Los mejores libros de 2018

Estos fueron los libros que más me gustaron este año. No puedo sino sincerarme y confesar que ni todos son del 2018 ni leí todos los libros publicados durante el mismo. Eso es imposible. Por eso asumo la imprecisión del título, con la aclaración que son los mejores libro que leí en este turbulento, intempestivo y demandante año que está por terminar. Y sólo como parámetro señalaré que el número total de libros en mi repisa/buró fue de 70, todos, fuera del ámbito de mis obligaciones laborales. Es decir: todos fueron libros leídos por gusto. Lo sé, soy un adicto, maníaco compulsivo.

Empezaré con un género en “boga”, la crónica. Esa que es pensada para entre el la columna o el reportaje periodístico y la literatura (ya sea narrativa, memoria o ensayo). Inteligentemente editada por la UNAM, con traducción del chileno Alejandro Zambra, La balada de Rocky Rontal es una fantástica compilación del trabajo del peruano-norteamericano Daniel Alarcón, quien además de escritor es uno de los líderes de Radio Ambulante. De este tomo sobresale la crónica que intitula el libro, una sobre piratería en libros como espejo del Perú y una sobre las castas de una cárcel. Le sigue un poético repertorio de viñetas-columnas del camaleónico y militante Pedro Lemebel en La esquina de mi corazón sobre y la comunidad gay en Chile.

En el género del ensayo por fin encontré un libro que busqué por muchos años, Oriente de insectos mexicanos de Pablo Soler Frost, ya reseñado. En la novela gráfica, descubrí el talento de un gran ilustrador de Metepec, Edgar Camacho, en su novela gráfica Piel de cebolla y en esos proyectos paralelos de ilustración que hace tan bien (Metal Life, Tiras camioneras, etc.). Chico y Rita me deslumbró por esa nostalgia que deja La Habana y que me recordé aquel viaje revelador de Cuba, del Castrismo  y de mi vida, allá en 2007, a unos días la muerte de mi padre, patrocinado por el Premio Internacional de Poesía Gilberto Owen Estrada, que gané un año antes. Ya después pude disfrutar de la bella película de Fernando Trueba. En poesía, me deslumbraron particularmente el Libro centroamericano de los muertos de Rodrigo Balam y el indispensable Eros una vez de Julia Santibañez, ya reseñados en este site.

En cuanto a las novelas, la densidad kafkiana y terrible de un prosista con la finura de Juan Gómez Bárcenas se confirmó en su gran pluma con un relato apocalíptico y borgiano en Kanada. Se le suman otros libros ya reseñados aquí: Los sueños de la serpiente de Alberto Ruy Sánchez, quien se reinventó en torno a la idea del mal, Andrés Neuman con Fractura, Jarret Kobek con I hate the internet, el cada vez mejor Emiliano Monge (que pronto se convertirá en el mejor escritor mexicano vivo) con Las tierras arrasadas y La diosa de las pequeñas victorias de Yannick Grannec, de la que hablaré próximamente. 

Y no sigo porque quedó mucho en el tintero. pero será para el próximo año.

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Insomnios con visitas nocturnas

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Por Óscar Vargas Duarte

Apagas la cortina, eso te dices al abrirla y dejar que la luz de la calle se empecine en llegar hasta tus ojos, también mencionas algo acerca de que la luz, aun sin que tú la veas, riega sus ondas sobre la cama, y el piso que la circunda. Es tarde, la mujer quiso quedarse esta noche contigo y duerme, son casi las tres de la mañana, ella ha dormido por lo menos dos horas mientras tú has estado negociando con el insomnio pequeños segundos a los que llamas micro sueños. Ella se ha cubierto todo el cuerpo, tú, antes de levantarte a ver por la ventana le estabas tocando los senos, la ahora distante forma de los pezones levantados está presente en tus manos abiertas.

Miras hacia la calle, desde allí ves la esquina, no puedes doblar en ella con los ojos, tu mirada apenas llega hasta donde la sombra de la luz lo permite. Escuchas la respiración de tu pareja, no parpadeas para verla, cuentas las veces que ella aspira aire hasta los pulmones, enumeras las respiraciones antes del siguiente movimiento de los párpados. Afuera solo las sombras se mantienen, no les hace mella alguna que tú te fijes en ellas, no rueda sobre el firmamento la bola solar para que las obligue a desplazarse.

Pones tu atención en sentir el rápido recorrido de una pareja que vuelve tarde a su casa, los ves, sonríes, los ves reír y hablar, son gente seria, están divirtiéndose con la charla, con la claridad que les da la noche, con la oscuridad que vive la noche, son gente seria que se toma la vida alegremente.

La mujer en tu cama continúa dormida, recuerdas que la sentías líquida con sus orgasmos sobre tus piernas, recuerdas que hurgaste en ella y era húmeda, la ves plácida en medio del sueño, la imaginas marítima como la tierra, llena de agua y, mostrándose cada día como tierra firme.

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Imaginarios en el café

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Por Óscar Vargas Duarte

Hace unos minutos era la hora en punto. Ahora van unos minutos adelante los relojes. Antes presumíamos de dar vueltas al mundo como el minutero de un reloj cada hora, mas no pasa ahora de esa manera ya que los instrumentos electrónicos solo ponen los números, quizá los más jóvenes no tengan una idea de un tiempo circular y lo empiecen a ver como algo continuo. Me gusta una amiga, cruzo con su nombre el espacio que hay entre la hora en punto y los minutos de más que se suman para alcanzar el filo final de los cincuenta y nueve minutos. El café refleja con alegría el entendimiento actual de las leyes de la física, adquiere una temperatura menor según el entorno al que ha sido expuesto.

El sabor del clima es del mismo de los helados, quizá no tiene sabor el clima y estoy usando un adjetivo incorrecto, pero me gusta como suena. La única mesa ocupada en el café es la mía. La mujer detrás del mostrador bosteza. Yo quisiera que se aproximara para hablar, ella se olvidaría del bostezo, yo conversaría de la amiga que me gusta, quizá a ella también le guste alguien, y entre los dos compartamos esa experiencia personal a través de la palabra.

Pongamos que viene hasta la silla y se sienta, en la que está a mi derecha. Digamos que a ella le gusta un amigo de la universidad, para permitir esta conversación imaginada es necesario apresar unas libertades adicionales. Estudian arquitectura, se encuentran en las clases de los jueves y los viernes. Él trabaja en una agencia de apuestas, administra el lugar hasta las seis dela tarde. Después corre hasta una estación de autobuses, toma el que lo acerca a la sede en donde toma las clases, sube las escaleras y llega a las seis y treinta para la primera clase de la noche.

Ella está en el café hasta las cuatro, hace un turno de nueve horas desde las siete de la mañana. Llega antes a la universidad, cuando no lleva frutos secos en su bolso compra en la cafetería, y al encontrarse con él le ofrece, le llena la palma abierta. Le gustaría besarlo en la boca y llenarle de humedad los labios, pero no, ella es de las tímidas, todavía vive en una generación que no besa a los otros, así, de pronto, por gusto, sin previo aviso. Ella quiere una declaración de amor, preferiblemente en un sitio de baile, después de haberse abalanzado con sus cuerpos en el espacio que abre la música.

Mi amiga no aparece todavía en la conversación, sí en mis pensamientos, debe estar usando unos jeans de color azul ajustados a sus piernas, tienen la horma exacta de mis ojos, y estará usando esa blusa de fondo blanco con trazos de colores en el pecho. Es seguro que ya caminó un buen trecho para ir de una calle a otra y le sumó kilómetros a su ritmo cardíaco.

La muchacha no lo confiesa, y no tiene por qué hacerlo, es un asunto íntimo que ocurre entre ella y su cuerpo, en la noche, cuando el cansancio la obliga a contenerse en la cama, roza un poco, casi precariamente, el lugar entre sus piernas con la palma de la mano, mientras sus pensamientos atraviesan la caricia y el beso, la piel y la tela de su compañero de tareas y de clases.

Alguien llega al café, pide una taza mediana y dos galletas, la jovencita lo atiende, menciona el precio exacto, yo me distraigo viendo a la mujer, extrae un par de billetes de la cartera, una de color café, se parece a la de mi amiga, no es ella, ¡claro que no! Esta mujer mueve la cabeza para ver hacia adelante tensionándola hacia uno de los lado de su cuello como si el destino la impulsara a conocer los hechos intentando una mirada lateral, en cambio mi amiga se atiene a su verticalidad y acepta que todos sus oráculos los lleva dentro.

Mi amiga hubiera preguntado dos o tres cosas más sobre el producto que compra, y le diría a la mujer que atiende tras la caja, alguien te observa, estás siendo descubierta, y cuando eso ocurriera yo desaparecería de la mesa.

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Bogotá

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Por Óscar Vargas Duarte

En uno de tus lunares cabe toda mi soledad.

Bogotá es una ciudad invisible, sus habitantes no conectan con ella, dan por sentado lo que tienen, todo les pertenece sin nombrar el lugar en donde lo consiguen, atraviesan sus calles y avenidas notando apenas el disgusto producido por la congestión vehicular y el rojo hirviendo en el semáforo, obstáculo para ir a mayor velocidad, si fuese por ellos utilizarían todos los atajos hasta llegar a sus lugares de destino sin importarles el nombre propio de la ciudad —ella como todo ser amado, quiere ser nombrada y amada también.

Bogotá es una ciudad a 2600 metros por encima del nivel del mar, nació en 1538, es una de edad adulta, aunque sus habitantes sean apenas niños ingresando a la pubertad, creyéndose los dueños de todo. Bogotá no sufre de derrotas ni de victorias porque es como los árboles, está para dar sombra y frutos, raíces y semillas, así es, es una ciudad sin prepotencia extendiéndose con una falda de mujer ligera por la sabana y con una cabellera de mujer tranquila por los cerros.

Hace frío, es parte de la rutina, siempre hace frío, y todos deben saberlo, quienes se quejan es porque lo hacen con la indolencia de los niños malcriados, este es su clima no puede ofrecer otro en esta proximidad de páramo, su sinceridad es de siempre, helada y llena de lloviznas, esas cualidades sí le pertenecen, otras no, por ejemplo, por hablar de la congestión vehicular, la falta de civismo, la suciedad en algunas de sus calles, la sin razón de su expansión por la sabana, el ruido de los autos, eso no es su culpa, ese pecado es de sus habitantes, que para dejarlo claro, muchos nacieron en otro lugar y vinieron a ella a cubrirse bajo su sombra, sembrar en sus predios, sostenerse en sus raíces y vivir de sus frutos.

Bogotá es un solo de paraguas y calles llenas, autos royendo el asfalto y semáforos parpadeando más en rojo que en verde. Quienes habitan en la casa y pueden tras un café ver por la ventana son de otro mundo, no asisten al circo del ruido ni a los parques con perros y capuchas, con bolsas y paraguas, para esquivar el agua, para recoger la mierda de sus mascotas.

Quienes van a su bar favorito del centro de la ciudad, piden la copa de siempre y el hombre detrás de la barra los recuerda de otro día, entonces pone una larga de aguardiente, en dos pisos, sobre la mesa y el impulso inicial es suficiente para continuar, eso sí al final dicen que fueron los últimos tragos los que los condujeron a la ebriedad, ponen la culpa en el frío y el sereno habitual. La música no cambia, es la lista de todos los viernes, tararean unas canciones, lo poco que saben de sus letras, mueven los pies y el ruido de los zapatos sobre el piso se pierde sin siquiera ser notado como una nota mal tocada por el baterista de un grupo al que le están doliendo los brazos de tanto golpear.

Semáforos en rojo. Automóviles detenidos esperando el siguiente cambio de color. El sonido de los motores, la música en la radio. Una motocicleta haciendo zigzag por las zonas libres entre autos. El paradero de buses lleno sin satisfacción posible. Mujeres con bolsos y hombres con morrales. El frío acostumbrado en una ciudad 2600 metros más cerca de las estrellas. Los parques y los perros, los perros y las bolsas de plástico llenas de heces, las personas en pijama con su mascota a caminar. Cascos de colores, diseños en fibra que los cubre, motociclistas en fila. Las bicicletas a otra velocidad. Una mujer cruza la vía, utiliza anteojos, viste un pantalón de color negro. Aves en el aire, vuelan, en su vuelo un canto de melancolía grita a la soledad de los árboles que ya no están. Si todos los que llevan ropa de color oscuro tuvieran que morir, la ciudad estaría vacía.

Cada mañana, a falta de arena, el asfalto en la calle es la playa de esta ciudad. Está fría, las olas llegan sin fuerza, el ruido del oleaje surge de la fecundidad producida por los pies que aceleran y los motores que hacen caso a la prisa de quien está tras el volante. La ciudad negocia con lo que tiene a su alcance, pone una calle y la oferta a cambio de un semáforo, una esquina por dos postes con sus lámparas, el edificio más alto del centro por unas llantas caídas en desuso y sueltas en una calle vacía, cuatro burdeles por una silla en un parque.

Así va atravesándose a ella misma, juega a moverse por dentro y encuentra secretos, descubre evidencias y las oculta, publica a gritos su dolor, y nadie la escucha.

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Antonia

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Por Óscar Vargas Duarte

Antonia

La tercera de mis novias después de levantarse iba a la cocina, se tomaba el yogurt, y yo, en la noche veía como mi provisión de comida en la nevera se iba reduciendo sin sentir molestia por ello. Su nombre era Antonia, roncaba por un problema en la forma de su tabique, era ruidosa a más no poder, su risa cantaba en el mismo filo del sonido de las campanas en los templos. Recuerdo amarla con una devoción casi infantil, me hacía falta en cada momento que se ausentaba, y me sentía pleno en cada instante que estaba conmigo. No pude con esa dualidad, del infierno al cielo apenas superando la frontera de estar con ella. Se tomaba el yogurt, se comía las galletas, tomaba de queso y de las frutas, preparaba carnes, y todo mientras que yo me iba enamorando y perdiéndome en una relación que pronto se volvió tóxica, aunque deliciosa, tóxica para mí.

Antonia me pidió dejarla dormir en mi cama por esa noche, era viernes, había tenido una semana difícil, el horario laboral se le había extendido cada día, los momentos para el descanso habían sido pocos. Nos encontramos por casualidad, un atasco en el tráfico sin posibilidad diferente que la de caminar por las calles lavadas por el aguacero de la tarde. Ella se bajó del taxi, yo iba caminando por el andén mirando hacia las vitrinas, estaba buscando una ferretería en donde pudiera conseguir una bombilla para una lámpara, la misma que Antonia quebraría una noche de domingo unos meses después.

Las miradas nunca son repentinas, una advertencia previa le avisa a todo el organismo que algo sucederá en el siguiente instante, si uno estuviera atento lo notaría y, ante la advertencia, estaría prevenido o dispuesto. Nos habíamos conocido en la universidad, ella cuatro semestres más joven que yo, yo dos años más viejo y con materias represadas de semestres previos. A mí me gustaban delgadas como ella, a ella no sé de qué le iba el gusto porque solo hablábamos de los trabajos de clase. La timidez estaba en el apogeo en mi vida.

Tras el momento en que la mirada tropieza con los recuerdos y encuentra la historia de quien está en frente, ella dijo mi nombre y yo pronuncié el de ella con un acento que se perdió entre el ruido de los autos.

— Hola.

— Hola.

— ¿Vives por acá?

— Sí, a un par de calles. ¿Tú?

— No. Estoy buscando la manera de salir de este trancón de viernes. Está mortal.

La conversación fue tomando forma cuando me contó que su lugar de trabajo estaba cerca, había salido tarde, estaba cansada de llevar zapatos de tacón todo el día, de mantener charlas que le fastidiaban el ánimo. La invité a descansar en mi apartamento mientras el tráfico de la calle disminuía, ya luego podría salir a tomar un taxi y llegar rápido a su casa.

En el apartamento pidió usar el baño, le dije que podía ir sin pedir permiso, y ella respondió que yo estaba usando un diálogo de una película. No lo dijimos, los dos sabíamos que se refería a la película “The Shawshank Redemption”, presentada en Latinoamerica como “sueño de fuga”, la escena era en un supermercado, el preso liberado de la cárcel pedía permiso en cada ocasión que necesitaba ir al baño, y el coordinador del lugar le respondía, no tienes que pedirme permiso en cada ocasión que vas.

Al salir del baño se había quitado los zapatos, caminaba con los pies descalzos, recordé haberle visto unas medias veladas de color oscuro, ahora aparecían sus piernas iluminadas por la luz blanca de los bombillos de la sala. Yo había preparado una infusión de frutas y se la ofrecí, me dijo, sabes, prefiero que me dejes dormir un rato en tu cama, con un poco que duerma estaré bien. Se recostó en la cama, le di una manta y la dejé allí.

Roncaba. En mi cuarto cada rato resonaba el sonido producido por el aire atravesando su nariz.

Cerca de las doce de la noche me quedé dormido en el sofá. A las dos de la mañana me despertó el frío, caminé como otras veces en que el sofá servía de útero previo a mis horas de sueño, fui hasta el cuarto y la vi abrigada completamente con las cobijas, apenas la cabeza fuera. No me atreví a despertarla, así que me fui al otro cuarto y me acosté en la cama que usaba mi hermano cuando todavía estaba en la universidad y vivía en mi apartamento.

A las ocho de la mañana la despertó el ruido de la lavadora. La escuché cuando dijo, apaga eso, estás loco, vas a despertar a todo el mundo. Mi lavadora de 18 libras es mi mejor amiga los sábados, deja la ropa limpia, hace un poco de ruido, a mí me gusta, siento que es una presencia más haciendo un poco de música sin saber cantar. Pasé hasta el cuarto, ella estaba viendo mi closet y escogiendo de allí un saco.

Se puso uno de color negro, debajo estaban sus senos desnudos, ya no tenía la falda, ahora llevaba mi pantalón de pijama puesto, se la había ajustado con un cordón que no sé donde encontró.

— Perdona por haberme quedado dormida, y por usar tu ropa. El sueño fue reparador. Ahora solo me faltaba quitarme la ropa de oficina. Espero que no te molestes por ponerme la tuya.

— No hay problema.

La miré sonreír, y no pude sostener mi rostro callado, sonreí con ella. La invité a la cocina.

Me vio sacar la ropa de la lavadora, extenderla para secar, y mientras ella se preparó una taza de café, sirvió para ella y para mí. Cuando me la ofreció me dijo:

— Todavía conservas tus alas.

— ¿Qué?

— Cuando te mueves lo haces como si llevaras unas alas grandes en la espalda, si eres un ángel y estás aquí en secreto, tus movimientos te delatan.

A cuatro calles del apartamento hay una panadería a donde voy a desayunar los sábados. Nos sentamos en la mesa de la esquina, una que permite ver la calle, da la luz del sol y a veces por efecto de la reflexión aparecen pequeños arco iris sobre la mesa. Esta vez apareció uno sobre mis manos y ella me dio un golpe, no se excusó, solo dijo quería atraparlo.

Ahora tenía puesto un pantalón de Jean color azul, un poco desteñido, otro poco raído, no por el uso, así salen de la fábrica, así los venden, así los compran y ella lo estaba usando con unos tenis rojos y una blusa blanca. La ropa la tomó del armario del cuarto de mi hermano. Me preguntó si tenía ropa de mujer, no quería salir a la calle como una vendedora puerta a puerta un sábado.

— Puedes ver en ese armario —le señalé el cuarto de mi hermano.

Antes de permitirle decir tonterías sobre la ropa le conté, mi sobrina Juliana había viajado a estudiar a Buenos Aires, no se llevó toda su ropa y, aunque no vivió en mi casa, la dejó ahí para no almacenarla en cajas. Notó entonces que había ropa y zapatos de mujer.

— Creí que eras separado. Podrías ser alguien que no deja que su exesposa se lleve las cosas.

— No me hace gracia el comentario. Y he sido soltero todo el tiempo.

— Pude haber pensado que eras travestista.

— Eso hubiera sido peor.

Escogió y se vistió allí. Había usado la ducha. Estaba radiante, y la ropa de mi sobrina le quedaba exacta.

Yo pedí un caldo de papa, huevos con cebolla y tomate, y un jugo de naranja. Ella pidió unos huevos rancheros, una taza de café negro, un caldo de costilla, jugo de naranja y varios panes. Desayunamos mientras supimos cosas del otro al ritmo que cada uno iba narrándose. Soltera. Sin hijos. Viviendo en un apartamento propio. Empleada en una empresa multinacional. Comercial vendiendo productos para empresas farmacéuticas. Soltero. Sin hijos. Viviendo en un apartamento propio. Empleado en un banco. Ingeniero desarrollando software.

Estábamos resolviendo quién pagaría la cuenta cuando su celular sonó.

Lo había dejado en la mesita de noche. Estaba descargado cuando se despertó. Mientras se bañaba yo lo puse a cargar. Porcentaje de carga 64%. Temperatura en la ciudad 13 grados Celsius. Clientes en la panadería 18. Un panadero, una mujer en la caja, dos jóvenes atendiendo las mesas. Color más usado por todos, negro seguido del azul. Yo tenía los tenis negros de cada fin de semana, los jeans azules y la camisa blanca. Las gafas en el bolsillo de la camisa. El celular en el bolsillo del pantalón.

Mientras le hablaban, después de unos minutos me dijo que debía irse. Era importante la llamada y lo que le estaban pidiendo era urgente. La discusión sobre la cuenta del desayuno no quedó zanjada, dejó de ser discusión, yo pagué, ella levantaba la mano para parar un taxi. No le pedí su número de teléfono. Cuando la vi partir levantaba la mano diciendo chao.

Antonia mide 1.67 de estatura, pesa 57 kilos, monta en bicicleta los fines de semana, cada mes va un fin de semana a un lugar en el campo para alejarse del ruido de la ciudad. Es de ojos color café, tiene las pestañas largas. El cabello es negro y liso. Ella dice que lo tiene aplanado. Los dedos en sus manos son delgados y largos. Le gusta el rock y baila salsa como si al bailar todo alrededor desapareciera.

Domingo. Temperatura mínima 9 grados. Máxima 20. Llovió de cuatro a seis de la tarde. 180 accidentes de tránsito. A las doce de la noche me quedé dormido. No llamó, no la llamé, no tenía su número de teléfono. Olvidé pedirle el número.

Lunes. Temperatura mínima 11 grados. Máxima 19. No hubo lluvia. 190 accidentes de tránsito. A las doce de la noche me quedé dormido. No llamó, no la llamé, aunque tenemos amigos en común que pueden tener su número no los llamé para tenerlo. Me masturbé pensando en que tendría sexo con ella en la ducha.

Martes. Temperatura mínima 8 grados. Máxima 18. En el restaurante había pescado y cerdo, escogí cerdo. El taxista tomó una ruta más lenta para ir a la oficina, fue el primer enojo del día. A las once de la noche me quedé dormido. No llamó, no la llamé.

Miércoles. Llovió en la mañana, al mediodía, al anochecer, justo en los momentos que salgo a la calle. La temperatura fue frío de sabana todo el día. Al auto de una amiga lo golpearon por detrás, luces rotas. A la una de la madrugada todavía estaba despierto. La busqué en las redes sociales. No la encontré. No llamó, no la llamé.

Jueves. Fuimos con unos amigos a un bar de mujeres nudistas. Estaban todas vestidas con uniformes imitando a los policías. 163 accidentes de tránsito. No sé a qué hora me quedé dormido. No llamó, no la llamé.

Viernes. En mi bar favorito se presenta un grupo que toca música de “Los fabulosos cadillacs”, “La maldita vecindad”, “Los Rodríguez”. Interpretan a otros grupos, pero yo voy porque me gustan las canciones de esas bandas.

Carga del celular 37%. Tarjeta de crédito en la billetera. Dos billetes de alta denominación. 20 minutos para llegará a su destino, en esta ocasión, mi apartamento. Tráfico normal.

— Aló.

— ¿Hablo con el titular de la línea?

— Con él. ¿Quién habla?

— Lo estamos llamando de su Banco, debido a su buen comportamiento financiero queremos ofrecerle un aumento en el cupo de su tarjeta. Esta es una promoción para nuestros mejores clientes, y usted es uno de ellos.

— Señorita, no estoy interesado. Muchas gracias.

— Nosotros sabemos que a usted le hace falta un buen cupo, así puede utilizarla en sitios exclusivos para invitar a sus amigas.

— ¿Perdón? Me parece que no puede decir eso. ¿Cuál es su nombre?

— Si tuviera un buen cupo no llevaría a sus amigas a desayunar a una panadería de barrio.

— ¿Qué?

Antonia dejó salir la risa con todo el ánimo que le cabía en los pulmones. Pone su tono de voz normal y me saluda. Ríe contándome que se está burlando de mí, lo hace como si yo no me estuviese dando cuenta. Me diría luego que estuvo esperando hasta el mediodía para que yo la llamase, y como no ocurrió de esa manera llamó a una de sus amigas, ella a otra amiga y alguien tenía mi número, mi correo electrónico, y hasta la dirección de mi casa había conseguido antes de las tres de la tarde.

Quedamos en que pasaría a mi apartamento. Todavía no salía de la oficina, me llevaría la ropa de mi sobrina, y me pidió que está vez la dejara darse un duchazo. Estaba invitándome a cenar como agradecimiento. Me preguntó por mi plan de esa noche, le dije que había quedado en ir al bar a escuchar un rato de música en vivo. Cuando preguntó con quién le dije que solo, se sorprendió ante mi respuesta, preguntó si también había comida. Quedamos en comer en el bar, escuchar con ella música, luego cada uno se iría a dormir en sus silencios.

Batería cargada al 100%. Tres condones en el primer cajón de la mesa de noche. Dos tarjetas de crédito en la billetera. Olor a colonia en el cuello. Zapatos tenis de color negro. Jeans azules. Camisa blanca. Boca lavada y dientes cepillados.

En el bar, cuando llegamos había varias mesas disponibles, escogimos la que más cerca estaba de una lámpara, la escogió ella, insistió con lo de las alas, me dijo, de pronto dejan de ser invisibles y hacen sombra. Hice un gesto, ella lo entendió, y replicó. No, no estoy siendo necia con el tema, es cierto. Ahora que me abrazaste en tu casa sentí que un calor diferente me cubría. Seguro que tus amigas sienten lo mismo cuando las abrazas.

En el apartamento, cuando llegó, nos saludamos con un abrazo fuerte. Tomó el morral que traía, extrajo la ropa de Juliana, la dejó en el mismo lugar en donde la había encontrado, tomó luego camino hacia el baño, se dio una ducha, hizo un cambio de ropa, quedó vestida con unos zapatos deportivos de medio tacón, unos jeans azules desteñidos, una blusa roja con un letrero que se leía desde el seno derecho hasta el izquierdo, ‘la distancia más cercana a estos dos puntos es el amor’. Notó en mi sonrisa un aprecio por la creatividad y el atrevimiento de la frase. Yo mismo la mandé hacer, esa fue la respuesta.

Salimos a la calle, ya íbamos conversando desperdigados entre un tema y otro como piedras sueltas en una ladera, por un camino o por otro, por un tema u otro, no queríamos dejar que se apagara la palabra. Este día en su oficina fue más tranquilo, tuvo suficiente serenidad para acometer con tranquilidad las dudas ante la incertidumbre, quizá no lo dijo de esa manera, yo entendí que aun con las dificultades del día ella estaba bien. Respondí con la frase de una amiga, sí, cansado, pero habiendo hecho lo necesario en todo momento. Cuando notamos que la oficina asomaba muchas veces en la conversación, huimos de eso como quien lo hace de un abismo.

Ella decidió que pediría la comida, yo el licor. Hizo la aclaración refiriéndose a la palabra licor. Hice el gesto típico de, ya lo entendí, pero ella volvió al tema, entonces tomó ventaja y dijo, tienes estómago de bebedor de cerveza, supongo que siempre pides lo mismo. Era cierto, en ese bar, y casi siempre, pido cerveza. Luego de la sonrisa en mi rostro aceptando la sugerencia, volvió a hablar sobre el tipo de licor que debíamos pedir. Los que toman cerveza le temen al guayabo con aguardiente, no tienes apariencia de ruso como para pedir Vodka, y tampoco pareces holandés como para una botella de Ginebra. Respondí diciendo que por lo menos debo parecerme a los mexicanos, así que pediría como ellos una botella de tequila. Y sí, ella quería tequila y no otra cosa.

Venden empanadas en el lugar, yo suelo pedir una porción de seis. Por supuesto en esta ocasión las empanadas no tuvieron presencia en mi mesa. La comida fue una porción especial de productos del mar con vegetales.

La música fue adquiriendo el ritmo necesario hasta hacernos levantar de las sillas a saltar un rato con cada canción. Las cuatro últimas canciones fueron de ‘Gitana’ de “Los fabulosos cadillacs”, ‘Don palabras’ de “La maldita vecindad”, “Mal bicho” y “Matador” de “Los fabulosos cadillacs”. Saltamos y sudamos, bailamos al ritmo de la memoria musical que teníamos de esas canciones. Todas las conversaciones giraron, antes de que la música nos capturara por completo, alrededor de lo que habíamos hecho en nuestros años posteriores al pregrado. Ella hizo una especialización y una maestría. Yo trabajé cada día excepto los fines de semana y las vacaciones.

Nos apuramos la botella de tequila para no dejar trago en la botella. Pedimos una porción adicional de alguna comida.

  • Quiere tener un hijo.
  • Tuvo dos novios, casi vivieron como pareja. Con el primero hubiera querido tener el hijo.
  • El segundo novio en serio fue un asunto demasiado corto para querer algo para toda la vida.
  • Viajó cada dos años, por vacaciones, a los lugares de moda (la anotación ‘de moda’ es mía).
  • Cree que al final, cuando esté anciana vivirá en un lugar con otros amigos de la misma edad.
  • Tiene un automóvil que usa la mayoría de las veces para salir de la ciudad. En la ciudad solo cuando sabe que las distancias son muy largas.
  • Tiene fe en un ser superior y no cree en religiones.
  • Cuida dos plantas en su apartamento, una se llama oráculo, la otra futuro.
  • Utiliza la autosatisfacción para recordar lo que es capaz de sentir.
  • Lee, baila, cocina, camina, corre, monta en bicicleta.
  • El trabajo le parece emocionante, aunque es pesado y algunos días quisiera hacerlo de otra manera.
  • En caso de que su pareja no quiera tener descendencia, ella lo hará con el método in vitro.
  • Lleva el almuerzo a la oficina porque quiere consumir alimentos de los que sepa cómo fueron preparados.
  • Va a donde los padres dos veces por mes.
  • Su mejor amiga es la confidente de sus angustias y entusiasmos.

Son las dos de la mañana. Es hora de despertar el camino y escoger el que nos lleve de vuelta al lugar del cual vinimos. No necesito una excusa para pedirle ir al apartamento. Allá están las cosas con las que llegó de la oficina. Ella elige ir caminando. Hablamos más pausados. Las calles están llenas de quienes siguen en los bares disfrutando de la oportunidad que permiten estos lugares públicos. Hay un perro vagando por la calle.

  • Le gustan los animales, pero no tendría ninguno en su casa.
  • Quiere saber acerca de mi vida, cree que no le he contado lo profundo de las cosas que me suceden.

En el apartamento, antes de permitir cualquier atrevimiento verbal, toma ruta veloz hacia el baño. Tarda bastante. Yo la espero en la sala. Me bebo una cerveza, en la nevera hay varias. Aparece con un pantalón de pijama y una camiseta. Nota mi sorpresa. Levanta los hombros y los deja caer. Estoy cansada, no me pidas que me vaya en taxi. Prometo no molestar. Duerme en la cama que era de tu hermano.

Un mes después habíamos salido cada viernes y sábado, se había quedado en mi apartamento esas noches. El fin de semana la comida en la nevera se había vuelto comunitaria. Yo tuve que hacer mercado en el supermercado, mercado de verdad y para dos.

  • Tuvimos sexo un lunes feriado.
  • Esa misma semana repetimos el jueves, el viernes, el sábado y el domingo.
  • Nos hicimos habituales.

En el cuarto mes de salir y estar juntos me recordó que ella quería tener un hijo. Yo puse esas palabras en el congelador neuronal, no estaba dispuesto a romper hielos que apagaran el fuego que me producía ella. Lo volvió a decir y me exigió una respuesta seria, si yo también lo quería ella podría esperar hasta que estuviéramos seguros, si yo no quería ella no esperaría nada y podríamos ser amigos, buenos y grandiosos amigos.

En la clínica en donde ella hizo la gestión para ser madre a partir de la fecundación in vitro reciben donantes de semen. Allí fui a ser donante anónimo, solo reciben una vez por mes de cada donador, hacen exámenes para determinar si el aporte es valioso. Según me dijeron, para evitar que un solo tipo de semen fecunde a muchas madres, no permiten más de cuatro donaciones. Yo fui tres veces.

El nombre de su hijo es Pedro, como yo.

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Yo soy dos o tres calles, una esquina

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Ya estábamos viejos; ahora estamos viejos y tristes.

Yo soy este, sin otro suplicio o fortuna, nada más que la mirada ajena de quien mira y sabe del extraño, pero no de sí mismo. Este que ha comprado varios vidrios para evitar que la luz lo arrulle entero, así, encajonado entre las paredes de láminas vidriosas que disimulan su entonar cansado de canciones viejas, su peregrinación entre memorias olvidadas. En este modo soy, sin tomarme el café completo para no darle a la mujer del mostrador el gusto de leer el fondo de la taza y saber de mí por el azar que a ella le ha tocado aprender esa lectura de sus tías y a mí creerlo porque mi padre asistía y pagaba porque le leyeran. Soy este de piel cantada por el aire frío y secada por el sol que en la ciudad incendia el medio día, de mirada atónita ante el bullicio en la calle y ojos dormidos de avanzar entre los ojos de los desconocidos que se acumulan en los autobuses y los autos en las avenidas.

Yo soy las dos o tres calles que me llevan de la casa a la oficina, las tres o cuatro esquinas que me traen de vuelta, las palabras que repetiría algún día para otros sin que alcance para hablarles tres días. Soy como esos pequeños magos con una maleta de tres o cuatro trucos, pero no, nunca llegan al quinto. Soy apenas esas noches en que duermo y no sé nada porque inconsciente me extiendo en la cama sin saber otra cosa del mundo.

Soy también las equivocaciones, cuando doy dos monedas de más a quien hace de cobrador en la tienda, cuando me olvido de las llaves que abren la puerta, también el observador al cual debe advertirse la imprudencia de estar en medio de la calle mientras los autos se esfuerzan por pasar de briosos a veloces.

Soy ese que se mira medio reflejado en el vidrio de las vitrinas o el que se ve en el espejo, pero al rato desaparece porque olvidó algo en la cocina y deja el baño solo sin que el espejo pueda verlo más en la mañana o en la tarde, o en la noche.  Soy también este que te está contando, con estas pequeñas cosas tiene que abarcar el mundo que parece infinito, el universo extendiéndose cada día, el tiempo eterno con sus sumatorias en secuencia, y cada hora que pareciera ser más grande que los días y las noches.

Soy apenas eso, el de la mañana, el de la tarde o el de la noche, nada más, no hay mucho por enseñar para hacer notar que puedo pasar desapercibido ante los ojos de la masa.

Yo soy este, y siendo apenas esta pequeña esfera de tiempo limitado, este pequeño truco de mago que termina en un instante, aun así, tengo que atreverme a vivir cada día. Yo soy este que está demasiado cansado para la muerte, quiero irme sin fatigas, me hacen falta años de descanso, de poner todo en pausa y caer dormido sin prisa ante la noche.

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Enumeraciones sobre conversaciones secretas

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Te levantas del sofá después de haber desconectado el televisor, has consumido una hora de historias e imágenes, dejas el control remoto sobre la mesa de centro, caminas y apagas de manera mecánica la luz con el interruptor que se encuentra en la pared, dejas la sala a oscuras, vuelves al sofá, te sientas nuevamente en el mismo lugar, te quedas quieta, miras ahora a la pantalla del televisor, decides como cada día quedarte el mismo tiempo que usas para ver programas en el televisor solo que sin ver nada, apenas lo que puedes otear con la claridad que se escapa desde la calle hacia las ventanas. Tomas notas mentales de los ruidos, de las luces que agrietan la pared oscura, de los movimientos de tu cuerpo, te tocas las manos, las frotas, haces lo mismo con los pies y las rodillas, no tocas el control remoto, aunque lo ves constantemente.

Enumeras los segundos con una táctica infantil, un ciento, dos ciento, tres ciento, cuatro ciento, y continúas hasta que te aburres de hacerlo, sientes la tensión en la espalda, cambias de posición, revisas mentalmente el horario, crees que has estado mucho tiempo en el sofá, miras la hora que muestra tu celular, apenas han pasado unos minutos, vuelves a ver hacia la pared, a la ventana, al televisor, al control, y mantienes tu compromiso, seguir y ocupar sin hacer otra cosa que estar el mismo tiempo usado para ver televisión.

Te piensas, piensas en cómo te verías a ti misma observándote desde la puerta, haces varios esfuerzos para narrarte cómo sería tu mirada, se te ocurre que te verías en dos planos apenas, no en tres, una lámina con la forma de tu cuerpo, sin colores, en blanco y negro, sin aroma, el olor sería el del cuarto, ahora cuando piensas lo último te dices, el aroma debe ser una de las dimensiones adicionales a las que hacen referencia aquellos a quienes les gusta argumentar que el mundo físico observado por nuestros ojos no es el único.

Abres al máximo la boca, dejas salir tu aliento y lo recibes en la palma de la mano, se te ocurre ver un espejo entre las líneas, el aroma observándose, así como los ojos se ven a ellos mismos en los espejos de la casa, así el aliento se mira en la palma abierta. Continúas, entiendes que también hay pisos térmicos en la sala, sientes la cabeza más caliente que los pies, los brazos y las piernas con otra temperatura, los pies se resienten por le frío que sale debajo del sofá.

Te palpas los brazos, te hueles, todavía hay aroma de la crema que usas en el cuerpo, todavía con pequeños titubeos aparece la esencia de tu perfume, esa debe ser tu cuarta dimensión, eres alta, ancha y profunda, pero también, tienes la forma de tu aroma. Vuelves a ver el reloj, el tiempo ha ido más a prisa cuando has estado diluyéndote entre ideas, intentas retomar una de hace un par de días, no lo logras, te quedas con tu aroma, usas toda tu capacidad olfativa para imaginar cuál sería esa cuarta forma, la de tu aroma, en qué se diferencia de la forma aromática de los demás.

Es hora, el tiempo exacto, te levantas del sofá, caminas sin encender la luz, pasas hacia tu cuarto, te acomodas en la cama, no pronuncias oración alguna, te duermes hasta el siguiente día.

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Ya estábamos locos, ahora es cuando se nos nota

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Tus senos, breves como mangos, los quiero en mi boca.

Hay una mujer en un espejo que me encuentra en sus ojos, no sabe a ciencia cierta cómo, pero siente que le he desatado el apetito por la sorpresa diaria y la extrañeza ante los encuentros.

Hay personas que existen en modos asombrosos que incluso ausentes están presentes en la memoria, los pensamientos y las conversaciones con los amigos.

Hay una mujer que quiere entrar en mi memoria para descubrir si pienso en ella. Esa mujer se detiene a leer los espacios vacíos en mis palabras escritas para saber si la estoy ocultando tras mis versos.

Hay una mujer que sospecha de sus promesas y presiente que una noche antes de la luz de la luna probará sus besos en mi boca.

Hay una mujer que puede pronunciar mi nombre, identificar mi voz, reconocer mi rostro; eso es suficiente para que tenga importancia mi existencia.

Hay una mujer poniendo nudos en su timidez para impedirle a su boca decir que le gusto.

Hay una mujer sonriendo al recordar que su nombre y el mío por lo menos comparten una letra.

Hay una mujer sorprendida porque con cada excusa para evitarme descubre una superior para permitirme el encuentro.

Hay una mujer preguntando a las líneas de su mano si el secreto escrito en ellas es la caricia que una tarde pondrá con la palma abierta en mi espalda.

Hay una mujer que no sabe de la letra, la diéresis, la tilde, el punto o la coma, el acento, la palabra, el verso, la línea verbal, el punto aparte en la estrofa, el poema o la armazón que lo consume, pero es a todas luces el pegamento del poema.

Hay una mujer tocando sus ojos, el rostro, las manos, la boca, quiere saber cuál grieta abierta le permitió a mis palabras cruzar su indiferencia hasta despertar su primavera.

Hay una mujer que mira las fotos de su familia en la billetera que lleva en su bolso, ya sin asombro acepta que yo estoy invisible cortejándola desde un lugar en donde ella me lleva oculto.

No voy a bañarme, saldré a la calle como quien no sabe en qué hora camina, si me miras a los ojos verás que aún no termina la noche, si tocas mi espalda entenderás que no termino de soñar en sueño profundo, y si me besas mujer, entonces volveré a la cama para despertarme contigo.

Una mujer amamanta a su hijo, una señora duerme en una silla de una mesa, yo leo un libro, una muchacha habla por teléfono, una joven ve en la vitrina la ropa exhibida, hace frío, el café de todos ha perdido el aroma, una canción llega a la última nota y un silencio mínimo nos concede el altavoz que la reproduce. La mujer cambia de posición y pone el otro seno en la boca del niño, yo estiro las piernas y miro a la mujer que duerme. Una pareja pasa hablando, ella no entiende, él repite, ella afirma, él vuelve a preguntar y ella continúa caminando.

Cuando uno está enamorado, o cuando lo aman, y ojalá se den las dos al mismo tiempo, uno deja de llamarse como lo han nombrado desde la infancia, por eso la persona que nos ama nos dice el nombre que quiera, nos llama como le dice su corazón. No es un mito o una costumbre social, cuando el amor nos posee empezamos a llamarnos como solo lo sabe hacer el corazón.

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De Toluca a China

Como estamos en vacaciones y a veces no nos alcanza el presupuesto, un libro nos permite viajar a lugares lejanos, incluso a aquellos a los nunca habíamos pensado. Y no sólo eso, también nos permite viajar en el tiempo.

China es quizá uno de los reinos con mayor cantidad de leyendas urbanas e imágenes inasibles en el imaginario, cuya lista es larga, pero en la cual resaltan: los dragones, la Muralla, las dinastías, sus religiones (el taoísmo, sobre todo) junto con las lapidarias reflexiones y parábolas que les caracterizan, el casi impensable lapso de su historia, su influencia en el mundo (creadores de la pólvora, el papel, la seda, etc.), su última historia política (el comunismo, Mao, la dictadura, el “gigante dormido”, como decía Napoléon) y su economía. Toluca tiene dos libros que, tangencialmente, se vinculan con ese ensueño fantástico y fabuloso: China

Con una baraja de posibilidades narrativas y con su propio I Ching, el Mahjong, Demian Marín ganó el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández 2014 con un fantástico libro de cuentos: Tierra Central. Justo en sintonía con el complicado juego de mesa chino que parodia una muralla, las historias de Tierra Central se concentran en la casi infinita posibilidad de variantes en torno a las vidas y los procesos respecto a las invasiones mongolas. Demian Marín es el más avezado y fino de los narradores de su generación en el valle de Toluca y lo demuestra con maestría en los recursos estilísticos en este libro de cuentos, a la vez que deja entre líneas una herencia de aquel mítico Largueza del cuento corto chino, que editara José Vicente Anaya en la Universidad Autónoma del Estado de México en los 90 y ahora lo hace en Editorial Almadía. Una joya.

 

Otro caso es el poemario El libro de la dinastía del Bambú, del costarricense, José María Zonta, avalado con el premio en el Concurso Iberoamericano de Poesía “Entreversos” de 2015, entre cuyos jurados estuvieron nada más ni nada menos que Antonio Gamoneda y Gioconda Belli y editado por el Fondo Editorial del Estado de México. El poemario apela a la profundidad del pensamiento chino, sus reflexiones y apelando ese camino que divide el Ying y el Yang.  El poemario en algunos momentos parece no alzar el vuelo poético y enfocarse en describir las parábolas místicas (o yo soy muy poco religioso para entenderlas). Otro libro gemelo de Zonta a ganar el Premio Premio Internacional Manuel Acuña de Poesía en Lengua Española 2016: Antología de la Dinastía del Otoño.

Con la coyuntura trumpiana respecto al Tratado de Libre Comercio, parece contradictorio que sea China uno de los más interesados en abrir los canales comunicación (política, económica y cultural) con nuestro país. Sirvan estos dos textos para mantener las puertas abiertas al inmenso país asiático.

También los invito a mi blog: hebequijano.com

De la mirada inquisidora a las ruinas en el ojo

Humo de mis plegarias WordPress cabezal Por Óscar Vargas Duarte

Tomas el transporte público en la estación más cercana a tu trabajo, has caminado varias calles y sientes el peso de tu cuerpo acumulado en cada uno de los pasos que diste de la puerta por la que ingresas en la mañana y por la cual sales al final de la tarde. Ya no tomas un atajo, la ruta que escoges es la de menor tiempo. Usas la tarjeta para cruzar el molinete que de paso a la zona de traslado en donde puedes elegir la ruta en la que te subirás para llegar a tu casa.

Extiendes el brazo para sostenerte de una de las barras de la que puedes colgarte, sientes el movimiento en tus piernas, se desplazan un poco de manera lateral, la parte de atrás te atrae, y luego te mueves hacia adelante, todos adentro tienen en un momento ese mismo ritmo, después cada uno se acomoda para estar en la posición vertical que indican las reglas para que dentro quepan más, ocupen menos espacio, y, aunque se trate de un asunto imposible no te toquen y no toques a quienes marchan estáticos a tu lado.

Miras a uno y otro lado, metes la mano a tus recursos personales para no morir de tedio mientras pasan una y otra estación, el tiempo que tardes desde este instante hasta el final de la ruta lo puedes usar en algo que te permita no dormirte. Te planteas descubrir en cada uno de los rostros de tus compañeros de viaje una figura animal, la idea es bastante infantil y caes en ella recurrentemente, cada uno desciende de un animal, y en el rostro se nota la herencia reflejada en la imagen de esa especie. Unos tienen en la cara un parecido a una iguana, un colibrí, un pez, una jirafa, otros se parecen a una araña, un tigre, una cebra, un caballo, un rinoceronte o un perro de caza. A los pocos minutos te has cansado y no logras concentrarte en la idea, la desechas, comienzas a mirarlos de otra manera.

Si fueran cada uno de ellos el personaje de una novela, el de una película, si pudieran ser alguien que existe en una narración, esa es tu nueva manera de observarlos. No encuentras ninguna motivación para sugerir que sean atractivos para un escritor, los ves una y otra vez girando la mirada de un lado a otro.

La muchacha en la silla no podrá ser Emma Bovary, es seguro que la desecharía Flaubert al verle de los ojos descolgando el parpadeo con el que quiere evitar el sueño. La niñita que trae el uniforme de colegio y el anciano unas sillas adelante no llegarán en ninguna de sus vidas a tener la magia volcánica de Dolores Haze y su profesor de inglés. El joven que duerme en la silla junto a la ventana no se despertará siendo Gregor Samsa, es probable que lo haga con la baba untándole la comisura de los labios, pero eso no da para ser uno de los insectos más famosos que existen.

El fumador de cigarrillo que debe estar sintiendo el dolor de la adicción al cigarrillo ni siquiera se imagina a Sherlock Holmes, quizá pueda aprender de química y ser espadachín, pero no, no podrá ser jamás el personaje de Doyle. El que parece alcanzar el techo con apenas levantar las cejas, aunque su contextura sea parecida a la de Frankensteín no llegará a la profundidad de este personaje que desde su tiempo nos habla de la próxima época de máquinas humanas.

Vuelves a verlos, y notas para dolor tuyo que son como tu espejo, también tú no eres un personaje de nada, ni siquiera llegarías a ser uno de los fantasmas a los que alude la narración en Luvina.

Ahora que sigues mirándolos, notas que tampoco tú serías Flaubert o Kafka, Rulfo o Nabokov. Miras hacia la ventana y sientes que te ha salvado la campana, es la estación en la que descenderás y tendrás la vida que te has merecido, una que te atas a la rutina para que no se te caiga cuando corres para no llegar tarde a la ninguna parte a la que te diriges.

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