Maravillas minúsculas

Las peores pesadillas casi siempre incluyen un insecto: arañas, hormigas, escorpiones, avispas, larvas, mosquitos, langostas, moscas…, casi todos proclives a provocar genera una sensación en primera instancia, de repulsión y después de mordisqueo, de pululación, de inyección, ante el cual siempre nos sentimos vulnerables ante ese burbujeo que linda entre lo carnívoro y lo putrefacto. El ejemplo más cercano, me parece, es el video Lullaby de la banda inglesa The Cure. Cuando por fin pude conseguir el fantástico libro de Pablo Soler Frost, Oriente de los insectos mexicanos (un libro que había buscado por más 10 años) se me revelaron ciertas intuiciones que, creo, todos hemos tenido. Pongo una por ejemplo: “La intuición de que los insectos no proceden, como nosotros, de Dios, es antigua” (p.21), aquí el ejemplo de ese desarraigo vital, sería el Gregorio Samsa de Kafka.

En contraste, los insectos nos maravillan, por su ingeniería y su física, por su fuerza ( con el escarabajo Hércules y muchas hormigas como símbolos), por su organización casi militar, por su “colonización de todo ambiente: hielo, agua, profundidad, tierra, subsuelo, caverna” (p.23), por sus maravillosas metamorfosis (kafkiana o casi sublimes, como las de las mariposas), por sus costumbres (la hormiga, es el único ser vivo, además del hombre “que entierra a sus muertos”, por su fisonomía (Mantis Religiosa), por sus costumbres sexuales y alimenticias… A ello debemos sumar la potencia cultural y económica que provocan, como la industria misma creada por la seda del gusano en el Oriente Lejano. En México, y en ello, se solaza el libro de Soler: la grana cochinilla.

Además, el recuento de las implicaciones mágico-religiosas e históricas de algunos insectos en el México antiguo son dignas de un edición por sí sola, pues, como bien señala, Mircea Eliade “El universo está lleno de connotaciones sagradas”. Quizá tanto asfalto y acero nos provea, habitantes del smog, de un asombro por la flora y la fauna, cada vez más lejana a nosotros


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Cómo sobrevivimos a la bomba

Hay momentos en los que el universo entero cambia y nunca vuelve a ser el mismo. La historia de la humanidad (y la de cada uno de nosotros) tiene varios de estos cruciales puntos de quiebre. El 6 y el 9 de agosto de 1945 cambiaron el mundo, no sólo para Hiroshima y Nagasaki, sino para todos los habitantes de este mundo. Se le llamó el inició de la Era Nuclear.

Después vino el 26 de abril de 1986 en Chernobyl y el 11 de marzo de 2011 en Fukushima. Hoy que el futuro de la humanidad se debate entre la devastación de los recursos renovables, la búsqueda de nuevas formas de energía, el cambio climático y el urgente destino de los recurso hídricos, Andrés Neuman nos entrega una novela que radiografía toda una época: Fractura.

El escritor argentino toma como detonante la tradición japonés de kintsugi: unir las cosas rotas con un pegamento o resina hecho con polvo de platino, oro o plata. La metáfora de la resiliencia y del espíritu mismo del Japón posterior a la bomba atómica, también funciona como el símbolo según el cual todo la humanidad funciona desde 1945 está soldada y pendiente de ese hilo de oro de la esperanza: “Todas las cosas rotas [piensa su protagonista: Watanabe] tienen algo en común. Una grieta las une a su pasado”. Somos nuestras propias cicatrices, ellas son la memoria presente de nuestro pasado.

Para eso, el argentino Neuman se basa en un protagonista (basado en un hecho real) que sobrevive (justo como lo hizo el ginko biloba de Hiroshima), a los dos bombardeos, que vive el Mayo Francés del 68 en París, el auge de la reivindicación de los derechos civiles (el flower power y el black power afroamericano) en Nueva York, la dictadura militar de la Argentina, la España posfranquista y el Japón de la Fukushima convaleciente, siempre narrado por una voz femenina: la pareja del protagonista en cada etapa y sitio. El arco narrativo que se alimenta además de una mirada funcional es pertinente para la metáfora, en términos cronológicos y mercadológicos: ¿podría una historia de la humanidad, al menos de la segunda mitad del siglo XX, no mencionar todos los mencionados arriba?, ¿faltaría el Berlín de la caída del muro, la Cuba castrista?

Neuman se consolida como una de los escritores más importantes en lengua hispana, aunque si me preguntan a mí: no ha superado la contundencia, sencillez, versatilidad y brevedad de Hablar solos.

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El hábito de la traición

La traición “supone” una cobardía y una depravación detestable, decía el Barón de Holbach. Le pongo comillas a la frase del alemán porque creo que no es una suposición sino una confirmación. La traición es detestable porque proviene de alguien aliado, alguien a quien se le había confiado algo (una esperanza, cariño, devoción, etcétera). No por nada Dante puso a los traidores al fondo del embudo del infierno en su Divina Comedia.

Otro italiano renacentista como Petrarca lo podría afirmar: “Todo el mal que puede desplegarse en el mundo se esconde en un nido de traidores”. ¿Podría la Historia explicarse a partir de las traiciones? Justo esas reflexiones llegué después de una suerte de recuento, con distintas graduaciones, de los personajes que sufrieron y infligieron traición en nuestro imaginario occidental: Lucifer, Caín y Abel, Rómulo y Remo, Judas y Cristo, Bruto y Julio César, Los Aztecas y la Malinche o los Tlaxcaltecas, Macbeth, Efialtes, Pizarro y Almagro, sin contar las innumerables intrigas palaciegas de los reyes europeos y los jefes del Vaticano. No cabe duda de que es en la ficción (la literatura sobre todo) donde mejor se les retrata.

La traición puede tener una graduación muy sutil: la infidelidad, la falsía, la infamia, la deserción, la conjura, la negación, la hipocresía, la simulación, la delación. Esta última (el delator, el chivato) es la más penada en el crimen organizado; y, justo como lo decía Dante, es el escalón más denigrante para cualquiera.

Asumir que nos une más de lo que nos separa, como humanidad es probablemente el principio del malentendido. ¿De verdad somos tan civilizados como para convivir en armonía?, ¿no se ha comparado el amor con la guerra?, ¿acaso nuestra animalidad no espera un pequeño despiste para mostrar las garras y los colmillos? 

La intriga y la traición, sin lugar a dudas, venden bien. Y lo hacen porque todos nos vemos reflejados en ella, de alguna forma. La traición como la Historia implica la misma escritura de los vencedores y vencidos.

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Para entender al mexicano

Se vienen fiestas patrias y todo el mundo se va a poner a festejar esa condición inasible pero incomparable de ser mexicano. ¿Qué significa para todos y cada uno de nosotros ser mexicano? El abanico de posibilidades para responder semejante pregunta va desde la fe ciega pasando por el orgullo, la devoción, patriotismo o el reproche. Ser mexicano excede esa obsesión por ponerle sal y salsa a todo, los clichés de los bigotes y esa absurda imagen del ensarapado dormido bajo un cactus.

Los mexicanos somos entregados y arrojados hasta el sacrificio. Somos románticos, aventureros, juguetones y burlones hasta de nuestros propios miedos. Somos arrebatados en nuestros amores y nuestros odios, así como también devotos de nuestras creencias. Y, (asumo mi culpa) como lo acaban de confirmar, también nos encantan las generalizaciones. Pero, sobre todo, corremos el riesgo, para parafrasear a Octavio Paz, de convertirnos en la máscara bajo la cual nos ocultamos: sea esta la broma, la risa, la valentía o la violencia insensata. Un vistazo a las noticias y su inventario de sangre nos lo dejarán en claro

Sabemos de nuestra solidaridad en los momentos de siniestros (temblores, huracanes, catástrofes). Pero también nos caracterizamos por envidiar el privilegio y el triunfo ajeno, al grado de que desde el siglo XIX ya se pensaba en esa fábula de los cangrejos para describirnos. Herederos de la petulancia aristócrata de aquellos aires de grandeza que clamaban el decoro y el hidalguismo español, somos proclives al arribismo y el desprecio. Un ligero atisbo a nuestros Lords y Ladys o las polémicas de nuestras redes sociales nos lo confirmará. Nos fascina (de nuevo Paz tenía razón) ningunear a los ganadores y quejarnos, dos cosas que bien podrían ser devoción nacional, paralelas al guadalupanismo. Somos atrabancados para la crítica, el juicio y la sentencia, y poco claros para ejecutar ese mismo ejercicio frente al espejo. “Así nací y así soy, si no me quieren ni modo” o “yo soy quien soy y no me parezco”, por citar al vuelo, confirman que la canción popular es una muestra sintomática de nuestro inconsciente colectivo.

Confiamos en nuestro ingenio y creatividad, por eso nos atrevemos a apostar por el talento y no por la disciplina, por eso favorecemos la chacota frente al orden. Somos nuestros aciertos y nuestros errores. Por si no había citado a Chava Flores, también somos nuestros sueños [¿a qué le tiras, mexicano?] y nuestras pesadillas. Nuestros actos y nuestras omisiones. En semejante grieta de sentido, somos mexicanos y nos enorgullecemos de las dos caras de la moneda, lo cual implícitamente nos confirma la máscara y el rostro escondido, porque somos bien humanos y bien falibles, nunca superhéroes. Candiles de la calle, nos tropezamos con la congruencia. Somos menos hechos y más amores y  buenas razones. 

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Crónica de un imperio fallido: Noticias del imperio de Fernando del Paso

Me sumergí por casi un mes en las casi 800 páginas del magistral Noticias del imperio de Fernando del Paso. Normalmente rehuyo de los libros de semejante extensión. La vida es corta y la lectura es una inversión de tiempo considerable, por lo que hay que elegir las lecturas para no gastar la vida en polvorines. Pero la historia del siglo XIX, la de personajes como Maximiliano, Carlota y Juárez y la fama misma de la novela eran insoslayables. Además, Fernando del Paso ganó el Premio Cervantes en 2015, el más prestigioso en lengua hispana.

La novela brilla por los delirantes monólogos de Carlota, y destella por sus arranques de furia (pienso en el capítulo en que llena a Maximiliano de adjetivos), de sensualidad (pienso en la que para mí es el mejor pasaje del libro: la miel y las moscas), de simbolismo (me refiero al capítulo en torno al agua). La novela brilla por la exhaustiva investigación no sólo de todo el conflicto entre liberales y conservadores sino también de todo el siglo XIX, incluyendo las dinastías europeas y la historia misma de Europa; también por la ruptura con la pétrea imagen idílica de Juárez. La novela brilla por los atrevidos ejercicios estilísticos de Del Paso: capítulos extensos, oraciones larguísimas, inserción de datos duros así como de suposiciones del autor en torno a la política mexicana y europea. La novela confirma que la historia es mucho menos asequible que una bocanada de humo.

Después de más de 30 años, con el aval de la Academia y sus letrados y exhaustivos investigadores y sobre todo, con el aval de ya varias generaciones de lectores no puedo encontrar peros (a pesar de dos o tres capítulos que nadie extrañaría) a esta joya de la literatura universal. Noticias del imperio es una gran inversión, incluso para los impacientes

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Científicos le ponen fecha a la evolución humana: la agricultura nos cambió hasta la profundidad del ADN.

La introducción de la agricultura en Europa hace 8,500 años cambió completamente la vida del ser humano, directo hasta su ADN.

O así lo afirma un grupo internacional de investigadores, según los cuales es posible ver como actuó la selección natural al explorar ADN humano de la antiguedad.

“Ahora podemos ponerle fecha a la selección y asociarla directamente con cambios ambientales específicos, en este caso el desarrollo de la agricultura y la expansión de los primeros granjeros hacia Europa”, dijo Iain Mathieson de la Escuela de Medicina de Harvard y primer autor del estudio.

Aprovechando las técnicas mejoradas de extracción de ADN y utilizando la mayor colección de datos del genoma humano de los antiguos pobladores conocida en la historia, el equipo pudo identificar los genes específicos que cambiaron durante y después de la transición de la era nómada a la sedentaria.

La mayoría de los cambios ocurrieron en genes relacionados con la estatura, la habilidad para digerir lactosa en la edad adulta, el metabolismo de los ácidos grasos, los niveles de vitamina D, la pigmentación de la piel y el color azul en los ojos. Dos variantes aparecieron que incrementan el riesgo de la celiaquía pero que pudieron ayudarnos a adaptarnos a la dieta sedentaria.

Otras variaciones se hallaron en los genes del sistema inmune. Esto tiene sentido porque “El periodo Neolítico incrementó la densidad de población y la cercanía de la gente con animales domesticados”, dijo Wolfgang Haak, investigador de la Universidad de Adelaide y experto en antropología molecular del Instituto Max Planck para la ciencia de la historia humana.

“Aunque el cambio no nos sorprendió, fue maravilloso ver  la selección natural ocurriendo en tiempo real”, añadió.

Ahora tenemos pruebas de que los seres humanos viajaron de Anatolia a Europa y llevaron la agricultura con ellos. Por más de 40 años, pensamos que era imposible responder esa pregunta” Ron Pinhasi.

El estudio también apoya la idea de que los primeros granjeros que llegaron a Europa vinieron de la antigua Anatolia, en lo que hoy es Turquía y detalla como los grupos de pobladores se mezclaron y migraron.

“Es un gran misterio como las poblaciones humanas llegaron a ser lo que son hoy, tanto en relación a cómo migraron y se mezclaron como en cuanto a cómo desarrollaron las adaptaciones necesarias para sobrevivir en los distintos ambientes”, dijo David Reich, profesor de genética en Harvard. “Ahora que el ADN de los antiguos está disponible para ser estudiado, tenemos un instrumento extraordinario para contestar estas preguntas”.

“Desde una perspectiva arqueológica, esto es sorprendente” digo el co-autor Ron Pinhasi, profesor asociado de arqueología en la Universidad de Dublin. “La revolución neolítica es quizás la transición más importante en la prehistoria humana. Ahora tenemos pruebas de que los seres humanos viajaron de Anatolia a Europa y llevaron la agricultura con ellos. Por más de 40 años, pensamos que era imposible responder esa pregunta”. Además, continuó, ahora tenemos evidencia de que la selección genética ocurrió junto a los cambios en el estilo de vida y la demografía y que continuó aún después de la transición.

Si el lector desea leer el artículo completo está en venta de forma individual o por subscripción a la revista Nature.

 

Historia de Roma (Theodore Mommsen)

Fue un primero de noviembre del año 1903 cuando el filólogo, historiador y jurista alemán Theodor Mommsen falleció. Un año antes, en 1902, le había sido concedido el Premio Nobel de literatura “al más grande maestro del arte de la escritura histórica, con especial referencia a su obra monumental: Una historia de Roma”. De esta última compartimos un fragmento del traductor Alejo García Moreno, hoy en el dominio público por haber fallecido el traductor antes de 1928.

Las primitivas razas de Italia

Ningún relato ni tradición alguna hace mención de las más antiguas inmigraciones de la especie humana en Italia. Aquí, lo mismo que en todas partes, creía la antigüedad que los primeros habitantes habían salido del suelo. Dejemos a los naturalistas el cargo de decidir, por medio de su ciencia, el origen de las diversas razas y sus relaciones físicas con los climas por donde atravesaron. No interesa a la historia ni puede, aunque quisiera, averiguar si la población primitiva de un país fue autóctona o si procedía de otra parte. Lo que sí debe procurar averiguar son, por decirlo así, las capas sucesivas de pueblos que se han superpuesto en aquel suelo. Solo de este modo, y remontándose todo lo posible por el curso de los primitivos tiempos, podrá confirmar las etapas de toda civilización desde que salió de su cuna para recorrer su camino de progreso, y asistir al aniquilamiento de las razas mal dotadas o incultas bajo el aluvión de las marcadas con el sello de un genio más elevado.

La Italia es muy pobre en monumentos de la época primitiva y en esto se diferencia notablemente de otras regiones, ilustres por el mismo concepto. Según las investigaciones de los anticuarios alemanes, la Inglaterra, la Francia, la Alemania del Norte y la Escandinavia debieron de ser ocupadas, antes de las inmigraciones de los pueblos indogermánicos, por un brazo de la rama tchud un pueblo tal vez nómada que vivía de la caza y de la pesca, que fabricaba los instrumentos de que hacía uso con piedra, hueso y arcilla, que se adornaba además con dientes de animales o con dijes de ámbar, y que ignoraba la agricultura y el trabajo de los metales. También en la India las inmigraciones indogermánicas encontraron delante de sí una población de color moreno y poco accesible a la cultura. Pero en vano buscaréis en Italia los vestigios de una nación autóctona desposeída de su antigua morada, aun cuando se encuentren restos de los lapones y los fineses en las regiones célticas y germánicas, y de las razas negras en las montañas de la India. Tampoco encontraréis allí los restos de una nación primitiva extinguida, esos esqueletos de rara conformación, esas tumbas o grutas llenas de despojos de esa especie de banquetes pertenecientes a la edad de piedra de la antigüedad germánica. Nada ha venido hasta ahora a despertar la creencia de que haya existido en Italia alguna raza anterior a la época de la agricultura y del trabajo de los metales. Si realmente ha habido alguna vez en este país una familia humana perteneciente a la época primitiva de la civilización, aquella en que el hombre vivía aún en estado salvaje, esta familia no ha dejado huella ni testimonio alguno de sí, por pequeño que fuera.

Las razas humanas o los pueblos que pertenecen a un tipo individual constituyen los elementos de la historia de la más remota antigüedad. Entre los que más tarde se encuentran en Italia, están los helenos, por un lado, que han venido evidentemente por inmigración, y los brucios y los sabinos, por otro, que proceden de una desnacionalización anterior. Fuera de estos dos grupos entrevemos un cierto número de pueblos, de cuyas inmigraciones nada nos dice la historia pero que reconocemos a priori como inmigrados, y que seguramente han sufrido en su nacionalidad primitiva una profunda modificación a raíz de influencias exteriores. ¿Cuál ha sido esta nacionalidad? Corresponde a la ciencia revelarlo. Tarea imposible, por otra parte, y de la que debería desesperarse si no tuviésemos por guía otras indicaciones más que el hacinamiento confuso de los nombres de pueblos y las vagas tradiciones que se llaman históricas, tomadas de las áridas investigaciones de algunos ilustrados viajeros y de las leyendas sin valor, coleccionadas convencionalmente y con frecuencia contrarias al verdadero sentido de la tradición y de la historia. Solo nos queda una fuente de donde podemos sacar algunos documentos, parciales sin duda, pero auténticos por lo menos: nos referimos a los idiomas primitivos de las poblaciones establecidas en el suelo de la Italia antes de los tiempos históricos. Formados al mismo tiempo que la nación a la que pertenecían, estos idiomas llevaban perfectamente grabado el sello del progreso y de la vida para que no fuera borrado nunca totalmente por otras civilizaciones posteriores. De todas las lenguas italianas solo hay una que nos es completamente conocida, pero quedan bastantes restos de las otras para proporcionar a la ciencia útilísimos elementos. Con el favor de estos datos, el historiador distingue todavía las afinidades y diferencias que existían entre los pueblos itálicos, y hasta el grado de parentesco de sus idiomas y razas. La filología nos enseña que han existido en Italia tres razas primitivas: los yapigas, los etruscos y los italiotas (este es el nombre que damos al tercer grupo); que se dividen a su vez en dos grandes ramas: una habla una lengua que se aproxima al idioma latino, mientras que la otra se aproxima al dialecto de los umbríos, marsos, volscos y samnitas.

Yapigas

Muy poco es lo que sabemos de los yapigas. En la extremidad sudeste de la Italia, en la península mesapiana o calabresa, se han encontrado numerosas inscripciones escritas en una lengua enteramente particular, y que ha desaparecido por completo:[2] restos indudables del idioma yapiga, que según afirma la tradición era completamente extraño a la lengua de los latinos y de los samnitas. Además, si hemos de creer en otras huellas muy frecuentes y en otras indicaciones que no carecen de verosimilitud, la raza y la lengua de este pueblo florecieron también primitivamente en la Apulia. Sabemos bastante de los yapigas como para distinguirlos exactamente de los demás italiotas; ¿pero cuál sería el lugar de su nacionalidad o de su lengua en la familia humana? Esto es lo que no podemos afirmar. Las inscripciones a ellos referentes no han sido todavía descifradas, ni probablemente lo serán nunca. Su idioma, sin embargo, parece remontarse hacia la fuente indogermánica; prueba de ello son las formas de sus genitivos aihi e ihi, correspondientes al asya del sánscrito, al oio del griego. Otros indicios, por ejemplo el uso de las consonantes aspiradas y la completa ausencia de las letras m y t en las terminaciones, establecen una gran diferencia entre el dialecto yapiga y las lenguas latinas y lo aproximan, por el contrario, a los dialectos helénicos. Este parentesco parece estar acreditado además por otros dos hechos: por una parte, se leen con frecuencia en las inscripciones los nombres de las divinidades pertenecientes a la Grecia, y, por otra, mientras que el elemento italiota ha resistido tenazmente las influencias helénicas, los yapigas, por el contrario, las han recibido con una facilidad sorprendente. En tiempos de Timeo, hacia el año 400 de la fundación de Roma (año 350 a.C.), la Apulia es descrita todavía como una tierra bárbara. En el siglo VI (año 150 a.C.), sin ninguna colonización directa de los griegos, vino a ser casi completamente griega, y el rudo pueblo mesapiano deja entrever también las señales de una transformación parecida. Creemos, por otra parte, que la ciencia debe limitar provisionalmente sus conclusiones a esta especie de parentesco general o afinidad colectiva entre los yapigas y los griegos. De cualquier modo, sería temerario afirmar que la lengua de los yapigas no ha sido más que un idioma rudo perteneciente a la raza helénica. Convendrá, sin embargo, suspender todo juicio hasta que se descubran documentos más concluyentes y seguros.[3] Este vacío nos causa, después de todo, poca pena: cuando la historia abre sus páginas, vemos ya a esta raza semiextinguida descender para siempre a la tumba del olvido. La ausencia de tenacidad y la fácil fusión con otras naciones es el carácter propio de los yapigas. Si a esto se une la posición geográfica de su país, hallaremos verosímil la idea de que han sido, sin duda, los más antiguos inmigrantes o los autóctonos históricos de la península. Es indudable que las primeras emigraciones de los pueblos se verificaron por tierra; la misma Italia, con sus extensas costas, no hubiera sido accesible por mar sino a navegantes hábiles, como no puede suponerse que los hubiera entonces. Sabemos que aun en los tiempos de Homero era completamente ignorada por los helenos. Los primeros inmigrantes debieron, pues, venir por el Apenino, y así como el geólogo sabe leer todas sus revoluciones en las capas de sus montañas, así también el crítico puede sostener que las razas arrojadas al extremo meridional de la Italia fueron sus más antiguos habitantes. Tal es la situación de los yapigas, los cuales ocupan, cuando la historia los encuentra, la extremidad sudeste de la península.

Italiotas

En lo que respecta a la Italia central, se remonte cuanto quiera la tradición, se la encuentra habitada por dos pueblos, o, mejor dicho, por dos grupos de un mismo pueblo, cuyo lugar en la gran familia indogermánica se determina mejor que el de los yapigas. Este pueblo es el que llamaremos italiano por excelencia: sobre él se funda esencialmente la grandeza histórica de la península. Se divide en dos ramas: la de los latinos y la de los umbríos, con sus ramales los marsos y los samnitas, y las poblaciones que han salido de estos últimos después de los tiempos históricos. El análisis de sus idiomas demuestra que no formaron en un principio más que un solo anillo en la cadena de los indogermanos, de los que se separaron muy tarde para ir a constituir en otros países el sistema único y distinto de su nacionalidad. Se nota primeramente en su alfabeto la consonante aspirada especial f, que poseen en común con los etruscos, y por la que se distinguen de las razas helénicas, helenicobárbaras, así como también de las que hablan el sánscrito. En cambio, son desconocidas en un principio las aspiradas propiamente dichas, al paso que los griegos y los etruscos hacen uso de ellas constantemente, y no retroceden, sobre todo estos últimos, ante los sonidos más ásperos y rudos. Solamente los italianos las reemplazan por uno de sus elementos: ya por la consonante media, ya por la aspiración simple f o h. Las aspiradas más suaves, los sonidos s, v, j, de las que los griegos se abstienen siempre que les es posible, se conservan en las lenguas itálicas casi sin alteración y muchas veces hasta reciben cierto desarrollo. Tienen además en común con algunos idiomas griegos y con el etrusco que acortan el acento y llegan de este modo algunas veces hasta destruir las desinencias. Pero en este camino van menos lejos que el segundo y más que los primeros. Si esta ley de eliminación de las desinencias finales se observa desmedidamente entre los umbríos, no debe por esto decirse que este exceso sea un resultado propio de su lengua, sino que procede quizá de influencias etruscas más recientes, que se han dejado sentir también, aunque más débilmente, en Roma. Por esta razón, en las lenguas itálicas se han suprimido además de una manera regular las vocales breves que había al final de las palabras, y las vocales largas desaparecen también frecuentemente. En cuanto a las consonantes, mientras que en el latín y en el samnita persisten en su lugar, el umbrío las elimina. Además, la voz media del verbo apenas ha dejado vestigios en los idiomas itálicos: se ha suplido por una forma pasiva enteramente particular terminada en r. La mayor parte de los tiempos se han formado con las raíces es y fu agregadas a la palabra principal; mientras que los griegos, merced a su aumento y a la riqueza de sus terminaciones vocales, han podido prescindir casi siempre de los verbos auxiliares. Los dialectos itálicos no usan el número dual, como tampoco lo usaba el eolio; en cambio usan siempre el ablativo que los griegos han perdido, y algunas veces el locativo. Con su lógica recta y exacta rechazan en la noción de lo múltiple la distinción del dual y del plural propiamente dichos, aunque conservan, por otra parte y con cuidado, todas las relaciones de las palabras según las inflexiones de la frase. Finalmente notamos en el itálico una forma enteramente particular, desconocida hasta en el sánscrito, la del gerundio y el supino: ninguna lengua ha llevado hasta este punto la transformación del verbo en sustantivo.