El México que no queremos

Hay muchas cosas en las que podemos no estar de acuerdo, pero sabemos perfectamente en las que estamos de acuerdo. El México que no queremos es el que se encuentra dominado por monopolios, encarcelado en el único ojo de sus medios de comunicación y con una educación manipulada. ¿Les suena familiar?
Ese es, digamos, el punto de partida de una sarcástica distopía ofrecida por Jaime Alfonso Sandoval en Mexicoland. Afortunadamente es una fabulación ficticia de un México inexistiente (¿e improbable?) posterior a un enfrentamiento civil. Afortunadamente también es solo un ejercicio novelístico que deja un muy peculiar sabor de boca, como lo hace todo el humor negro. Mexicoland es una fusión de distopías reales y ficticias. Se nota la presencia de 1984 de George Orwell, Un mundo feliz de Aldous Huxley, los regímenes chino y ruso, incluso un poco de Los juegos del hambre de Suzanne Collins…, pero a estas alturas, las distopías ya son una moda como modelo comercial editorial, y poco falta para que empiece a convertirse en un panorama político este siglo XXI.
Se ha planteado que la literatura española heredó al mundo el género picaresco, en el que un niño o puberto sufre todo tipo de aventuras, con mucha jiribilla y burla hacia esa idea del decoro (algo así como el honor y el linaje) tan español. La novela es un tobogán de aventuras para el protagonista: Cuauhtémoc Rojo, en un tono picaresco, en un México distópico, emplazado en una megalópolis que supone la fusión de Puebla-Cuernavaca-Tlaxcala-CDMX-Toluca-Querétaro-Pachuca. A todo ello se suma un fuerte y complejo sistema de representaciones de las mitología maya y azteca, que le dan un toque no sólo culto, sino travieso.
A la novela no le falta nada: persecuciones, teorías de la conspiración, romance, deporte, revelaciones…, un tren de carcajadas que implican también un guiño a la tragedia, construida de manera impecable en arcos narrativos. Ojalá alguien la lleve a la pantalla, sería muy divertido.

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Pasar por México es un infierno

Cruzar México es un infierno…, nos negamos a aceptarlo, a mencionarlo, a medirlo, a comprobarlo. En los últimos tres años se ha detenido a casi medio millón de indocumentados en territorio nacional, un cifra que excede el número de deportados del país vecino del norte. Solamente entre octubre del año pasado y junio de 2018, se detuvo casi 290 mil migrantes, de los cuales, casi 37 450 eran menores de edad, que viajan solos. Probablemente, si hacemos sumas por periodos, podríamos hablar de una de las crisis humanitarias más importantes del siglo XXI.

En el corredor migratorio más transitado del mundo, las historias en torno a la violencia en la Bestia, los casos de fosas encontradas con osamentas o con la cenizas (como el caso de San Fernando, Tamaulipas) y las proezas casi sobrehumanas de supervivencia son prioritarias desde distintos ámbitos —incluyendo la sublime empatía de las Patronas—, aunque aquí nos referiremos sólo al literario. Por eso hemos ya propuesto las historias de la migración a través de México casi como un género narrativo

El Libro centroamericano de los muertos, un brutal e impactante Premio de Poesía Aguascalientes 2018, de Rodrigo Balam es una muestra de ello. El poemario juega con las formas verbales del español antiguo de la Brevísima relación de la destrucción de las indias, de Fray Bartolomé de las Casas, mediante actualizaciones, reapropiaciones, parodias, y juegos sintácticos y léxicos al más puro estilo de la posmodernidad. A ello se le suma la historia personal del propio poeta, apoyada por fotos durante el poemario.

Parece que el autor quiere decir dos cosas: la primera, el infierno de la violencia contra los migrantes centroamericanos no ha cambiado desde el virreinato y, la segunda, esa violencia, ese martirio, es de todos y de cualquiera y nos es más cercano de lo que creemos:

“Y Dios también estaba en exilio, migrando sin término;
viajaba montado en La Bestia y no había sufrido crucifixión
sino mutilación de piernas, brazos, mudo y cenizo todo Él
[…] y era su sufrimiento tan grande
como el de todos los migrantes juntos, es decir,
el dolor de cualquiera; antes, mientras estaba Él en Centroamérica,
esa pequeña Belén hundida en la esquina rota del mundo (p. 21)

El libro es devastador y terrible, sangriento y angustioso. Y nos abofetea el pensamiento como lo hacen los grandes libros de literatura… aunque, en este caso, nos deba doler esa bofetada más en la realidad misma que ya vemos en nuestras calles.

 

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Cómo sobrevivimos a la bomba

Hay momentos en los que el universo entero cambia y nunca vuelve a ser el mismo. La historia de la humanidad (y la de cada uno de nosotros) tiene varios de estos cruciales puntos de quiebre. El 6 y el 9 de agosto de 1945 cambiaron el mundo, no sólo para Hiroshima y Nagasaki, sino para todos los habitantes de este mundo. Se le llamó el inició de la Era Nuclear.

Después vino el 26 de abril de 1986 en Chernobyl y el 11 de marzo de 2011 en Fukushima. Hoy que el futuro de la humanidad se debate entre la devastación de los recursos renovables, la búsqueda de nuevas formas de energía, el cambio climático y el urgente destino de los recurso hídricos, Andrés Neuman nos entrega una novela que radiografía toda una época: Fractura.

El escritor argentino toma como detonante la tradición japonés de kintsugi: unir las cosas rotas con un pegamento o resina hecho con polvo de platino, oro o plata. La metáfora de la resiliencia y del espíritu mismo del Japón posterior a la bomba atómica, también funciona como el símbolo según el cual todo la humanidad funciona desde 1945 está soldada y pendiente de ese hilo de oro de la esperanza: “Todas las cosas rotas [piensa su protagonista: Watanabe] tienen algo en común. Una grieta las une a su pasado”. Somos nuestras propias cicatrices, ellas son la memoria presente de nuestro pasado.

Para eso, el argentino Neuman se basa en un protagonista (basado en un hecho real) que sobrevive (justo como lo hizo el ginko biloba de Hiroshima), a los dos bombardeos, que vive el Mayo Francés del 68 en París, el auge de la reivindicación de los derechos civiles (el flower power y el black power afroamericano) en Nueva York, la dictadura militar de la Argentina, la España posfranquista y el Japón de la Fukushima convaleciente, siempre narrado por una voz femenina: la pareja del protagonista en cada etapa y sitio. El arco narrativo que se alimenta además de una mirada funcional es pertinente para la metáfora, en términos cronológicos y mercadológicos: ¿podría una historia de la humanidad, al menos de la segunda mitad del siglo XX, no mencionar todos los mencionados arriba?, ¿faltaría el Berlín de la caída del muro, la Cuba castrista?

Neuman se consolida como una de los escritores más importantes en lengua hispana, aunque si me preguntan a mí: no ha superado la contundencia, sencillez, versatilidad y brevedad de Hablar solos.

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Los temibles rusos

Hay sueños que son premonitorios, otros que son recurrentes, pero no hay sueño que no nos revele algo de nosotros mismos. No estoy diciendo nada nuevo, desde antes de los griegos ya se sabía de ese limbo sagrado, luminoso y temible, del mundo de los sueños. Lo sabía Freud y los surrealistas y todos lo que vinieron después. Todo sueño es un símbolo.

El libro más reciente de Alberto Ruy Sánchez parte de un sueño de Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, para ensayar las variantes de un gabinete de maravillas en torno a partículas de maldad. La obra de Ruy Sánchez nos había acostumbrado a deslumbrantes escenas eróticas con los descubrimientos de los sentidos, los jardines y el mundo árabe, pero en esta ocasión es distinto. El inicio, incluso, lo revela: el protagonista detona su historia con una visita a un reclusorio. Ahí, mientras da una plática a un grupo de una de las reclusas, una de ellas le manifiesta un pensamiento perturbador por su agudeza: “La Belleza de fuera es como un rumor, un chisme […] Las bonitas de pasarelas son como rumores que están por comprobarse” (p. 20). La maldad es igual, un rumor, hasta que se comprueba con un cadáver, reflexioné mientras leía. Me parece que ahí, en ese rumor, en ese símbolo, en ese sueño (el de Lenin y las serpientes) empieza el misterio de los símbolos y los sueños sobre la maldad.

En Los sueños de la serpiente si bien la pluma pierde la intensidad de los instantes voluptuosos, así como la brevedad de su fuerza, gana en profundidad (filosófica, si me apuran), sobre todo para entender ese complicado siglo lleno de sangre que terminó y que siempre nos señala con su historia que debemos estar pendientes de que no vuelvan a suceder sus atrocidades.

Es aquí donde debemos señalar que la maldad enfocada con mayor extensión es la provocada por los temibles rusos: Lenin, Trostky y Stalin. No Hitler y sus holocaustos, no los dictadores de todo el siglo XX, no la violencia del crimen organizado. Ninguno supera el juicio de la razón en sus motivaciones. Sin embargo, los rusos tiene una revolución cuya ideología casi rayó en lo religioso. Por ello, sobresalen los juicios del autor con la certeza que da la Historia:  “una revolución siempre devora a sus hijos. Hay algo de monstruoso y en ello palpita otro principio del horror humano que ha renacido de diferentes maneras a lo largo de los siglos: creer ciegamente que hay ideas superiores que justifican el asesinato” (p. 231).

Las maravillas del gabinete de curiosidades de Ruy Sánchez, Premio Nacional de Artes y Literatura 2017 y director de una de las más bellas producciones editoriales de Latinoamerica: Artes de México, son varias y siempre radiantes: la particularidad de la pirita, hormigas cuyo grito es audible para el hombre o las esporas que las convierten en zombie y luego les florecen en la cabeza, la vida errática de Sylvia Ageloff, la obra de Adolf Wolfli, Aloïse Corbaz, Martín Ramírez (también mencionado en Norte de Edmundo Paz Soldán), por citar las más certeras y claras, al servicio tangencial de una idea. Nunca como ejemplos sino como símbolo. Como los sueños.

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El horror que nunca olvidaremos

La violencia definió siglo XX. Lo hizo de una manera brutal y ensordecedora, prácticamente durante todo el siglo. Y la punta del iceberg fueron los campos de concentración nazis. Sin embargo, no fueron los únicos. También estuvieron los gulags stalinistas y todos los encierros de las dictaduras (y vaya que hubo muchas en Latinoamérica, el sureste de Asia, Africa…). La violencia sistematizada salió de los ámbitos institucionalizados de los gobiernos represores para multiplicarse de formas casi inimaginables en el crimen organizado (quizá igual de terrible que los nazis), DNtbSZKWAAATe4Ydesde los grupos fundamentalistas, pasando por el terrible poder del narco hasta los impensables alcances del terrorismo. Cada vez parece más difícil encontrar un ámbito natural al ser humano que prescinda de la violencia.

Esa fue la reflexión que me provocó la lectura de Kanada de Juan Gómez Bárcena. La novela tiene un halo misterioso en la anécdota, los protagonistas no tienen nombre personales y no se explica nunca ni lugar ni fecha, por lo cual la situación puede ser cualquiera. Con el paso de la lectura sabemos que el protagonista es alguien que ha regresado de un confinamiento de una guerra que no se alcanza a distinguir. El tono es introspectivo con una proclividad a un fraseo cadencioso pero largo, como si replicara un cansancio espiritual. En cierto momento se va revelando que dicho confinamiento es el de un campo de concentración nazi, luego un gulag, luego el de un rebelde de un país.

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En el momento en el que Gómez Barcena usa la frase “un hombre es todos los hombres” nos queda claro que no se refiere a nazi, stalinistas, ni comunistas, sino a toda la humanidad. Claro, la del siglo XX, aunque no excluye a la Santa Inquisición, a las barbaridades romanas, mongol, vikinga, etcétera. Como si interpolarámos la sinrazón de El Proceso a Los Hornos de Hitler.

“Un niño recibe una bofetada.A veces incluso un tipo que muere, porque hasta eso, la muerte, puede provocar risas. Hay bombas, en las viñetas; redondas y con una mecha rudimentaria, pero bombas al fin y al cabo. Hay ataúdes. Hay electrocuciones. Hay batallas. Hay accidentes aéreos. Hay cadáveres con aspas en lugar de ojos. hay naufragios […] a lo mejor el mundo está hecho para ser contemplado sí, en la distancia”  (p. 99).

Con toques existencialistas y muy poca apertura a la fe, la pluma que nos deslumbró en Los que duermen no sólo se confirma como una de las más puntillosas de los escritores españoles contemporáneos, sino que también recupera un poco del realismo de sus predecesores. Kanada es un mezcal que raspa, sacude y saca esos duendes imprevistos

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Erotismo descarriado: Eros una vez

El imperio del erotismo casi siempre (tienen razón las feministas) viene desde el predominio masculino. La literatura, la pintura, el cine, la escultura, por citar los más evidentes, siempre han sido pulsados por la mano del hombre, ya sea para lo sublime y etéreo, para ese canal místico del erotismo, ya sea para intensificar la malicia, la perversión, incluso la crueldad.

Afortunadamente, para nosotros, el siglo XXI es el más libre (y el más expuesto a la mirada ajena, lo cual tiene algo de vouyerismo-exhibicionismo incluido) respecto a los derechos sexuales. A estas alturas, poner el grito en el cielo no sólo es anticuado sino aburrido, senil, fuera de lugar. En la literatura es exactamente igual. En la historia de la literatura ha habido grandes plumas que han abierto las puertas de la intimidad (corporal, emocional, psicológica) a la experiencia erótica, desde Safo hasta Gioconda Belli, incluyendo a protagonistas como: Catherine Millet, Anaïs Nin, Marguerite Duras, Joyce Carol Oates, Francesca Mazzucato, Ana Clavel, Almudena Grandes, incluso Sasha Grey.

Con el delicioso poemario Eros una vez, Julia Santibañez se ha asegurado un lugar en el anaquel de “poesía erótica” y uno más en de “La Poesía”. De paso, obtuvo el Premio Internacional de Poesía Mario Benedetti 2016. Además, posee un carisma destellante que la ha llevado a convertirse en una estrella de los segmentos culturales de la televisión mexicana.

Eros una vez compila poemas de varios tonos y extensiones, algunos con tintes experimentales, otros más confesionales que explosivos, pero todos armonizan en la temática ya mencionada: el erotismo desde la percepción femenina, con esos oleajes emocionales que nos llevan de la delicadeza del remanso amoroso (con o sin cigarrito) hasta esas ganas del otro/otra que nos hacen rechinar los dientes de tanta avidez. Ese amplio abanico de matices emocionales, cachondos o ganosos, divertidos, atrevidos, pues, son precisamente el mayor acierto del poemario. Compárese la violencia del “video hard core” con el juguetón, casi alburero, “Oficio de ofidio” a la congoja de “Apenas penumbra” al interactivo “opción múltiple”.

Llegué tarde a este libro, ya fue muchas veces reseñado a fines de 2017 como uno los mejores del año, con toda razón. Mejor dicho: reseño tarde este libro. Pero no importa, porque los libros no tienen tiempo; no los que valen la pena, a esos ni arrugas les salen. Es difícil que lleguemos a tiempo, en orden y en perfecta higiene y corrección política. Insisto, llegué tarde a este libro, que desde ya es uno de mis preferidos, al grado de que ya lo leí tres veces. No duden de mí, confírmenlo con una muestra:

Busco asuntarme contigo y me ipsofacto al saber que vienes, pero luego me turulato, me indeciso, me timorato. Cuando te vas, energumenada, me carajo hasta espumar en la insomnidad. Me casimente basto para infinitarme contio, vieras”

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3 libros de cartas de grandes escritores mexicanos

Hoy todo es público con un click, o puede serlo con un poco de ayuda de los reyes de la informática y sus herramientas. Todos nuestros datos los hemos ofrecido en aras de “convivir” a la empresas que comandan las redes sociales y se enriquecen por ello. Vivimos la época de la transparencia y la presunción. Nadie quiere pasar desapercibido, por eso lo publicamos todo, aunque nada de lo que hagamos sea “extra”-ordinario.

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Antes de la mensajería instantánea, antes de la liviandad de las selfies, antes de la facilidad con la internet nos conecta con cualquier lugar del mundo, la intimidad era nuestra. Teníamos un tesoro hoy lejano a las dinámicas con las que nos relacionamos: la intimidad, el secreto, la privacidad. Por eso el chisme tiene una adrenalina chispeante que enciende los pasillos con la fiebre de los rumores, porque el secreto es un tesoro y nada nos hace más ricos que exhibirlo, demostrar que tenemos algo que los demás no tienen. Así funcionan las fingidas sonrisas de cada una de las fotos selfies y así también funcionan nuestros lutos, en las redes.

En ese ámbito sagrado y místico del secreto y de la intimidad uno se abría, bajaba sus escudos y confesaba amores, pasiones, quejas. En ese círculo concéntrico al corazón se escribían cartas. Sobre todo de amor. Justamente esas son de las que hablaremos. El primer libro, el más poético, el más sublime, es el del fracaso en el cortejo de Gilberto Owen respecto a Clementina Otero: Me Muero de Sin Usted. Las cartas de uno de los poetas más crípticos y deslumbrantes del siglo XX mexicano son una serie de fuegos artificiales e insinuaciones de caballero de principios de siglo ante la dama, casi en tono del amor cortés medieval, adorada y endiosada, dentro del altar de una ventana enrejada o en el del balcón durante una serenata. Las cartas muestran a gran poeta (sí, con ese término) y a un fallido conquistador.

Las cartas de Juan Rulfo a Clara, quien se convertiría después en su esposa y madre de sus hijos, compiladas en Aires de colina, son también una delicia. El gran fabulador de los valle de Jalisco y las almas en pena se percibe mucho más cercano que el etéreo poeta sinaloense. Incluso, en las cartas podemos ver una curva de aprendizaje y evolución en la relación de ambos, así como en el propio Rulfo. Las puertas de la intimidad están abiertas y podemos ver por dentro los fervores y los temores del más importante e influyente escritor mexicano.

Desde un tono mucho más elemental, las cartas de Juan José Arreola a Sara, compiladas en Sara más amarás, me parecen las menos poéticas, literarias y emocionantes de las tres. Arreola implora mucha más reciprocidad a su afecto, incluso atención, respuesta. En el transcurso descubrimos algunas de las enfermedades que sufrió el más locuaz de los escritores canónicos, así como su cercanía con su padre, su viaje a parís y las penurias económicas. Me queda claro que no se puede ser extraordinario siempre, pero eso es siempre lo que esperamos de nuestros héroes. 

Hoy las cartas ya no se escriben, ni se mandan por correo, a lo mucho postales navideñas o turísticas. Así es el Tiempo, transforma todo y lo llena de polvo hasta sepultarlo.

 

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PD. Octavio Paz tiene más de tres tomos (aunque en el ámbito intelectual-laboral-amistoso, más que en el estrictamente amoroso) que valen la pena una posterior columna solo dedicada a ellos. Y las de Carlos Fuentes no se han publicado en México aún, que yo sepa, pues siguen bajo el resguardo de la Universidad de Princeton.

Poesía de la diversidad sexual

Debo confesar que las prisas (¿acaso el tiempo se detiene?) no me habían permitido escribir sobre este libro, que había dejado en el tintero, a pesar incluso de que lo recomendé en la radio. En fin, nunca es tarde para empezar, por eso hablaré de Afuera. Arca poética de la diversidad sexual, recopilación de poesía en torno a la homosexualidad y la comunidad LGBTTTI.

Dentro de los cánones del sentido común y la razón, la imparcialidad es el fundamento para emitir cualquier juicio y para ejercerlo es preciso abrir el criterio a los dos lados de la historia (o los que tenga). Ese es uno de los ejercicios que más refuerza la literatura, y eso implica, por difícil que sea, asumir que nuestro propio criterio, prejuicio y/ conceptos puedan estar equivocados. Todavía cuando estudiaba la prepa la homosexualidad estaba sometida a la censura, la represión, la sombra. En veinte años he presenciado toda una transformación social que cada vez estigmatiza menos a quienes son parte de la comunidad LGBTTTI. Y aun así todavía no es suficiente.

En un país como el nuestro, que rebosa de violencia desde todos sus vértices y coyunturas,  la publicación de Afuera… permite leer desde distintas perspectivas nuestro propio contexto y adentrarnos además a la poesía que compiló Saul Ordoñez, uno de los mejores poetas de su generación, para Diablura Ediciones. Dicha antología permite abrir el diálogo literario y abrir el criterio, desde esta cada vez más petulante exhibición, hasta el hartazgo y el cansancio, de la vida privada en las redes sociales que se ha convertido en público, “leáse ´político´”( p. 11), justo como una postura, pero también como una acotación que presume las diferencias y las exalta. Permite también adentrarnos en la sofisticadas formas de expresar la sensualidad y el amor (ese “tímido silencio”  del poema de Salvador Novo) por parte de los autores de “mayor edad” de la recopilación, probablemente para no ser tildados, satirizados y exhibidos como homosexuales (porque “siendo sinceros, en una sociedad homófoba como la nuestra, nadie eligiría ser homosexual” p.16, dice Saúl en el prólogo). De la misma forma se pueden leer las frontales y contundentes formas y estilos de los autores más jóvenes, por ejemplo, Eutanasia de Óscar David López: “hay muchas maneras de morir de sida: una de ellas es por rumores familiares” (p. 254).

Sí, el libro no da espacio para rubores, mucho menos para medias tintas ni intolerancias. Hace quince años mataron (sí, un crimen de homofobia) a uno de mis amigos más entrañables, de quien atestigüé su salida del closet, su linchamiento público en la sociedad mocha y persignada de Puebla, su exilio en Canadá, su regreso como activista y su éxito como tal, antes del que entonces archivaron como “suicidio”. Él habría estado muy contento de una publicación como la recopilación de Saúl Ordoñez, y más todavía de la apertura y tolerancia con que ha crecido, en madurez, nuestra sociedad. A pesar, incluso, de que todavía no sea suficiente.

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El lenguaje de los símbolos

Si hay una forma de traducir historias enteras, si hay una forma de conjugar los grandes conocimientos místicos en imágenes, si hay una forma de democratizar (término en extremo peligroso para nuestros tiempos) los libros sagrados y las historias fundacionales, esa es la de los símbolos. La cruz cristiana, la media luna árabe, la esvástica nazi, la serpiente mordiéndose la cola son, precisamente, los ejemplos más precisos y sofisticados, cuyo poder no ha perdido vigencia; con excepción de la esvástica nazi, que pervirtió totalmente su sentido original, ancestral, cósmico para convertirse en la insignia y emblema de horror del Tercer Reich.

Desde los estudios de la filosofía del lenguaje, desde la semiótica, de la lingüística, las aproximaciones a el concepto y su intrincados procesos, los símbolos son una demostración de la facilidad con que nuestro pensamiento puede asimilar, procesar, asignar sentidos profundos y reproducir conocimiento ancestral, sensibilidad y significado en un simple vistazo. En mis estudios académicos me sumergí también a la obra de Carl Gustav Jung y de sus sucesores en torno a ese pensamiento en el que se ubican el imaginario colectivo y los arquetipos.

 

Con la hermosa edición que le caracteriza a cualquier libro de la fantástica Taschen, El libro de los símbolos es una compilación, un trabajo enciclopédico que resume décadas de investigación del Archivo de Investigación en Simbolismos Arquetípicos (ARAS, por sus siglas en inglés), en el que confluyen investigadores del imaginario de universidades de todo el mundo en esta asociación con sedes en Nueva York, Los Ángeles, Chicago y San Francisco. Las 800 páginas incluyen imágenes de todos los ámbitos de la cultura: desde la arqueología, el arte, la cultura popular. Es un libro, que ahora más que nunca, me desvivo por recomendar. Vale la pena la inversión y el deleite.

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Mamá es también una pesadilla

Vivimos en un país en el que las mujeres tienen que cuidarse de todo y de todos. Las cifras, que son muchas, de muy diversos ámbitos y enfoques, lo confirman. Pocas veces ha sido tan evidente que están casi enclaustradas en una sociedad que poco hace por no agredirlas. A eso me llevó la lectura de Bitácora de mujeres extrañas de Esther García.

Acostumbro darme una vuelta de vez en cuando a las ediciones de autores jóvenes que haec Tierra Adentro. El cintillo con la leyenda Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes, el título del libro, y la breve reseña me decidieron a comprarlo. No me equivoqué, incluso lo programé en un curso, docente que soy, de literatura, enfocada en autores nacido después de 1968. La bitácora de dichas mujeres se convirtió en un recuento de personajes atípicos para los esquemas de comportamiento femenino “comunes”, si es que hay comportamientos comunes o sólo cegueras profundas provocadas por nuestros prejuicios.

Cuando me enteré que el Premio Internacional de Poesía Joven Gilberto Owen Estrada 2017, de la Universidad Autónoma del Estado de México, lo ganó Esther García fui a conseguir el libro galardonado, cuya premiación se realizó en la Feria Internacional del Libro del Estado de México y cuyo trabajo editorial, al comando de Gabriela Lara, es pulcro y preciso, coronado por una imagen de Louise Bourgeois. Desde entonces he leído el libro dos veces, la primera de una sola sentada.

Brutal y devastador Mamá es una animal negro que va de largo por las alcobas blancas es un libro atípico de poesía. Por la calidad de las imágenes, por la contundencia de sus estilo y por su temática. Desde el filicidio a manos de la madre hasta una abanico de posibilidades en torno al aborto, Esther García se sumerge en las posibilidades menos idílicas de la maternidad y de sus procesos. Impacta por la frontalidad de su retórica, a veces a rajatabla, a veces mucho más metafórica. Siguiendo a Kafka, este poemario muerde, pincha, abofetea y golpea de lleno en las buenas conciencias y en los lectores impávidos a los sueños paradisíacos con los que se idealiza a la poesía. Pronto, lo leeré de nuevo.

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