Se puede aprender a amar

Hoy abrí twitter, esa red sociales de los gritos y los sombrerazos, y ya había una ensordecedora rebambaramba en torno a la aseveración (como todas las de los twitteros): el amor es un constructo del neoliberalismo. No me interesa demostrar el sinsentido de dicha afirmación sino la pregunta ¿cómo aprendemos a amar?

La inundación de hormonas (simplificando: dopamina=placer; oxitocina= felicidad/amor; endorfinas = alegría y anelgésicas; vasopresina=celos, casi todas adictivas, como drogas) poco ha cambiado en la historia del cuerpo humano. La biología podría aseverarnos demostraciones de afecto y sexualidad muy semejantes a las humanas (bonobos, chimpaces, delfines, incluso la fidelidad de las algunas especies de palomas,pingüinos, águilas calvas y periquitos). Tanto hormonas como comportamiento “natural” nos impulsan y nos motivan, sumados a los productos sociales.

La literatura (como afirmación de construcciones sociales precedentes al texto: historia, costumbres, conceptos) es la mejor forma de exhibir esos productos sociales. La lista de referencia a esa “construcción” del amor es larga: el Arte de amar de Ovidio o su versión de Eros y Psiquis, el Cantar de los Cantares bíblico, “El parlamento de las aves” (siglo XIV) de Geoffrey ⸺la primera mención que vincula a San Valentín con el amor⸺, las trovas del amor cortés, Erich Fromm, Octavio paz, y infinito etcétera.

En México, uno de los países más alegres del mundo, “más de la mitad de los mexicanos dice estar enamorado”, 86% de ellos afirman ser correspondidos. 80% celebra este día, 70% afirma que el amor puede durar toda la vida. Basta asomarse nuestra educación sentimental:  a la cultura, el folclor, la música o el cine mexicanos, para inundarse de alusiones sobre el amor. ¿Cómo no iba a convertirse el amor en un producto si es prácticamente nuestra motivación principal?

Es innegable que el “Día del amor y la amistad” han convertido este día en una manido y absurdo “compromiso” por hacer regalos o demostrar el cariño de alguna manera. Habremos quienes gastemos en algún regalo y quienes se beneficien de esas compras. Sin embargo, ninguna sociedad se exime de los fenómenos económicos. A tal grado que los primeros vestigios de escritura refieren una transacción comercial.

Debo confesar que tampoco tengo una respuesta certera para la pregunta del primer párrafo, de la misma forma en que no me preocupa “etiquetar” a manera de sentencia hechos y conceptos tan esquivos. Pero no me queda duda de cómo me “agobio de ternura”, como dijera Owen, cuando veo y abrazo a quienes amo. ¿A ustedes les pasa lo mismo?

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Cuatro libros para asomarse al amor de hoy

“Después de todo, la definición romántica del amor -hasta que la muerte nos separe- está decididamente pasada de moda”. Así de categórica y contundente es la realidad. Y esa es una de las tantas aseveraciones que el recientemente fallecido Zygmunt Bauman hace en Amor líquido. El sociólogo hace un gran ejercicio intelectual para estampar una panorámica de cómo se ejerce el amor en nuestro tiempo “posmoderno”, globalizado, estresado, plagado de vacíos y ajetreos. Aunque el contexto es mucho más evidente en los países de primer mundo, occidentales para ser más precisos, en América Latina son cada vez más evidentes las falencias de ese concepto místico, trascendental, escatológico, mitificado: el amor. Si uno se asoma a este libro después de haberse sumergido a La llama doble de Octavio Paz o en la época del crecimiento emocional sobre la vida (me refiero a esa edad entre la pubertad y la madurez, digamos entre los 14-24), entonces sabríamos entender mejor nuestras propias expectativas. Incluyendo esa cuerda floja frente al espejo: “Lo que amamos es el estado, o la esperanza, de ser amados”

Del lado de la ficción, Cicatriz de Sara Mesa narra la historia de un amor nacido y provocado en una sala de chat. Pero no es una relación sencilla (si es que alguna lo es), la protagonista, Sonia, sabe de la perversidad del otro, Knut, la percibe pero no la niega ni se aleja. Se deleita con ella aunque no lo acepte, se regocija en esa perturbadora conciencia de disfrutar la humillación, la violencia (simbólica, verbal, psicológica, sobre todo) y la abyección, de manera activa y pasiva. En la prosa limpia, geométrica, concentrada y paciente de Sara Mesa nos descubrimos en la oscuridad de los personajes.

En la poesía, como un ejercicio de devoción y sinceridad, el erotólogo mexicano por excelencia, Alberto Ruy Sánchez, nos entrega en Luz del colibrí un poemario sobre las emociones y el placer que le provoca despertar junto a su pareja. A ello hay que sumarle el hecho de que está dedicado a su esposa, con quien tiene una relación de más de veinte años de matrimonio. El amor, sus manifestaciones, sus declaraciones y el halo que le acompaña siempre convoca a los superlativo, a lo hiperbólico. En el caso del poemario hay, por el contrario, una equilibrada manifestación de algo que es casi una excepción: la confirmación de que la capacidad de asombro puede mantenerse viva, a pesar del tiempo y de la costumbre.

Y ya como un bono extra, está la experimentación estilística de Alejandro Zambra. El escritor chileno cinceló una joya en Bonsái. En menos de 120 páginas, Zambra una historia de amor simple, normal y casi común. Pero lo hace con una maestría que no sólo logra engancharnos sino, además, convertirla en una entrañable sacudida al lector. Como hacen los buenos libros… como hacen las buenas historias.

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