Por ti, Gordo

Hace unos días falleció Roberto el Gordo Fernández Iglesias. Pensé en dedicarle un espacio en esta columna por la importancia que tuvo su trayectoria en el ámbito literario, docente y de promoción de la cultura y la lectura. Pero me interesa más hablar de otra cosa.

Aunque fue poco el tiempo en el que convivimos, tengo que confesar mi gratitud y un entrañable cariño por el Gordo y por Margarita, su compañera y aliada. Un cariño espontáneo y sincero que se nutrió de una madura e inteligente conciencia de que las diferencias, las divergencias nos pueden acercar, cuando se enfocan también las convergencias con la misma medida .

Con admiración, con empatía y con emoción, participé en todos los eventos de tunAstral (y otros también) a los que me invitaron. Pero más importante que la literatura misma que nos convocó (y que lo sigue haciendo), la facilidad con que pudimos acercarnos, humana y genuinamente, no sólo me demostró ese calor humano de ambos, sino incluso me hizo sentirme adoptado de alguna manera. Esa sensación es estremecedora y entrañable para todos aquellos que hemos elegido tener hermanos que no comparten nuestros apellidos; y con Roberto y con Margarita fue, además, gracias y en el relieve de nuestras diferencias (de edades, sobre todo, de posturas, de ideas). Así de grande son sus corazones. Así de devoto mi cariño.

Sé que franqueo las puertas de la intimidad por hablar de algo que excede lo que comúnmente es tema de “nota”. Probablemente, para todos aquellos que lo conocieron más y por mayor tiempo esto que escribo no sea nada nuevo, e incluso puede que me haya quedado corto. Lo cierto es que: Gordo, Margarita, Daniel, les debía estas palabras.

La contundencia de la serenidad

La vida corre a una velocidad trepidante que, muchas veces, no nos deja espacio para hacer el recuento de los años y de los daños, para hacer un corte de caja y proyectar las rutas y caminos a seguir, visualizar los errores y los excesos, corregirlos si el criterio supera el orgullo y la soberbia. Lo urgente nos come y nos evita precisar lo importante, diríamos en términos muy Godínez y oficinescos, es decir, sufrir los bamboleos de los bomberazos. La prisa es el reflejo de imprudencia, de indolencia, de la imprevisión; las cosas sublimes de la vida nunca surgen de la prisa. Como la poesía.

Me refiero a la poesía, en esta ocasión de Félix Suárez. Su poesía es la más refinada de toda su generación. Por ella ha recibido la Presea “Sor Juana Inés de la Cruz, el Premio Nacional de poesía Joven “Elías Nandino” (uno de los más prestigiados), Premio Internacional de Poesía “Jaime Sabines” y el Premio Literatura Estado de México. Es reconocido, además, como uno de los mejores editores a nivel estatal y nivel nacional. Confieso que fue mi jefe en el entonces Departamento Editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México, mucho menos tiempo del que yo hubiera querido. Pero ello no incide en mi juicio respecto a su obra. A Suárez le he leído desde que en la prepa, me iba al Centro Toluqueño de Escritores a ver qué libro compraba con el presupuesto del estudiante. Así leí Peleas y En señal del cuerpo, luego me encontré su ensayo sobre Luis Cernuda, que también ganara un premio ahora extinto. También le he leído desde Castálida, una revista que él mismo fundó y que sigue vigente, entre otras revistas en las que ha publicado.

La poesía de Suárez se enfoca en dos temas: el amor-erotismo y el paso del tiempo, con la devastación que ambas producen a su paso, pero también con una precisión y una economía verbal que no sólo lo acerca al epigrama (como han dicho todos sus glosadores) sino también cerca de la sentencia y el aforismo filosófico, del misticismo religioso al asombro contemplativo. Pareciera que todas y cada una de sus palabras se confrontan a esa prisa que señalé arriba. La segunda antología, que yo conozco, sobre su obra corrió a cargo del Fondo Editorial del Estado de MéxicoTambién la noche es claridad. La colección, ya la había alabado aquí por la belleza de las ediciones y por la pertinencia de su publicación, sumado a la consolidación de los que algunos llaman la “literatura mexiquense” contemporánea. En ese sentido, la obra de Félix es una de las más logradas. Propongo por ejemplo un poema como “Parte de guerra”

Y yo,

al otro lado de mi corazón,

entre una latitud de reinos

y dioses abolidos,

            oía de noche,

oía muriendo,

la lucha inútil,

el combate ya perdido,

de los ángeles del cielo.

Por mi parte, me voy a tomar un tiempo para leerle con más calma, sin prisa, porque se lo merece.

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El paraíso de la infancia, la poesía de Jesús Bartolo

La poesía puede parecernos lejana, cursi, complicada, o de plano, un lujo del entretenimiento que oscila entre la pretensión de intelectualidad y la pérdida del tiempo “productivo”, sí, ese que nos exige la cultura del capitalismo salvaje en la que hasta el descanso tiene que ser capitalizado. Dentro de la denominada “literatura mexiquense”, incluso en un lindero todavía más endeble, está la obra de Jesús Bartolo. Si bien el escritor nació en Atoyac, Guerrero, gran parte de su vida y trabajo se ha dado en el territorio del Estado de México.

Herederó de los últimos esfuerzos del Centro Toluqueño de Escritores, ahora redivivo, Jesús Bartolo tiene una voz propia potente y contundente. Su retórica es arrebatadora, intensa y entrañable, lo que se suma a la cercanía de sus temas: la añoranza de la infancia (ese paraíso perdido en el que nos forjamos todos), las pérdidas familiares (la de Abuela por encima de todo; la del padre, tan sintomática en el imaginario mexicano), el amor y sus vehemencias, todo ello siempre en el marco del paisaje y la fronda vegetal y animal de un trópico que nos revela nuestra Tierra Caliente.

Afortunadamente me acerqué a Diente de león, ganador el tercer lugar del Certamen Internacional de Literatura Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz en 2010, convocado por el Consejo editorial de la Administración Pública. Si bien el poemario es el más barroco de su obra, las impresiones provocadas por la curandera en el sujeto lírico son impactantes por la cantidad de imágenes del libro. Años después, obtuvo la Mención Honorífica en el Premio Internacional de Poesía “Gilberto Owen Estrada”, convocado por la Universidad Autónoma del Estado de México, por su libro: En las lágrimas de la Abuela nunca retoñó un paquidermo. El poemario es una entrañable declaración de orfandad que gira en torno al recuerdo de la Abuela, tan caro para el poeta, como respecto a un padre desaparecido en los torbellinos de la guerrilla setentera de nuestro país. Me parecen sus dos poemarios más importantes, y si me apuran, los primeros que hay que leerle.

La Colección Summa de Días, de la que ya hemos hablado en esta sección, le dio cobijo entre sus acertadas publicaciones con el título Memoria de nuestro polvo. Me parece no sólo una gran decisión haber publicado a una de las voces más creativas, genuinas y cautivantes de la poesía escrita, hoy por hoy, en el Estado de México.
En esta antología se puede leer un muy titubeante, pero encantador Las regresiones del mar, publicado hace 20 años en 1997. El responso del gato es un ejercicio fabuloso en torno al misticismo del gato y su ausencia (porque nos duelen las partidas de nuestras mascotas). Bartolo se pone experimental con un poema-teatral en No es el Viento el que disfrazado viene, que tiene también sus dosis de seducción sin caer en la verbosidad, en la que, me parece, se excede Iconografía de un duelo y Una vaca tengo.
De cualquier forma, el libro, leído a sorbos, es un verdadero deleite. Nos deja un sabor de nostalgia que nos exige una pausa para tomar aire. Y uso esa metáfora en términos atléticos y simbólicos. El ejercicio de la crítica, así como el de la difusión, la divulgación y la promoción de la lectura, no son trincheras para alejar al público, ya de por sí escaso de literatura y mucho menor aun para la poesía. Yo prefiero recomendar lo que me gusta. Como lector, como docente y como adicto a los libros. La queja y el reproche son armas fáciles para los pretenciosos.
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Hacerse de palabras, de Alfonso Sánchez Arteche

Cuando uno se elige a un autor (literatura, música o cine), cuando lo etiqueta con ese beneplácito de “favorito”, asume también todas las aristas de su producción. Y arriesga unas horas de vida (que ya es decir mucho) para confirmar que un estilo, una temática, una característica específica, es nuestra predilecta. De la misma forma, nos arriesgamos a equivocarnos, un privilegio que todos deberíamos darnos; nos arriesgamos a discernir entre aquello que no logra el estándar de exigencia y aquello que lo supera.

Confieso que prefiero el perfil literario de Alfonso Sánchez Arteche, en contraste con sus trabajos historiográficos. De todas las plumas del Valle de Toluca me parece la más versátil, sofisticada, flexible, en conclusión, la mejor. Y lo digo por el deleite lúdico que me provocaron las versiones, divertidísimas, de los mitos que puede uno leer en el Génesis apócrifo. Afortunadamente, el Fondo Editorial del Estado de México lo reeditó, con gran éxito, por cierto. La edición original (de principio de los 90) la presté, no me la regresaron, y nunca la volví a encontrar en las ya casi extintas librerías de viejo de Toluca.

Afortunadamente, la poesía de Sánchez Arteche fue compilada en la serie Summa de Días, de la que ya hemos hablado en este Atril de Lupas. Hacerse de palabras reúne casi 40 años de labor poética de uno de los toluqueños de cepa que mejor se ha adentrado en la poesía, tanto en sus formas (sonetos perfectos, haikus, poemas largos) como en sus temas (Toluca, la mitología prehispánica, el amor, el erotismo, la muerte). Pongamos un ejemplo: [TEPALCANTOS/ Bodegón]: “Engastada una nuez en tu garganta,/ entre tus muslos un durazno: /¿Qué joyero labró en ti tan delicada  pedrería?” (p. 123).

Si existiera un top ten de lo que se publica en Toluca, Hacerse de palabras estaría en en esa lista. Y es que no podemos negar que una recomendación nunca es imparcial. Y yo no pretendo serlo, primero, porque prefiero sumar que restar, es decir, recomendar que quejarme o criticar; y segundo, porque recomiendo lo que a mí me gusta leer, en estilo y en temática. Ese es mi riesgo. Y con Hacerse de palabras, al igual que con Génesis Apócrifo, no me he equivocado. Al contrario, he salido ganando.

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