La revolución de las máquinas

Ya nos alcanzó el destino. La robótica, la domótica y la inteligencia artificial ya son parte de nuestro presente y empiezan incluso a desplazar y optimizar muchas laborales. Es cierto que expertos del MIT han señalado que no nos desplazarán del ámbito laboral (al menos no a nivel general ni masivo).

Es cierto también que el campo de guerra se ha desplazado de los descampados cuyas colinas fungía de ventaja o desventaja en el combate o de las selvas y montañas donde se ejercía la guerra de guerrillas a los ámbitos cibernéticos (como bien lo ha dejado claro Sergio González Rodríguez en Campo de batalla o la ficción cada vez más cerca de series como Black Mirror).

El miedo a la autonomía de los robots bien podría equipararse con el terror por los muñecos que cobran vida, que Freud ubicó en su mapa de lo siniestro, el cual, sumado con el peligro de la economía que implican las máquinas causó un temor respecto a la competencia entre humanos y robots, cuya consecuencia extrema implica la rebelión, su triunfo y su dominio sobre nosotros.

La literatura ha sido siempre el campo en el que se sintetizan dichas distopías. Pongo ejemplos en orden cronológico. El ordenador Hal 9001, la máquina rebelde que toma decisiones en el cuento “El Centinela” de Arthur C. Clarke de 1948, publicado hasta 1951, que conocimos por Odisea 2001 de Stanley Kubrik. Luego vienen los robots de Isaac Asimov en Yo robot; de manera híbrida de los casos anteriores está la Cancroregina de la noveleta homónima del italiano Tomasso Landolfi, quizá la más maquiavélica y macabra de estas máquinas. De cierta manera, a esa pequeña lista se sumará Jarvis de Ironman y Ultrón de los Avengers o a Her de Spike Jonze, réplica de Alexa o Cortana

Se calcula que para 2050 la asistencia de inteligencia artificial sea una constante en la población.

Por lo pronto, no hay por qué angustiarse. También los invito a mi blog

Traición y códigos de barra

El aroma de las cosas WordPress 470x150

Por Cheque Santana.

Recordó como el dolor le llegó hasta las tripas, su corazón apretado contra el pecho. Era ella en la pantalla: su voz, su olor, sus gestos. “Te amo, John” Y le dio un beso largo, como antes se los diera a él.
Todos esos años y sólo eso había dejado. Una habitación vacía y la computadora en un eterno loop: las mismas escenas, los mismos olores, los mismos sonidos.
“¿Le habrá hecho lo mismo a ellos?” Pensó Joe Forest. Y le llegó una amargura larga y pesada. Se sentía tan solo, tanto como en la guerra de 2035. Pero entonces las cosas eran distintas, ella murió por otras causas. No hubo mentiras, no hubo traición. Pero ahora todo estaba hueco.
Hundido en la tristeza, la conversación entre Mr. Heng y el rector despertó una llama en su mente.
-¿Entonces desea que el aparato lea las emociones?
-Más bien las intenciones. Necesito saber qué hacen en realidad en la empresa. Quiénes son. Disminuir la incertidumbre.
-Lo siento… aún con los avances recientes y el éxito del proyecto en Suiza, hacer un producto comercial, que se pueda usar en el ambiente de oficina… Estamos a décadas de lograrlo.
-Ya veo. Y Mr. Heng tomó su sombrero y se preparó para salir.
-Espere -dijo Joe- Yo puedo hacerlo.
A pesar de la oposición del rector, Joe Forest vendió sus acciones de Brain Project y con el financiamiento de Heng y sus propios ahorros trabajó incansable durante un año. El código de barras cerebral -como le llamó Joe- que le permitirá a la China Trading Company tener un conocimiento absoluto de las intenciones de sus trabajadores estuvo listo en el lapso establecido. Pero sólo en el aspecto teórico. El desarrollo del producto era asunto de Mr. Heng y su equipo, ya que Joe Forest, a pesar de ser un teórico brillante no era un ingeniero.

El código de barras cerebral -como le llamó Joe- que le permitirá a la China Trading Company tener un conocimiento absoluto de las intenciones de sus trabajadores estuvo listo en el lapso establecido.

Al principio hubo avances notables, pero al paso de los meses el tiempo se hizo largo y con la crisis económica de 2047 el proyecto se suspendió en definitiva. Años más tarde, la patente fue vendida a AKL por 50 millones de dólares y Joe perdió la pista de su innovación en un mar de documentos legales.


-Sólo tienes un hoyuelo en la mejilla. En la otra nada. Será que al nacer un ángel te besó el cachetito. Y te quería besar el otro, pero eres tan necio y cabezón que no te dejaste. Y así te quedó: un solo hoyuelo. -Dijo Mary mientras le acariciaba el rostro.
Joe sonrió. Era ya la tercera vez que se reunían en el comedor de la RACM Inc. y la candidez de Mary siempre podía con él. Así que cuando el zumbido en su oído le avisó que tenía que reunirse con Collins en Research & Development no pudo evitar una mueca de amargura.
-Ya vengo. Espera. ¿Sí? No te vayas. Loquita.
Al entrar a la estación, Collins activó las medidas de seguridad y le hizo firmar un acuerdo de confidencialidad. “Le tengo excelentes noticias, amigo Forest” dijo y pasando la lengua por el identificador le dio acceso al Cuarto Oscuro. Joe sintió un escalofrío. Era el código de barras. Finalmente lo habían construido. La oferta de empleo no había sido ninguna coincidencia.
-¿Qué tal, Forest? -dijo Collins soltando una risotada. ¿A qué no se lo cree? Hoy va a tener la oportunidad de acceder a la base de datos. Venga, elija un empleado. No sea tímido.
Joe miró de reojó la lista en la pantalla y se detuvo en un nombre: Mary Hoper. Colocó el sensor cerca de su lóbulo temporal y cerró los ojos.


El café estaba caliente, le dio un sorbo y miró como el Sol lentamente se perdía en el horizonte. Caminó flemático hacia la orilla, y sin mirar abajo sintió el viento acariciar su frente. La vista era hermosa desde lo alto de la torre. Hermosa de verdad.


 

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