Los pilares invisibles

“El éxito de la vida no está en vencer siempre, sino en no desanimarse nunca”, así decía Napoleón. Y vaya que sabía de batallas: en las trincheras, en la política, en la cancha, en la cama. Los genios siempre andan en un nivel por encima de nosotros, los peatones. Y la historia está lleno de ellos. Pero, ¿quién acompaña a los genios?, ¿con quiénes comparten los triunfos y las preseas?, ¿con quiénes las innúmerables derrotas que preceden a los trofeos? Quizá ahí reside la mayor demostración del material inasible del éxito: el sostén anímico para no desanimarse y mandarlo todo a la mierda.

La novela de Yanick Grannec La diosa de las pequeñas victorias narra esas secretas e íntimas victorias, íntimas y caseras, muy probablemente para evidenciar los pilares “invisibles” de los genios. Ya saben, “detrás de un gran hombre…” Para Grannec importa menos la biografía del grandioso matemático y lógico Kurt Gödel (con quien Einstein solía pasear) que su evanescente esposa: Adele. A ella, arrumbada en un asilo, se le suma una investigadora académica Anna, quien tiene que convencer a la anciana de acceder a su archivo personal. El de la familia Gödel, se entiende. Ambas terminan queriéndose, en una suerte de mezcla del síndrome de Florence Nightingale y el síndrome de Estocolmo, que entrañables hasta el tuétano.

De paso, Grannec le da una lengua mordaz como la de toda abuela. Que conste que la autora confiesa haber inventando todo. Con el vértigo de la literatura comercial, pero con una construcción de personajes y atmósfera de altos vuelos, resalta la inteligencia sutil y contundente de los diálogos, los hace brillar y confluir en la historia. Por ejemplo, cómo sería una carne asada (nuestro equivalente a una cena) con Einstein y Von Neumann en los años cincuenta. Además, refleja el ambiente tenso de las universidades más prestigiosas del mundo, las de la Ivy league en la posguerra. De paso le da un repaso histórico al siglo XX, desde la Gran Guerra hasta los años 80, pasando por los nazis, la bomba y la carrera nuclear, sin olvidar la intimidad de una pareja dispar, sobre todo por la neurosis de Kurt.

Les comparto unas pequeñas perlas de la novela

  • El sufrimiento no es una competición. El luto puede aliviar. A veces, el recuerdo de la persona ausente es más soportable de lo que era su presencia
  • – Cada nueva generación está convencida de haber inventado la juerga y la desilusión. la desesperación nunca pasa de moda, igual que la nostalgia.

– La nostalgia también es una droga

  • – En Time [dice leí un artículo donde lo citaban [a Kurt Gödel] como una de las cien personas más importantes de este siglo [dice Ana]

– En esa lista también estaba Hitler. A ése prefiero olvidarlo [responde Adele].

– Hitler también cambió la Historia. A su imagen y semejanza.

– No creo en el diablo. Sólo en la cobardía colectiva. Es la cualidad humana más extendida, junto con la mediocridad. ¡y yo también me incluyo, no se crea!

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El México que no queremos

Hay muchas cosas en las que podemos no estar de acuerdo, pero sabemos perfectamente en las que estamos de acuerdo. El México que no queremos es el que se encuentra dominado por monopolios, encarcelado en el único ojo de sus medios de comunicación y con una educación manipulada. ¿Les suena familiar?
Ese es, digamos, el punto de partida de una sarcástica distopía ofrecida por Jaime Alfonso Sandoval en Mexicoland. Afortunadamente es una fabulación ficticia de un México inexistiente (¿e improbable?) posterior a un enfrentamiento civil. Afortunadamente también es solo un ejercicio novelístico que deja un muy peculiar sabor de boca, como lo hace todo el humor negro. Mexicoland es una fusión de distopías reales y ficticias. Se nota la presencia de 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley, los regímenes chino y ruso, incluso un poco de Los juegos del hambre de Suzanne Collins…, pero a estas alturas, las distopías ya son una moda como modelo comercial editorial, y poco falta para que empiece a convertirse en un panorama político este siglo XXI.
Se ha planteado que la literatura española heredó al mundo el género picaresco, en el que un niño o puberto sufre todo tipo de aventuras, con mucha jiribilla y burla hacia esa idea del decoro (algo así como el honor y el linaje) tan español. La novela es un tobogán de aventuras para el protagonista: Cuauhtémoc Rojo, en un tono picaresco, en un México distópico, emplazado en una megalópolis que supone la fusión de Puebla-Cuernavaca-Tlaxcala-CDMX-Toluca-Querétaro-Pachuca. A todo ello se suma un fuerte y complejo sistema de representaciones de las mitología maya y azteca, que le dan un toque no sólo culto, sino travieso.
A la novela no le falta nada: persecuciones, teorías de la conspiración, romance, deporte, revelaciones…, un tren de carcajadas que implican también un guiño a la tragedia, construida de manera impecable en arcos narrativos. Ojalá alguien la lleve a la pantalla, sería muy divertido.

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Cómo sobrevivimos a la bomba

Hay momentos en los que el universo entero cambia y nunca vuelve a ser el mismo. La historia de la humanidad (y la de cada uno de nosotros) tiene varios de estos cruciales puntos de quiebre. El 6 y el 9 de agosto de 1945 cambiaron el mundo, no sólo para Hiroshima y Nagasaki, sino para todos los habitantes de este mundo. Se le llamó el inició de la Era Nuclear.

Después vino el 26 de abril de 1986 en Chernobyl y el 11 de marzo de 2011 en Fukushima. Hoy que el futuro de la humanidad se debate entre la devastación de los recursos renovables, la búsqueda de nuevas formas de energía, el cambio climático y el urgente destino de los recurso hídricos, Andrés Neuman nos entrega una novela que radiografía toda una época: Fractura.

El escritor argentino toma como detonante la tradición japonés de kintsugi: unir las cosas rotas con un pegamento o resina hecho con polvo de platino, oro o plata. La metáfora de la resiliencia y del espíritu mismo del Japón posterior a la bomba atómica, también funciona como el símbolo según el cual todo la humanidad funciona desde 1945 está soldada y pendiente de ese hilo de oro de la esperanza: “Todas las cosas rotas [piensa su protagonista: Watanabe] tienen algo en común. Una grieta las une a su pasado”. Somos nuestras propias cicatrices, ellas son la memoria presente de nuestro pasado.

Para eso, el argentino Neuman se basa en un protagonista (basado en un hecho real) que sobrevive (justo como lo hizo el ginko biloba de Hiroshima), a los dos bombardeos, que vive el Mayo Francés del 68 en París, el auge de la reivindicación de los derechos civiles (el flower power y el black power afroamericano) en Nueva York, la dictadura militar de la Argentina, la España posfranquista y el Japón de la Fukushima convaleciente, siempre narrado por una voz femenina: la pareja del protagonista en cada etapa y sitio. El arco narrativo que se alimenta además de una mirada funcional es pertinente para la metáfora, en términos cronológicos y mercadológicos: ¿podría una historia de la humanidad, al menos de la segunda mitad del siglo XX, no mencionar todos los mencionados arriba?, ¿faltaría el Berlín de la caída del muro, la Cuba castrista?

Neuman se consolida como una de los escritores más importantes en lengua hispana, aunque si me preguntan a mí: no ha superado la contundencia, sencillez, versatilidad y brevedad de Hablar solos.

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Reparar a los vivos

Hace unas semana se realizó una donación múltiple de órganos (hígado, riñones y córneas), por primera vez, en Guerrero. La madre de un niño de 11 años aceptó ceder los órganos de su hijo(a), fallecido(a) a causa de una malformación de las arterias y las venas del cerebro que le causaron muerte cerebral. Cinco infantes fueron receptores de los órganos, cinco niños y niñas en Hospitales del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado (Issste) y del Instituto Mexicano del Seguro Social en Puebla y la Ciudad de México. Intento redactar de la manera más imparcial, pragmática, ecuánime y objetiva, como dictan los cánones del periodismo, pero releo el resumen de la noticia y me sigo estremeciendo. La situación no sólo real sino impactante: por el niño fallecido, por la actitud de la madre, por los niños receptores de los órganos, por las bendiciones de la ciencia, por los azares del destino…

Kafka decía “sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, para qué molestarnos en leerlo”. La francesa Maylis de Kerangal escribió en Reparar a los vivos uno de esos puñetazos, con los que uno resiente la quijada, el aliento, las fuerzas y el espíritu. La novela trata precisamente sobre la donación de órganos. Su prosa es afilada, rítmica, devastadora, con una investigación sobre todos los procesos médicos y burocráticos en Francia para un suceso de tal magnitud, urgencia e importancia. Recuerda por momentos los toques metafísicos, casi místicos que intentó plasmar Alejandro González Iñarritu en 21 gramos, que a mi gusto, se perdieron en su juego laberíntico de tomas, contra tomas, tiempos narrativos. Kerangal se apoya más en la viñetas (profundas, reflexivas, poéticas) que amplían el abanico de causas y efectos de la donación, más que en la tragedia de los protagonistas, como lo hizo el cineasta mexicano en la película.

Kerangal lo hace todo casi de manera cronológica, con muchas digresiones, que abonan en la intensidad con la que los protagonistas (los padres del fallecido, sus amigos y pareja, los médicos y los beneficiados) viven y sufren todas las etapas: el duelo, la confrontación, la resignación y la esperanza por parte de los padres; así como la devoción a la ciencia, la imparcialidad, la diplomacia del médico. No cuento más porque le quitaría sabor al libro. Y me pregunto si hay obras  de semejante calibre literario o periodístico (dado que me parece más probable una crónica que una novela) en los países hispanohablantes con respecto a esa temática. ¿Cuáles son las trabas, características, efectos, de casos como el que menciono al principio de esta columna?

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Hacerse de palabras, de Alfonso Sánchez Arteche

Cuando uno se elige a un autor (literatura, música o cine), cuando lo etiqueta con ese beneplácito de “favorito”, asume también todas las aristas de su producción. Y arriesga unas horas de vida (que ya es decir mucho) para confirmar que un estilo, una temática, una característica específica, es nuestra predilecta. De la misma forma, nos arriesgamos a equivocarnos, un privilegio que todos deberíamos darnos; nos arriesgamos a discernir entre aquello que no logra el estándar de exigencia y aquello que lo supera.

Confieso que prefiero el perfil literario de Alfonso Sánchez Arteche, en contraste con sus trabajos historiográficos. De todas las plumas del Valle de Toluca me parece la más versátil, sofisticada, flexible, en conclusión, la mejor. Y lo digo por el deleite lúdico que me provocaron las versiones, divertidísimas, de los mitos que puede uno leer en el Génesis apócrifo. Afortunadamente, el Fondo Editorial del Estado de México lo reeditó, con gran éxito, por cierto. La edición original (de principio de los 90) la presté, no me la regresaron, y nunca la volví a encontrar en las ya casi extintas librerías de viejo de Toluca.

Afortunadamente, la poesía de Sánchez Arteche fue compilada en la serie Summa de Días, de la que ya hemos hablado en este Atril de Lupas. Hacerse de palabras reúne casi 40 años de labor poética de uno de los toluqueños de cepa que mejor se ha adentrado en la poesía, tanto en sus formas (sonetos perfectos, haikus, poemas largos) como en sus temas (Toluca, la mitología prehispánica, el amor, el erotismo, la muerte). Pongamos un ejemplo: [TEPALCANTOS/ Bodegón]: “Engastada una nuez en tu garganta,/ entre tus muslos un durazno: /¿Qué joyero labró en ti tan delicada  pedrería?” (p. 123).

Si existiera un top ten de lo que se publica en Toluca, Hacerse de palabras estaría en en esa lista. Y es que no podemos negar que una recomendación nunca es imparcial. Y yo no pretendo serlo, primero, porque prefiero sumar que restar, es decir, recomendar que quejarme o criticar; y segundo, porque recomiendo lo que a mí me gusta leer, en estilo y en temática. Ese es mi riesgo. Y con Hacerse de palabras, al igual que con Génesis Apócrifo, no me he equivocado. Al contrario, he salido ganando.

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Cuatro libros para asomarse al amor de hoy

“Después de todo, la definición romántica del amor -hasta que la muerte nos separe- está decididamente pasada de moda”. Así de categórica y contundente es la realidad. Y esa es una de las tantas aseveraciones que el recientemente fallecido Zygmunt Bauman hace en Amor líquido. El sociólogo hace un gran ejercicio intelectual para estampar una panorámica de cómo se ejerce el amor en nuestro tiempo “posmoderno”, globalizado, estresado, plagado de vacíos y ajetreos. Aunque el contexto es mucho más evidente en los países de primer mundo, occidentales para ser más precisos, en América Latina son cada vez más evidentes las falencias de ese concepto místico, trascendental, escatológico, mitificado: el amor. Si uno se asoma a este libro después de haberse sumergido a La llama doble de Octavio Paz o en la época del crecimiento emocional sobre la vida (me refiero a esa edad entre la pubertad y la madurez, digamos entre los 14-24), entonces sabríamos entender mejor nuestras propias expectativas. Incluyendo esa cuerda floja frente al espejo: “Lo que amamos es el estado, o la esperanza, de ser amados”

Del lado de la ficción, Cicatriz de Sara Mesa narra la historia de un amor nacido y provocado en una sala de chat. Pero no es una relación sencilla (si es que alguna lo es), la protagonista, Sonia, sabe de la perversidad del otro, Knut, la percibe pero no la niega ni se aleja. Se deleita con ella aunque no lo acepte, se regocija en esa perturbadora conciencia de disfrutar la humillación, la violencia (simbólica, verbal, psicológica, sobre todo) y la abyección, de manera activa y pasiva. En la prosa limpia, geométrica, concentrada y paciente de Sara Mesa nos descubrimos en la oscuridad de los personajes.

En la poesía, como un ejercicio de devoción y sinceridad, el erotólogo mexicano por excelencia, Alberto Ruy Sánchez, nos entrega en Luz del colibrí un poemario sobre las emociones y el placer que le provoca despertar junto a su pareja. A ello hay que sumarle el hecho de que está dedicado a su esposa, con quien tiene una relación de más de veinte años de matrimonio. El amor, sus manifestaciones, sus declaraciones y el halo que le acompaña siempre convoca a los superlativo, a lo hiperbólico. En el caso del poemario hay, por el contrario, una equilibrada manifestación de algo que es casi una excepción: la confirmación de que la capacidad de asombro puede mantenerse viva, a pesar del tiempo y de la costumbre.

Y ya como un bono extra, está la experimentación estilística de Alejandro Zambra. El escritor chileno cinceló una joya en Bonsái. En menos de 120 páginas, Zambra una historia de amor simple, normal y casi común. Pero lo hace con una maestría que no sólo logra engancharnos sino, además, convertirla en una entrañable sacudida al lector. Como hacen los buenos libros… como hacen las buenas historias.

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Los 100 años de mis Diablos

Este domingo 12 se cumplen 100 años del Deportivo Toluca F.C. Más allá de la grandilocuencia de los fanáticos de cepa y los villamelones, sumado al contraste de los haters a los que nunca les gusta nada (quienes inundan las redes sociales con su reducido criterio), el centenario de los Diablos nos da la oportunidad para hablar de algo más que de futbol y de la institución misma.

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La memoria se guía por momentos emotivos, específicos y puntuales, de dicha o de desgracia. No recuerdo, por ejemplo, nada del temblor del 85. Suena lógico, tenía tres años. Pero sí recuerdo muy bien que no pude ver a Julio César Chávez pelear y batir al Macho Camacho, a causa de uno de los primeros pago por evento. Recuerdo sí muy bien mi infancia marcada por la legendaria demostración de Michael Jordan y los Bulls de Chicago, al grado de querer convertirme (a pesar de mi escueta fisonomía) en basquetbolista, como muchos de mi generación. También recuerdo, mucho mejor, los años esperanzadores de la selección de Mejía Barón. El gol del medio de Toluca, Marcelino Bernal, a Italia. El extraordinario mundial del lateral derecho, Jorge Rodríguez, a quien pocos años después encontré jugando en la cancha de Las Marinas, con el equipo de unos vecinos de mi colonia. Tenía doce años y los Diablos recién habían salido de problemas de descenso, con temporadas de altas y bajas, con jugadores como Marcos Ayala, Horacio Humoller o el siempre fiestero Nidelson da Silva Melo, entre otros. Antes de ellos, mi memoria, como en el caso del 85, es una neblina fangosa.

Eran los años previos a la época dorada bajo el mando del Ojitos Meza y con Cardozo a la cabeza. En el festejo de ese primer campeonato, después de más de veinte años de sequía, recuerdo la euforia en Los Portales y su inundación de clamores, gente aventándose espuma, mientras emergían en mi pecho los fervores del triunfo junto con los primeros hervores del amor.

La ciudad, los Diablos y mi memoria comparten un discurrir en riberas paralelas, que se comparten y cruzan. Mi vida ha tenido de fondo a Toluca y a sus Diablos.

La ciudad se ha ido transformando, todos hemos sido testigos de ello mientras lo Diablos siguen ahí, en esa presencia entrañable que significan los equipos para un espectador, para un aficionado. No siempre juegan (ni ganan) tan bien como yo quisiera. Pero así es el deporte, la confrontación continua con los límites de lo humano, en esfuerzo, en devoción, en sacrificio.

En El año en que se coronaron los Diablos de Eduardo Osorio uno puede presenciar esa transformación. Particularmente la de la Toluca -casi-pueblo hacia la modernidad de la ciudad con su sobredosis de asfalto, hierro y vidrio. La novela de Osorio está llamada a convertirse, por su temática, por su estilo, por su personajes entrañables y hasta hace poco reconocibles, en un clásico de la “literatura mexiquense”. A mi gusto la novela que mejor merece ese apelativo dentro de esa denominación. Sus momentos poéticos se combinan con los éxtasis deportivos y los emotivos pasajes de remembranza. Yo festejo la novela, la recomiendo. Y me subo a sus páginas para conocer ese otro Deportivo Toluca, que también festeja sus cien años,  y esa otra ciudad de Toluca que no conocí.

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Crítica de libro: Que viva la música

Tengo que confesar que aún no he visto la película. Y no hace gran falta porque la novela de culto ¡Que viva la música! del colombiano Andrés
Caicedo poco puede verse reflejada, en su esplendor. ¡Que viva la música! es una novela de culto que hasta hace poco era más una de esas leyendas urbanas, difícil de encontrar como un tesoro arqueológico. Pero hace poco ya se podía comprar en México en la tienda amarilla con morado.

Después de leerla, confirmé su caracter de “culto”, porque tiene una escritura, un estilo y un léxico que no se leía en la literatura colombiana, sumida en el halo místico del realismo mágico de García Márquez y que a penas vislumbraba a sus hijos rebeldes: el Grupo McOndo. Caicedo se sumerge en la oralidad más profunda de su ciudad, en el juego vanguardista de la ortodoxia narrativa. Sucia, si la comparamos con el sofisticado estilo de García Márquez (pocos hay que puedan comparársele y salir avantes); pero es precisamente en esa suciedad, en la sordidez misma del juego verbal con que el barrio se respalda verbalmente, sólo que en impreso. Por ello, es que Alberto Fuguet lo encumbra como el primer enemigo de Macondo (y lo adora más allá de lo literario, como se descubre en el prólogo).

El estilo de Caicedo llega a ser pesado, cansado para un lector que no comparte el slang de Cali. Y estar adivinando cómo hablaban los estratos burgueses y los del arrabal en 1977, créanme, es complicado. Pero no por ello, deja de ser asombroso ese periplo infernal de la protagonista: La Rubísima. Un descenso al infierno que cumple también una línea musical y socioecónomica: de la zona alta, rica, blanca y burguesa de Cali cuyos yuppies escuchaban a los Rolling Stones a la casi sumergida barriada salsera, negra, pobre, rabiosa y muy reactiva. Y no es nada para obviar el diluvio de referencia musicales en una de las capitales mundiales de la salsa, comandadas desde el título por el percusionista más cercano a Miles Davis: Ray Barreto. Si Bajo el volcán es la novela sobre el mezcal, ¡Que viva la música! bien podría ser la novela sobre Cali o sobre la salsa.

Conforme dentro de la historia la protagonista hace su viaje, real y simbólico, también va descubriendo otros placeres gemelos a la música: el sexo y la drogas. Los excesos siempre convocan a los héroes de nuestra época, los héroes románticos de la farándula musical, incluyendo el Club de los 27.

Finalicemos, pues, con una cita sintomática de la novela:

“El sexo es el acto de las tinieblas y el enamoramiento la reunión de los tormentos. Nunca esperes que lograrás comprensión con el sexo opuesto. No hay nada más disímil ni menos dado a la reconciliación. Tú, practica el miedo, el rapto, la pugna, la violencia, la perversión y la vía anal, si crees que la satisfacción depende de la estrechez y de la posición predominante” (228)

 

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Los mejores libros que leí el 2016

Sé que suena petulante el título. ¿Quién soy yo para decir qué es bueno y qué es malo? ¿Cómo puedo hacer un corte de caja de una tarea tan titánica como abarcar todos los libros publicados en un año? Las respuestas evidentemente son muy claras e irrebatibles. Es difícil aceptar nuestras propias limitaciones.una-tumba-para-boris-davidovich

Soy un peatón cualquiera, lo sé también. Y esa es precisamente mi trinchera, la del amigo que recomienda algo que le gusto, el murmullo aprobatorio que va del asombro a la fascinación. Y esa inmiscuye los parámetros de libros muy cercanos en cuanto a su publicación, traducción a nuestra lengua; básicamente son libros que encontré en la mesa de novedades o me los prestó algún amigo.

Sin más ni más, empiezo con Danilo Kis, Una tumba para Boris Davidovich. Un libro de Breve antología de poesía mexicana impúdica, satírica y burlesca. Interdicta, anónima y popular; Juan Domingo Argüellescuentos trepidantes de outsider del régimen que terminan inmiscuidos en la paranoia de la persecución gubernamental. Kis es un autor que poco se ha traducido del checo al español, pero que es fácilmente alcanzable en cuanto estilo y ritmo.

Si usted gusta del humor con jiribilla esta es la opción: Breve antología de poesía mexicana. Impúdica, procaz, satírica y burlesca. La compilación de Juan Domingo Argüelles es una joya de ese peculiar diente afilado de los mexicanos, y ve plumas tan sofisticadas como Salvador Novo hasta el dominio pMéjico; Antonio Ortuñoopular. Demuestra, además, que la poesía tiene tantos registros como historia la humanidad

 

En ese mismo tenor, Méjico de Antonio Ortuño. Más afilada la sátira, más ágil la prosa, más rápida la anécdota picaresca de un linaje que parece condenado a triunfar en el chanchullo, casi siempre de bote pronto. Ortuño se percibe mucho menos agobiado en conseguir La Obra Maestra, y se nota a leguas que se divierte cuando escribe. Eso vale mucho más que las pretenciones ociosas de la grandeza de muchos artistas,de todas las disciplinas.

Con desobras-completas-antonio-calera-grobet-libro Sobras completas de Antonio Calera Grobet, Sobras completas, nos sumergimos en la poesía de esos banquetes que degusta el paladar, líquidos y sólidos. Y también se adentra uno, que es un pobre peatón, a una cantidad inimaginable de placeres que provienen de ese corazón del hogar: la cocina. Pero si quieren más detalles, aquí les dejo el vínculo con lo que ya hablamos de este libro.

 

Las sorpresas son como las libres, brincan donde uno menos se lo espera. Uno de mis alumnos, de primer semestredescarga-4, me convenció de que leyera el libro que a él lo había dejado fascinado. Y tenía razón. En las tierras bajas de Herta Müller es una de esas demostraciones del que el Comité del Premio Nobel de Literatura acierta mucho más de lo que se equivoca

 

No puedo negar mi aficción al buen gusto de la editorial toluqueña Bonobos. Dentro de su exquisito y vanguardista catálogo Farmacotopía de Oscar David López es una de esas perlas que conjugan la insolencia con el atrevimiento y los desplantes de los rockstalopez-portada-farmacotopiar o de los poetas malditos. El libro es una alucinación poética y lingüística que hace gala de peripecias verbales, escriturales y tipográficas de un autor que sigue dejando una estela brillante de poesía, del que también ya habíamos hablado en este espacio.

 

Uno de los libros más atrevidos en mucho tiempo es Los que hablan de Mauricio Montiel F. El libro combina las temáticas de paranoia, persecución, vigilancia, en diálogos que son “ilustrados” por las imágenes fotográficas que el autor tomó motu proprio. El libro tiene el sello característico de la genialidad de Alejandro Magallanes, uno de los d9786073133890iseñadores editoriales, creo yo, con mayor impacto a nivel latinoamerica, y que han convertido a Editorial Almadía en una marca registrada, con santo y seña perfectamente identificable.

Después de años de buscar en librerías de viejo sin encontrar esta novela, De Bolsillo, quizá aprovechando la coyuntura de la película basada en la novela Que viva la música, editó este clásico de Andrés Caicedo. La novela demuestra con creces la causa por la cual tiene tanta fama. Una guapa burguesa se enredada en el torbellino del alcohol, las drogas, el sexo, el rock y la rumba para hacer un descenso al infierno que parece un viaje turístico de Cali, Colombia.

Anndescargae Carson es una leyenda de la poesía. El caso de Albertine (rutina de ejercicios) es una demostración de un ejercicio profundo de lectura y de escritura, pero sobre todo de comprensión estética (cómo funciona la ficción y cuáles son sus espadas de Damocles. Ligero y, casi, para expertos, este es el más literario (metatextual si nos ponemos académicos) de toda la lista.

Si bien yo prefiero a Pelé, La mano de Dios de Paolo Castaldi, es una joya editorial publicada por Rey Naranjo. El carisma de Maradona me quedó mucho más claro con esta novela gráfica que me prestó mi jefe superior inmediato(el melómano más intenso que conozco: Marinho Aguilar). Los gráficos son sencillamente brutales, la historia de pronto revela sus costuras mal cocidas, pero hay capítulos que por sí solos son diamantes. Sobre todo para los que nos gustan los deportes.

maradona

Después de este recuento, no me queda más que incitarlos a comprobar mi buen o mal gusto.

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La Isla del Tesoro (Robert Louis Stevenson. Fragmento)

Un 13 de Noviembre de 1850 nació en Edimburgo, Escocia Robert Louis Stevenson. De prosa ágil y directa está entre los autores de aventuras más afamados. El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, la Isla del Tesoro y la Flecha Negra se han llevado innumerables ocasiones a la pantalla grande y se encuentran presentes en la memoria colectiva de la humanidad. Hoy, les presentamos un fragmento de la Isla del Tesoro, donde el grupo de los amotinados se enfrente a los héroes de la historia.

La Isla del Tesoro

Robert Louis Stevenson.

Capítulo 21. Al ataque.

Tan pronto como Silver desapareció, bajo la mirada inescrutable del capitán, regresó éste al fortín; allí se encontró con que ni uno de nosotros había permanecido en su puesto, a excepción de Gray. Fue la primera vez que lo vi encolerizado.

-¡Vayan a sus puestos! -nos gritó.

Cuando nos retirábamos, cabizbajos, escuchamos cómo le decía a Gray:

-Voy a citarlo en el cuaderno de bitácora: ha cumplido con su deber como un marino.

Entonces se dirigió al squire:

-Señor Trelawney, estoy muy sorprendido. Y tampoco esperaba tal comportamiento por parte del doctor. ¡Creí, señor Livesey, que vestía el uniforme del Rey! Si fue así su participación en Fontenoy, mucho mejor, señor, que se hubiera quedado en la cama.

La guardia del doctor volvió a apostarse en las aspilleras; los demás cargaron rápidamente sus mosquetes. Y todos sin duda estábamos avergonzados, «con la pulga tras la oreja», como suele decirse.

El capitán nos miró durante un rato en silencio, y después dijo:

-Le he soltado a Silver una buena andanada. Lo he puesto furioso adrede. No dudo que antes de una hora nos atacarán. No he de repetir que somos menos que ellos, pero vamos a pelear bastante bien resguardados, y pienso, o así lo había imaginado, con la necesaria disciplina. Estad seguros de que podemos vencer.

A continuación inspeccionó nuestras defensas y comprobó, como dijo, que todo estaba en orden.

Las dos fachadas más cortas del fortín, al este y al oeste, tenían dos aspilleras cada una; en la parte sur, donde estaba el porche, había otras dos, y cinco en la fachada norte. Disponíamos de veinte mosquetes para nosotros siete. Apilamos la leña en cuatro pilas, como parapeto, y junto a ellas situamos las municiones y los mosquetes de repuesto ya cargados y los machetes.

-Apagad el fuego -dijo el capitán-, ya no hace frío y el humo no puede hacer más que perjudicar nuestros ojos.

El señor Trelawney sacó la parrilla y arrojó las ascuas en la arena, enterrándolas con un pie.

-Hawkins no ha almorzado -continuó el capitán Smollett-. Sírvete tú mismo, Hawkins, pero come en tu puesto. Y rápido, muchacho, porque puede que no termines tu comida. Hunter -llamó-, sirve a todos una ronda de aguardiente.

Y mientras bebíamos, el capitán fijó nuestro plan de defensa.

-Doctor -ordenó-, os encargo la custodia de la puerta. Observad sin exponeos, no salgáis en ningún caso y disparad a través del porche. Hunter que se sitúe allí, cubriendo la zona este. Joyce, usted defenderá el oeste. Señor Trelawney, vos sois el mejor tirador; vos y Gray defenderéis este lado norte, que, como tiene cinco aspilleras, permite cubrir una zona más amplia, y además posiblemente ahí se produzca el ataque. Es preciso que no lleguen a alcanzar el fortín, porque, si toman las aspilleras, nos pueden liquidar aquí dentro. Hawkins, ni tú ni yo servimos mucho en este trance, así que nuestra misión será cargar los mosquetes y tener dispuesta la munición.

Tal como el capitán había dicho, el calor empezaba a sentirse. El sol ya se había levantado sobre los árboles que nos rodeaban y comenzó a dar de lleno en la explanada, y como de un sorbido secó la humedad. Al poco rato el arenal parecía arder y la resina se derretía en los troncos del fortín. Nos quitamos las casacas, desabotonamos nuestras camisas y las arremangamos hasta los hombros. Y así aguardamos el ataque, cada uno en su puesto, febriles de calor y ansiedad.

Pasó una hora.

-¡Que los ahorquen! -dijo el capitán-. Estamos clavados como en las calmas tropicales. Gray, silba para que corra algún aire. Y en aquel momento preciso empezaron las señales que indicaban un ataque inminente.

-Discúlpeme, señor -dijo Joyce-, ¿debo tirar si veo a alguno?

-¡Es lo que he ordenado! -gritó el capitán.

-Muchas gracias -repuso Joyce con la misma exquisita urbanidad.

No sucedió nada durante un rato; pero ya estábamos todos alerta aguzando el oído y los ojos. Con los mosquetes bien apoyados, los tiradores estaban tensos. El capitán permanecía en medio del fortín con la boca apretada y el ceño fruncido.

Pasaron unos segundos y, de repente, Joyce apuntó con cuidado y disparó. Aún sonaba en nuestros oídos la detonación, cuando desde el exterior empezaron a tirar sobre nosotros con fuego graneado: como si fuéramos un blanco, de todas partes llegaban disparos que se incrustaban en los troncos, aunque felizmente ninguno nos alcanzó. Cuando el humo se disipó, la empalizada y los bosques cercanos daban la misma impresión de reposo que antes de empezar la escaramuza. Ni el brillo de un cañón, ni una rama que se moviera delataban al enemigo.

-¿Alcanzó usted a su hombre? -preguntó el capitán.

-No, señor -contestó Joyce-, me parece que no, señor.

-Eso es querer decir la verdad -murmuró el capitán Smollett-. Cárgale su mosquete, Hawkins. ¿Cuántos estimáis que habría por vuestra zona, doctor?

-Puedo precisarlo -dijo el doctor Livesey-. Aquí he visto que dispararon tres veces, porque conté los fogonazos; dos casi juntos, y un tercero algo más hacia el oeste.

-Tres -repitió el capitán-. ¿Y cuántos en vuestra parte, señor Trelawney?

Esto no tenía tan fácil respuesta. Muchos habían sido los disparos por el norte: siete, según la cuenta del squire; ocho o nueve conforme a la de Gray. Por el este y el oeste, sólo uno de cada. Todo llevaba pues a pensar que el ataque iba a efectuarse por el norte y que las otras zonas servirían nada más que de dispersión. Con esos datos el capitán Smollett confirmó su defensa y nos hizo comprender que, si los amotinados lograban pasar de la empalizada, podrían tomar las aspilleras y cazarnos como a ratas en nuestra propia madriguera. Aunque tampoco hubo tiempo para meditarlo con cuidado. Porque, de improviso, con terroríficos gritos, un grupo de piratas salió de entre los árboles del lado norte y se lanzó a todo correr hacia la empalizada. Al mismo tiempo se reanudaron los disparos desde otras partes; una bala atravesó la puerta e hizo saltar en astillas el mosquete del doctor.

Los asaltantes trepaban como monos por la empalizada. El squire y Gray dispararon contra ellos sin cesar; y tres forajidos cayeron, uno dentro del recinto y los otros dos por la parte de fuera. Uno de estos dos pareció estar más asustado que herido, pues se incorporó y como alma que lleva el diablo desapareció entre la maleza.

Dos habían mordido, pues, el polvo; otro había huido, y cuatro lograron alcanzar nuestra línea defensiva; siete u ocho más, escondidos en los bosques, y posiblemente con varios mosquetes cada uno, disparaban sin tregua contra el fortín, aunque sus descargas no nos causaban daño.

Los cuatro que habían conseguido penetrar siguieron corriendo hacia el fortín, dando alaridos que eran contestados con otros gritos de ánimo por los que estaban entre los árboles. Se trató inútilmente de cazarlos, pero era tal la precipitación de nuestros tiradores, que, antes de darnos cuenta, los cuatro piratas habían remontado la cuesta y estaban ya sobre nosotros.

La cara de Job Anderson, el contramaestre, apareció en la aspillera central.

-¡A por ellos! ¡A por ellos! -gritaba con voz de trueno. Otro pirata agarró el mosquete de Hunter por el cañón, se lo quitó de las manos y lo sacó por la aspillera, golpeándolo al mismo tiempo al pobre hombre, que quedó sin sentido. Un tercero dio la vuelta al fortín y consiguió entrar, cayendo sobre el doctor blandiendo su cuchillo.

Nuestra suerte cambiaba. Un momento antes éramos quienes a cubierto disparábamos sobre un enemigo expuesto; ahora éramos nosotros los que ofrecíamos el mejor blanco y sin poder devolver los golpes.

El humo de los disparos hacía irrespirable el aire del fortín, pero esto no era todo desventajoso. Mis oídos estallaban con la confusión de gritos, fogonazos, detonaciones y gemidos de dolor.

-¡Salgamos, muchachos! ¡Fuera todos! -gritó el capitán- ¡Vamos a luchar a campo abierto! ¡Los machetes!

Cogí un machete del montón, y alguien, al mismo tiempo, tomó otro, dándome un corte en los nudillos que apenas sentí. Corrí precipitadamente hacia la luz del sol. Alguien corría tras de mí, pero no sabía quién era. Frente a mí, el doctor perseguía a su enemigo cuesta abajo, y en el instante de mirarlos vi cómo rompía su guardia y derribaba al bandido de un terrible tajo en la cara.

-¡Dad la vuelta al fortín! ¡Hacia el otro lado! -gritó el capitán, y me pareció percibir un cambio en su voz.

Obedecí sin pensarlo dos veces, y corrí hacia el este con el machete dispuesto a golpear, y de improviso me di de bruces con Anderson. Escuché su rugido infernal y vi levantarse su garfio que brillaba al sol. No sentí miedo siquiera. Y no sé ni qué pasó: vi aquel garfio que caía sobre mí, di un salto y rodé por la duna fuera de su alcance.

Cuando escapaba del fortín, había visto a los amotinados escalar la empalizada, acudiendo en auxilio de los primeros asaltantes. Uno de ellos, con un gorro de dormir rojo y el cuchillo entre los dientes, se había encaramado y estaba a horcajadas en la empalizada. Pues bien, tan corto debió ser el intervalo en que yo me zafé de Anderson, que, cuando volví a ponerme en pie, el hombre del gorro rojo aún estaba en la misma posición; otro asomaba la cabeza por entre los troncos. Y sin embargo ese instante había presenciado el fin de la batalla y nuestra victoria. Y así sucedió.

Gray, que corría detrás de mí, había batido de un solo tajo al corpulento contramaestre, antes de que éste hubiera podido reaccionar ante mi salto. Otro pirata había recibido un balazo por una aspillera en el momento en que iba a disparar hacia el interior del fortín, y ahora agonizaba con la pistola aún humeante en su mano. Un tercero -el que yo había visto- cayó de un solo golpe del doctor. De los cuatro que habían alcanzado la empalizada, sólo quedaba ya uno, y lo vi correr, tirando su cuchillo, hacia la cerca e intentar subir a ella.

-¡Fuego! ¡Tiradle desde la casa! -gritó el doctor-. Y tú, muchacho, vuelve al refugio.

Pero nadie atendió a sus palabras, nadie disparó, y el último de los atacantes logró escapar y reunirse con los demás en el bosque. Tres segundos habían bastado para que no quedara ninguno de nuestros asaltantes; ninguno vivo, porque cuatro yacían dentro de la empalizada y otro fuera.

El doctor, Gray y yo corrimos a refugiarnos en el fortín. Suponíamos que los piratas volverían al ataque y a recuperar sus armas. El humo que llenaba el interior del fortín empezaba a disiparse, y pudimos ver, a la primera ojeada, el alto precio de aquella victoria: Hunter estaba caído, sin sentido, junto a la aspillera; Joyce, junto a la suya, con un balazo que le había atravesado la cabeza, no volvería a levantarse; y en mitad de la habitación, pálido, el squire sostenía al capitán.

-El capitán está herido -dijo el señor Trelawney.

-¿Han huido? -preguntó el señor Smollett.

-Como liebres -respondió el doctor-, y hay cinco de ellos que ya no correrán nunca más.

-¡Cinco! -exclamó el capitán-. Así es mejor. Cinco de un lado y tres de otro nos dejan en cuatro contra nueve. Es una proporción más ventajosa que al principio. Entonces éramos siete contra diecinueve, o así lo creíamos, lo que era tan desmoralizador como si fuese cierto.