Miedo al Compromiso

 

Por Lorena Rodríguez

Parece muy sencillo, porque al final solo implica decir: si o no. Pero ¿Qué tanto nos comprometemos en las relaciones sentimentales? ¿Hasta dónde queremos llegar con alguien y qué límites personales tenemos cada uno?

Dicen que el miedo es un mecanismo de defensa que crea nuestra mente cuando percibimos una situación de riesgo. Ahora bien, cuando la situación de supuesto riesgo se produce ante un estímulo positivo, se trata de un miedo irracional y éste siempre tiene como base una inseguridad.

¿De dónde surge la incapacidad para comprometerse? ¿Por qué a veces huimos ante la posibilidad de iniciar una relación estable?

Ese llamado “miedo al compromiso” es ni más ni menos que miedo a lo que el amor implica, al desafío que nos impone estar con otra persona. Pero seamos sinceros y preguntémonos ¿Qué creemos que vamos a perder al momento de estar con alguien? ¿Será un temor a ser invadidos en nuestra intimidad? Y es que el miedo a la invasión es en el fondo el miedo a dejar de ser uno mismo.

Lo primero es entender en qué consiste el amor. Qué pone en juego de nosotros mismos. Cuánto y cómo nos afecta lo que el otro hace y dice. Y por qué a veces ni la relación más intensa y feliz nos salva en ocasiones de sentirnos indefensos.

En México a los 23 años ya se han casado o unido poco más de la mitad de las mujeres mexicanas y 79% de las que permanecen solteras han tenido o tienen una relación de pareja. Además en nuestro país el promedio de duración del noviazgo entre las personas de 15 a 19 años es de 9 meses a 1 año y medio; aunque hay noviazgos efímeros que concluyen en separación algunos se extienden durante muchos años hasta vivir juntos o el casamiento.

El tema del compromiso en las relaciones a veces se le adjudica con mayor frecuencia al hombre, pero dejando de lado el género, deberíamos tener en cuenta que con quien decidimos relacionarnos es otra persona, realmente “otra”, no una prolongación de nosotros mismos. Entonces eso nos llevaría a reflexionar que es posible que llamemos “falta de compromiso” a una actitud que en realidad estamos percibiendo como señal de alarma, como un “peligro”. Pero no es “el otro” quien ha enviado esa señal, sino la propia intensidad de la relación, que reaviva sentimientos muy profundos en nosotros que a veces no sabemos de qué manera enfrentar.

¿Ustedes que tanto se comprometen? y ¿En cuántas ocasiones se descubren saboteando su felicidad?

El verdugo de la expectativa

¿Les ha pasado que cuantos más huevos le ponen a la canasta, más huevos pierden… o más duele la pérdida, la derrota, el fracaso…? Podríamos pensar esta circunstancia en una ecuación incomprobable –porque la vida real nunca acepta parámetros– pero podemos arriesgarnos: a mayor expectativa, menor probabilidad de satisfacción…

Quizá la mejor explicación sea la del amor: tenemos tantas expectativas en un príncipe azul, en una princesa con mil virtudes, que al descubrir que somos todos falibles, nos desilusionamos del amor. A todos nos ha pasado y hemos tomado por consigna al mismísimo Juan Gabriel: “Yo / no nací para amar. // Nadie / Nació para mí…

Lo mismo pasa en la política. Hemos crecido, vivido, y sufrido tantas expectativas con esos malos representantes ciudadanos que se hacen llamar políticos que tenemos el fracaso en la punta de la lengua y la frustración tan a la mano en ese cuchillo que se llama voto de castigo…, o voto útil…, o voto de venganza (como le llamaba Dany Collins).

Los grandes fracasos del sistema representativo en la segunda mitad del siglo XX provienen de esta ruptura entre “expectativa” y “sentido común”. Me explico: ni un político ni un partido político van a solucionar los problemas de una ciudad, de un municipio, de un estado o de un país… es obvio e impostergable aseverar que, para eso, necesitan el empuje de la sociedad civil, organizada o por organizarse. Justo como si persiguiéramos mamuts.

Pero, y he aquí lo crucial, es que, si no lo hacen los políticos y los partidos políticos, entonces no tiene sentido su existencia. Mucho menos el presupuesto y prerrogativas que reciben. Y vaya que en México son muchas.

Es innegable que las expectativas de cambio en este nuevo periodo presidencial son muchas. Y son muchos los resultados que esperamos… pero ¿qué pasará si no cumplen con las expectativas? o, en su defecto si hemos puesto más expectativas de las que son posibles de cumplir. Si queremos apuntar hacia el México que merecemos no podemos dejar nuestros cuestionamientos en pretextos.

Justo en este momento en que parece que inicia la “cuarta transformación”, tenemos que preguntarnos si nuestras expectativas corresponden con las posibles respuestas y soluciones a las mismas; o, de lo contrario, si no le estamos poniendo muchos huevos a la canasta… o si no los pusimos a la canasta adecuada… o si, de plano, fueron muchos huevos mal administrados… ¿Cuál será el parámetro inteligente que responda a esta canasta tan grande que llamamos México?

La Envidia es un espejo

Tu envidia es un espejo. Justo como lo son tus sueños y aspiraciones. En el fondo de la mueca ásperas e insidiosa de la envidia brilla un espejo; un espejo cuyo reflejo tiene distintas acepciones: nuestra reputación, nuestras competencias, el ego, las aspiraciones, las pretensiones o simplemente pura, ociosa y bien agria mala leche. La verdad, para serles sincero, dudo que exista el rey de la simpatía que a todos les caiga como monedita de oro y viceversa.

Los humanos somos seres sociales, pero no escatimamos nunca en la competencia, ya sea la guerra o el amor o todos los grises que haya de por medio. En ese fondo, todos lo sabemos, está nuestra preocupación por el estatus –porque siempre nos estamos comparando con los demás– es el mayor detonante de la envidia. Tenemos tantas ganas de brillar en sociedad que le queremos meter el pie quien sí lo logra… o, en su defecto, regodearnos, como un chicle de muina pura, en nuestra envidia de su triunfo.

Hasta aquí puede que todos coincidamos. No obstante, la envidia tiene una punta que más se nos entierra. Lo dice la ciencia: envidiamos a quienes se parecen más a nosotros, en edad, fisionomía y profesión. ¿Quiénes? Pues nuestros círculos más cercanos: amigos, familiares o vecinos. Seamos claros: es más fácil envidiar a nuestro vecino o a nuestro colega que a Carlos Slim. A ellos los envidiamos, mientras a Slim, o a quienes ustedes quieran poner de parámetro, lo tomamos como una figura aspiracional.

Neurológicamente, la envidia despierta también el dolor físico. En contraste, gozamos, disfrutamos si aquel a quien envidiamos más sufre un fracaso o una derrota, el fracaso de quien envidiamos más, nos causa placer. Y sí, se libera la hormona del placer: la dopamina. Pensadores profundos por siglos, los alemanes tienen una palabra exacta y precisas que solo se usa en estos casos: Schandefreude.

Además, la envidia es privada. Nadie confiesa sus envidias. Ni siquiera cuando es evidente, por la cara de fuchi o el retortijón en la panza.

En otros casos, la envidia colinda con los celos. Pero tiene sus diferencias. Casi siempre, la envidia es unidireccional. Yo te envidio a ti, o al revés. Por el contrario, los celos siempre se dan en triángulos. Eso no lo tengo que explicar, ustedes lo conocen.

Entonces, díganme: ¿qué refleja su envidia?

La terrible discriminación mexicana

“¡Eres un naco!” Puede ser, quizá, uno de los insultos más hirientes de nuestra ya de por sí agresiva forma de tratar a los demás. Y cito ese insulto porque todas las vertientes de “chingar” y “chingada” han perdido su filo de tanto repetirse. Al “naco”, podríamos sumarle el “eres un indio”. Qué difícil es ser mexicano entre mexicanos.

20.2 % de los mexicanos mayores de 18 años han sufrido discriminación, eso reveló la Encuesta Nacional sobre Discriminación (Enadis) 2017. El principal motivo es la  apariencia, le siguen religión, edad, lugar de vivienda, manera de hablar, clase social y orientación sexual.

Prácticamente no hay razón por la cual no nos echemos tierra. Las mujeres fueron discriminadas por cuestiones de género en 29.5% de las ocasiones; 30.1% de la población homosexual reportó discriminación por su preferencia sexual, pero también 19.8% de los heterosexuales.

A 23.3% de los mexicanos se les negó un derecho y los más discriminados por sector fueron los discapacitados, los indígenas, quienes profesan otra religión, las mujeres, los jóvenes y los adultos mayores.

A ello se suman los casos extraordinarios o poco comunes en términos porcentuales o pragmáticos, por ejemplo “rentarle un cuarto a alguien” es un servicio que se negaría en porcentajes de 30 a 40% a: Extranjeros, enfermos de sida, homosexuales, transgéneros y jóvenes. La reticencia se interpreta fácilmente: “No los discrimino, pero no los quiero cerca…”

La discriminación se apuntala en juicios como: “los jóvenes son irresponsables”, “los pobres hacen poco por dejar de serlo” o el típico y lapidario “los pobres son pobres porque quieren”, “los indígenas son pobres por su cultura”. Quizá todo ese arribismo nos quede claro cuando entendamos que, según la OCDE, se tardarían 150 años para ascender a los niveles de población de mayores ingresos. El equivalente a cinco generaciones de 30 años. En Dinamarca sólo se necesitarían dos generaciones y, en Suecia, tres.

Quizá el dato más estremecedor es que 18 % de los hombres y 12% de las mujeres concuerdan en que las mujeres violadas “provocaron” a su agresor…

¿Hasta cuando empezaremos a quitarnos lo cangrejo?