma del Estado de México, en una ceremonia entrañable, abierta al público a la que muchos pudimos asistir. Esas son los cuatro puntos cardinales.

Para sumergirnos en Portugal, recomiendo La historia del cerco de Lisboa y Viaje a Portugal de Saramago, unos de los Premios Nobel más entrañables de los últimos tiempos. También la Antología de poetas portugueses compilada por Miguel Angel Flores. Y el brutal y trepidante El archipielago del insomnio de Antonio Lobo Antunes.

En cuanto a la música, el fado tiene el mismo tenor espiritual del quebranto provocado por el desamor y sus desolaciones (ausencia, engaño, despecho). En mi opinión parece el canto cardenche, éste último parte del dolor provocado por la espina del cardo que, dicen, empuja su filo hacia el corazón, como si tuviera fuerza y vida propia: ¿acaso no es igual el desamor? Igual de entrañable fueron los fados de Madredeus y la hermosa Teresa Salgueiro. Sumaría a los divertidisimos Deolinda, a los electrofados de los extintos Donna Maria, el r&b de Expensive Soul, la versatilidad de Cristina Branco y la guitarra de Antonio Zambujo. Y bueno, para comer los sendos restaurantes en la Roma y La Condesa: feijoada, oporto, vino verde y cualquier cantidad de cocina marina.

Si me apuran, la fantástica novela de Antonio Tabucchim, Requiem, fusiona esa melancolía de los que se dicen los europeos más tristes (saudade de pormedio) con la exquisita gastronomía y un homenaje a un amigo añorable desaparecido (Fernando Pessoa), cuyo fantasma ronda las calles de Lisboa.

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