La terrible discriminación mexicana

“¡Eres un naco!” Puede ser, quizá, uno de los insultos más hirientes de nuestra ya de por sí agresiva forma de tratar a los demás. Y cito ese insulto porque todas las vertientes de “chingar” y “chingada” han perdido su filo de tanto repetirse. Al “naco”, podríamos sumarle el “eres un indio”. Qué difícil es ser mexicano entre mexicanos.

20.2 % de los mexicanos mayores de 18 años han sufrido discriminación, eso reveló la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis) 2017. El principal motivo es la  apariencia, le siguen religión, edad, lugar de vivienda, manera de hablar, clase social y orientación sexual.

Prácticamente no hay razón por la cual no nos echemos tierra. Las mujeres fueron discriminadas por cuestiones de género en 29.5% de las ocasiones; 30.1% de la población homosexual reportó discriminación por su preferencia sexual, pero también 19.8% de los heterosexuales.

A 23.3% de los mexicanos se les negó un derecho y los más discriminados por sector fueron los discapacitados, los indígenas, quienes profesan otra religión, las mujeres, los jóvenes y los adultos mayores.

A ello se suman los casos extraordinarios o poco comunes en términos porcentuales o pragmáticos, por ejemplo “rentarle un cuarto a alguien” es un servicio que se negaría en porcentajes de 30 a 40% a: Extranjeros, enfermos de sida, homosexuales, transgéneros y jóvenes. La reticencia se interpreta fácilmente: “No los discrimino, pero no los quiero cerca…”

La discriminación se apuntala en juicios como: “los jóvenes son irresponsables”, “los pobres hacen poco por dejar de serlo” o el típico y lapidario “los pobres son pobres porque quieren”, “los indígenas son pobres por su cultura”. Quizá todo ese arribismo nos quede claro cuando entendamos que, según la OCDE, se tardarían 150 años para ascender a los niveles de población de mayores ingresos. El equivalente a cinco generaciones de 30 años. En Dinamarca sólo se necesitarían dos generaciones y, en Suecia, tres.

Quizá el dato más estremecedor es que 18 % de los hombres y 12% de las mujeres concuerdan en que las mujeres violadas “provocaron” a su agresor…

¿Hasta cuando empezaremos a quitarnos lo cangrejo?

Bitácora de mujeres extrañas, de Esther García

En este Día Internacional de la Mujer, no es difícil empatizar con las mujeres. Algo protervo tendríamos de no hacerlo. Lo complicado es entender, a cabalidad, en toda su dimensión, la discriminación, la violencia, la marginación, la opresión que sufren en muchos ámbitos (laboral, doméstico, sexual, legal,… ). Los vértices y aristas son tantos y tan sutiles que, a veces, nos abruman. Por su contundencia en la realidad, por la dureza y frialdad de los datos, por la categórica persistencia de su causas y efectos, por su evidencia insoslayable. Y aunque la realidad supera la ficción, el arte y la literatura siempre nos permiten asomarnos a esos atisbos de realidad que proponen los libros, la poesía en este caso de Esther M. García.

Bitácora de mujeres extrañas.

En Bitácora de mujeres extrañas encontramos un poemario frontal y sin concesiones, sin la militancia implícita del reproche sino el encuadre tremendista de un close up. Los temas que agobian este itinerario de retratos enfocan la explotación laboral (“Mujer maquila”), la desolación (“Ésta es la historia de una mujer cuya soledad / la mordía noche y día como un perro salvaje” p.22), la violencia doméstica, la opresión de los padres, el abandono parental (sobre todo el del padre) que linda la orfandad, la discriminación clasista.

Sin el efectismo típico de esa suerte de síndrome de “hacerse la víctima”, la poeta construye en los cuatro apartados una inmersión a la feminidad de las ciudades, con sus maquiladoras, con sus cinturones de miseria, con su agobiada clase media, con sus historias privadas y particulares de amor y desamor (filial, erótico, familiar). Sin sentimentalismos, sin brutalidad, sin charcos de sangre ni lágrimas manipuladas por un foco teledirigido, los poemas son relámpagos confesionales (yo no sé amar / Nadie me enseñó qué era el amor” p.53), descargas de realidad como descubrimientos abruptos y epifanías (“Ma mere, el perro rabioso que muerde y mastica mi alma con sus rabiosas palabras” p.83).

Con Bitácora de mujeres extrañas estamos ante la revelación de las intimidades siniestras e infames de ese santuario malogrado de la “familia”, de esa fallida utopía llamada “amor”, de ese babeante hocico de la fiera llamado “sociedad”. Salimos sacudidos de su lectura, porque entendemos, intuimos y confirmamos, que allá afuera, la realidad supera la ficción.

También los invito a mi blog.